26/11/2019

La invisibilidad de las mujeres en la academia

Escribe:

Elizabeth Salmón

Directora Ejecutiva

La influyente Asociación de Derecho Internacional de Estados Unidos ha adoptado recientemente unas Guidelines for Gender Diversity of Conference and Panel Speakers. Estas medidas surgen de la lucha de diversas colectividades de mujeres para corregir la brecha de género en actividades académicas. En nuestro país, el Grupo Sofía es un valioso ejemplo de ese mismo esfuerzo.

En las directrices se señala la necesidad de incrementar la diversidad de género y se establece cierto porcentaje de mujeres ponentes como lo mínimo aceptable en un evento académico. Esto apunta a evitar y boicotear los paneles de hombres, llamados ‘manel’ en el mundo angloparlante. O, habría que agregar, los ‘cuasimanel’, esas mesas en las que se invita a una sola mujer a manera de muestra y para evitar críticas.

Como académica comprometida con la PUCP y consciente de las amplias brechas de género que existen entre nosotros, me pregunto ¿qué justifica el virtual monopolio masculino en los foros de discusión? ¿Es que los organizadores piensan que no vale la pena escuchar lo que las mujeres tenemos que decir? o ¿existen campos de conocimiento que las mujeres no cultivan o en los que son menos competentes?

Esta última es una explicación recurrente y completamente infundada, al menos en la PUCP, donde la presencia de alumnas, predocentes y docentes mujeres es cada vez más importante y valiosa. No se trata, claramente, de un déficit de posibles ponentes como resultaría evidente si se hiciera un mínimo esfuerzo por identificar mujeres competentes en cada tema. Por ejemplo, bastaría revisar las listas que las propias mujeres tenemos que producir para ser visibles en diversos espacios.

La razón más clara de esto es que se procede de modo inercial, es decir, reproduciendo el sentido común y la falta de actitud crítica que predominan en nuestra sociedad, una que reproduce una antigua concepción de la mujer como sujeto inferior, especialmente en el campo intelectual. Y, lejos de ser excusa, esta inercia es un agravante, pues la Universidad existe, precisamente, como espacio de actitud crítica hacia el mundo.

Esto, por lo demás, contradice principios básicos, como la igualdad de derechos y la inclusión, un valor central en nuestro campus, donde, como acaba de decir nuestro rector, “tenemos que sentir que este es un lugar común en el que podemos vivir todos (y todas, agregaría) y donde cada uno (a) tiene una función para los demás”.

Si bien nuestra Universidad está implementando campañas como la lucha contra el hostigamiento sexual, entre otras iniciativas con perspectiva de género, no es suficiente. Tampoco basta que la PUCP prohíba la discriminación y la violencia contra la mujer. A ello deben sumarse medidas concretas que corrijan la grosera disparidad comentada, la cual resta valor a las contribuciones de las profesionales mujeres y, además, falsifica y empobrece la imagen de nuestra comunidad.

En lo inmediato, la tarea de cerrar esa brecha puede ser emprendida por los organizadores de conferencias y foros; por quienes participan en ellos, demandando previamente equidad y absteniéndose si ella no es asegurada; por los propios asistentes; y, centralmente, por los estudiantes, ejerciendo su derecho a la crítica frente a la exclusión.

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