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Rechazo sin reservas, por Félix Reátegui*

En los últimos días se han producido diversos actos de acoso e intimidación contra la estudiante Mili P., miembro de la FEPUC y resuelta activista por el reconocimiento de los derechos de la población LGBTI. Mensajes de odio y de clara connotación amenazante han sido propalados en las redes sociales e incluso dentro del campus. Esto tiene lugar en un contexto particular, por lo demás, que es el de la reciente discusión sobre reformas en el funcionamiento interno de nuestra universidad orientadas al reconocimiento y respeto de las personas transgénero. En un marco más amplio, de otro lado, rodea a estos inaceptables incidentes el contexto nacional de discusión sobre el enfoque de género en las políticas públicas del estado como, por ejemplo, en el currículo escolar y en las normas para prevenir y sancionar los crímenes de odio.

Hay que decir que las agresiones aludidas son completamente inaceptables en la comunidad universitaria, del mismo modo en que lo son en la vida pública nacional. El recinto universitario y, hablando más ampliamente, la comunidad de la que formamos parte se define, precisamente, por el cultivo de la razón y del conocimiento. Ello no significa, desde luego, imponer una uniformidad de criterio, pero sí, precisamente, que cualquier desavenencia se realice mediante el ejercicio del criterio, y no del prejuicio o el odio. El encuentro de Derechos Humanos realizado por IDEHPUCP hace apenas dos semanas, cuyo título fue Repensando el género, fue, precisamente una invitación al diálogo sobre un tema que se sabe es controversial, y una demostración de que tal diálogo puede existir.

Eso no es lo que hemos tenido hasta ahora en el Perú. La discusión sobre género ha estado marcada durante este tiempo por una ostensible intolerancia de parte de diversas colectividades. Ello es un reflejo del estado de cosas más amplio en el país, de la persistencia de la homofobia en diversos estratos sociales y en los medios de comunicación. Esta, al igual que sucede con el racismo, es presentada muchas veces como una forma inocente del humor o como un rasgo más o menos trivial, pero legítimo, de la cultura nacional. De esa forma se tiende a restar importancia y gravedad a la existencia de factores que generan violencia real.

Existe una clara vinculación entre los crímenes de odio que se registran cotidianamente en el país y la forma en que los medios de comunicación e incluso autoridades políticas se refieren a las personas LGBTI: el nexo está en la insinuación de que se trata de una población cuyos derechos no son reconocidos como plenos y en el mensaje de que el Estado o la sociedad no están dispuestos a hacer nada en particular para garantizar y proteger esos derechos.

Una de las misiones de nuestra universidad o de la universidad en general es fortalecer los principios democráticos dentro del espacio público sobre la base del conocimiento y la razón. Por ello, registrar actos verbales o físicos de violencia homofóbica dentro del campus tiene especial gravedad y merece un rechazo sin reservas.

*Félix Reátegui, sociólogo y asesor del IDEHPUCP.

(27/06/17)