09/07/2019

¿Interseccionalidad en el orgullo? La trenza del colonialismo, el racismo y el patriarcado en nuestra marcha*

Desde la primera Marcha del Orgullo LGBTI en Lima en 1995, se han realizado 18 ediciones de esta manifestación. Cada año, durante el mes de junio, se convoca a personas de la diversidad y aliadas para expresarse libremente, exigir sus derechos y compartir un momento de lucha y celebración. La Marcha de este año convocó a más de 200 mil personas entre activistas, artistas, empresas y familias, convirtiéndose en la más multitudinaria de la historia peruana. Este año, también, el Congreso de la República abrió la Plaza Bolívar para hacer una convocatoria pública a la marcha, volviéndose un hito histórico. Entre la colorida “celebración” que se ha vuelto la Marcha del Orgullo y sus actividades anexas, algunos sucesos que para algunas personas pueden pasar desapercibidos merecen una reflexión.

¿Miss Bagua, el blackface y la Paisana Jacinta son parte del orgullo?

En primer lugar, debemos hablar de la conferencia que tomó lugar en la Plaza Bolívar el jueves 27 de junio. Entre los discursos de congresistas de izquierda como Indira Huilca y Marisa Glave que han presentado proyectos como la Ley de Identidad de Género, se invitó a la Vicepresidenta del Perú, Mercedes Araoz. También conocida como “Miss Bagua”, Araoz es responsable directa del conflicto geopolítico que se desarrolló el 05 de junio de 2009 en la Curva del Diablo durante el gobierno de Alan García, conocido como Baguazo. Los enfrentamientos no solo acabaron con la vida de 33 personas (10 de las cuales eran personas indígenas amazónicas), sino que expusieron la discriminación institucionalizada en el Estado hacia las personas indígenas, sus proyectos de vida y sus territorios.

Debido a su cargo de Vicepresidenta, Araoz fue invitada a la ceremonia de convocatoria a la Marcha del Orgullo en las afueras del Congreso de la República. Comenzó su discurso preguntando: “¿quién ha dicho que son ciudadanos de segunda categoría?”. Esta fue una célebre frase usada por el expresidente Alan García al referirse a la misma población indígena durante su gobierno. A segundos de tomar la palabra, algunas personas activistas presenten empezaron a gritar: “Bagua no se olvida”. Esta misma arenga se repitió cada vez que Araoz trataba de que su equipo la fotografíe junto a la bandera arcoíris o la bandera trans.

En segundo lugar, debemos constatar la presencia de algunos personajes en la XVIII edición de la Marcha del Orgullo, dos días después. Un grupo de estos personajes fueron colaboradores de la empresa Konecta haciendo blackface. El blackface es una representación estereotípica de personas afrodescendientes que incluye pintarse la cara de colores de piel más oscuros, performar de forma caricaturizante bailes, expresiones corporales o formas de hablar, y que es perpetrado por personas que no son afrodescendientes. El blackface es racismo. En otras ediciones de la Marcha del Orgullo ya había ocurrido y el Colectivo Afrolgbtiq+ se había pronunciado al respecto.

Finalmente, en la preconcentración también llamó la atención de una persona (un hombre homosexual cisgénero) vestida de la Paisana Jacinta. Este personaje de la televisión peruana basaba su comicidad en burlas y prejuicios sobre las personas andinas migrantes en la capital, específicamente las mujeres, motivo por el cual su programa fue cancelado. Al ser interpelado por algunos compañeros transmasculinos, su respuesta fue agresiva, amenazante y transfóbica. El Colectivo Marcha del Orgullo, quien organiza la movilización, no pudo negarle la participación a esta persona a pesar de haberse pronunciado previamente por las declaraciones clasistas hechas por Carlos Bruce. Al lado de esta escena, se levantaba un cartel que decía “SERRANA Y MARICA. Orgullo antirracista”.

¿Qué tienen en común Miss Bagua, el blackface y la Paisana Jacinta? Todas son expresiones de distintos tipos de discriminación basada en el racismo, el colonialismo y el patriarcado. Todas estas expresiones se dieron en el marco de las actividades por el mes del orgullo. Todas nos hacen preguntarnos ¿quiénes pertenecen a estas actividades? ¿a quiénes queremos como interlocutores? ¿qué tipo de comunidad LGBTI estamos imaginando?

Una aproximación interseccional al orgullo

Con la visibilización de las luchas de las personas LGBTI en el mundo (y, sobre todo, en el norte global), diversos frentes han tratado de subirse al coche de la movilización. En este proceso, se han capitalizado las identidades diversas para generar productos y actividades de consumo con fines lucrativos. Este pink washing, capitalismo rosa, corporativismo o como quiera llamarse, ha empezado a construir una narrativa de quiénes son las personas LGBTI. A través de comerciales de tiendas de ropa, de discotecas o de bancos, las personas LGBTI parecen ser un grupo homogéneo de personas blancas, esbeltas, hegemónicas, con poder adquisitivo y por lo general hombres. Esta visión homogenizante o la construcción de una única historia sobre las personas LGBTI parece excluir a las personas negras, marrones, andinas y amazónicas, que en países latinoamericanos son la mayoría. Parece que el orgullo es gay o queer y no marica ni travesti.

Desde el feminismo ya se ha cuestionado esta narrativa, por lo que se empezó a utilizar el enfoque de la interseccionalidad para dar cuenta del entrelazamiento de distintas identidades y sistemas de opresión, como explica Claire Heuchan (2019). Este enfoque permite trasversalizar en las luchas de la diversidad sexual y de género una lectura de las opresiones raciales, coloniales y patriarcales. Sirve, en ese sentido, para deshomogenizar al sujeto político estándar del activismo LGBTI. Sin embargo, es necesario hacer una salvedad. Como señala Ronny Alvarez (2019), hay que cuidar que al enunciarnos como “interseccionales” o al auto-multi-definirnos (como lesbianas, negras, migrantes, indígenas), no nos apropiemos de luchas que se viven en carne y hueso, especialmente quienes nos dedicamos a la academia (o al activismo académico). El discurso académico de la interseccionalidad no debe opacar a la interseccionalidad de trabajo de las colectivas y las organizaciones comunitarias.

Más que cerrar esta nota con una respuesta o una conclusión, conviene terminar con una interpelación. Mediante un rápido ejercicio de reconocimiento de privilegios, podemos dar cuenta que estas reflexiones surgen desde un cómodo escritorio en una de las universidades privadas más caras del país. Podemos enunciarnos como personas de la diversidad en un espacio seguro y permitirnos reflexionar académicamente sobre ello. Es necesario comprender, también, que quienes leen esto tienen el privilegio de saber leer y escribir, tener un aparato electrónico y conexión a internet que les permite hacerlo, y pueden permitirse dedicar tiempo de su día a leer notas de opinión. Si tenemos acceso a la comprensión de la interseccionalidad, dejar de cuestionar nuestros privilegios no tiene sentido: desde el activismo LGBTI, desde la academia o desde donde estemos.

* Escribe Ariana Jaúregui, integrante del área Académica y de Investigación del IDEHPUCP.

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