30/01/2012

Obscenidad y política

Dos formas extremas del mal se encarnaron en la vida política mundial durante el siglo XX. Una de ellas fue el nazismo; la otra, el comunismo y en particular el comunismo estalinista. Regímenes mutuamente adversos, postuladores de formas de conducción política enemigas y portadores de valores colectivos opuestos, ambos, sin embargo, compartían una misma esencia. Una de las voces que con más influencia destacaron esa semejanza de fondo fue la de la pensadora alemana y judía Hannah Arendt.
Cuando para muchos Hitler y Stalin, y los gobiernos que ambos erigieron, representaban una antítesis, Arendt los identificó como variantes de un mismo fenómeno: el del totalitarismo, pues ellos habían puesto en práctica mecanismos de control férreo de sus poblaciones, abolieron libertades y suprimieron el derecho a la disensión en nombre de dogmas e ideas que consideraban definitivos, negando así toda actitud en la que se afirmara el valor radical de lo humano.Ese desprecio por la vida los llevó a ejecutar matanzas que por su volumen, su crueldad y su planificación difícilmente encuentran equivalentes en la historia contemporánea. Pero hubo más que eso. Existió una suerte de identidad que se expresaba en un plano más profundo: el de la cultura y el lenguaje. El desprecio a la verdad y su correlato, el uso de la mentira, fueron elementos centrales de esa semejanza. También lo fue cierto desdén por la cultura y la sensibilidad humanística y artística como ingredientes de la vida social.Es cierto, como muchas veces se ha destacado a manera de paradoja, que algunos crueles jerarcas del nazismo eran hombres capaces de solazarse en la mejor tradición de la música culta europea. Pero eso no anuló su preferencia por la grosería, por lo soez y por las simplezas más rudas y deformantes en su relación con el público como ambiente apropiado para la política. De ahí ese lenguaje antihumano y vulgar que se complacía en el insulto, y que se utilizaba como una forma simbólica de eliminación física del disidente o del simple crítico. Se trató, así, más que de regímenes políticos, de una forma de ser, de una tendencia amoral que buscaba contaminar, muchas veces con éxito, al resto del cuerpo social, pervirtiendo sus valores e impregnándolo de una suerte de afición a la suciedad espiritual y consiguientemente de un rechazo visceral a la decencia.Ahora bien, esa semejanza profunda entre dos tendencias en apariencia opuestas se ha repetido otras veces, a distinta escala, en otras geografías y tiempos. Por desgracia, algo así pareciera que estamos experimentando en estos años en el Perú. Formas de un mismo culto a la muerte, a la mentira y a la vulgaridad como forma de vida entre peruanos parecen oponerse, pero en verdad se refuerzan mutuamente y se encuentran en una zona de coincidencia amoral. Existe todavía un lenguaje senderista, una repudiable y fanática forma de ver el mundo y de despreciar y atropellar la vida humana; lamentablemente, asimismo existe la voz de aquellos que, simulando defender valores democráticos, preconizan también culto a la violencia así como una actitud intolerante frente a la verdad y a los reclamos de moralidad para nuestra vida política.No se debe malentender ni tergiversar el sentido de esta comparación. Nos estamos refiriendo, en sentido estricto, a una tendencia cultural por la que, curiosamente, se establece una cierta comunidad espiritual entre cierta prensa y políticos dedicados a la práctica sistemática de la mentira y el insulto, y de otro lado, los remanentes del senderismo a los que hoy hemos visto regresar impúdicamente al discurso público bajo la forma del Movadef. En ambos casos, pareciera existir acuerdo en que los crímenes cometidos no son atroces y bien podrían merecer amnistías o indultos.Esa secreta afinidad se expresa en la burla de las víctimas y los denuestos y calumnias dirigidas a quienes reclaman el cumplimiento de la ley y el reconocimiento de la verdad; en el gozo en ensuciar el diálogo público con vulgaridades y epítetos racistas; en trivializar lo sucedido en el Perú al hablar de excesos o de errores para referirse a los crímenes contra la humanidad cometidos; en insinuar que el dar la palabra a las víctimas fue apenas un gesto teatral que debió ser evitado. Esa identidad tácita y obscena no puede ni debe ser ignorada; debemos defendernos con la verdad ante los intentos reiterados de envilecernos.NOTA: Este artículo fue publicado en el diario La República. Lima, 29 de enero de 2012.

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