21/05/2012

Conciencia de la historia

Una sociedad sin memoria abdica de su identidad perdiendo su esencia como grupo organizado. Sin embargo, si es consciente de su pasado construye un sólido camino. Salomón Lerner Febres, Presidente Ejecutivo del Idehpucp, opina al respecto.

¿Podría una nación avanzar sin tener conciencia clara de su Historia? Una sociedad que no posee memoria, renuncia a su identidad, se aparta de lo ya experimentado y pierde su razón de ser como conjunto organizado de personas que se reclaman de raíces comunes. Extranjera de sí misma, cierra sus posibilidades hacia el futuro y se condena a vivir así en lo efímero y circunstancial. Por el contrario, si es consciente de su pasado, viéndolo con sentido crítico y reflexivo, y no como un mero ejercicio de nostalgia, puede lograr hacer más sólido el camino por el que transita. En efecto, solo a partir de una situación ya dada, asumiéndola, es que los hombres pueden recorrer lo que Sartre llamaba los caminos de la libertad y hacerse así constructores de un futuro. “Ejemplo y aviso de lo presente/ advertencia de lo porvenir” cantaba Lope de Vega para referirse al papel fundamental que cumple la Historia. Avivando la memoria es posible, además, fortalecer nuestros afectos sobre el espacio que nos ha tocado habitar y, ante todo, sobre lo que hemos construido en él. Ciertamente, sin una comprensión cabal de los valores y riquezas que nuestro pasado encierra, así como de los profundos cambios que hemos experimentado en el tiempo, no hay terreno fértil para el afecto. Y sin este sentimiento, es difícil que nos podamos comprometer en serio con las numerosas y complejas tareas que debemos emprender para transformar a nuestro país en la sociedad que todos deseamos.

Ahora bien, y esto ocurre por ejemplo en situaciones de violencia como la que desgraciadamente vivimos en las últimas décadas del siglo pasado, siempre existe como posibilidad teórica y como opción política el olvido. Pero, desde la perspectiva de la construcción de una democracia de ciudadanos, el olvido no es jamás un remedio sino un proceder agravante que profundiza el mal, porque en la actitud de aquel que finge que nada ha ocurrido se halla latente en el fondo una renuncia a la facultad de dar sentido. Preconizar el olvido implica escudarse en la indiferencia y traicionar así el principio de solidaridad que se encuentra en los cimientos de la vida civilizada. Es, en última instancia, aceptar una mirada frívola sobre el presente porque no se tiene el coraje de escarbar en sus raíces para, allí, intentar purificarlo.

Frente a ese olvido, el ejercicio intencional de la memoria aparece como la forma constructiva y honesta de hacer frente a aquello que nos ha causado daño y que ya no puede ser sustraído a la cadena inamovible de lo ocurrido. Esa memoria es, desde luego, un atributo individual. Cada uno de nosotros rescata de su pasado los hechos que resultan importantes para su propia historia de vida. Sin embargo, en el caso de las situaciones que nos han golpeado a todos, la memoria debe ser también colectiva. Así como el diálogo, en su necesaria pluralidad, funda la comunidad humana, ésta, en relación con su pasado, necesita también descansar sobre un legado de recuerdos compartidos.

Afirmar entre nosotros una conciencia que nos permita mirar más allá de lo inmediato y de los ánimos fugaces es una tarea que nos compete a todos (autoridades, padres de familia, intelectuales, medios de comunicación); sin embargo, el espacio insustituible para hacerlo son los sistemas de educación. Al ser la educación la principal fuerza socializadora en toda comunidad, es a través de ella que la población ha de adquirir y desarrollar una representación del mundo. Y dicha representación ha de incluir no solo a la Historia y al sentido que le podamos otorgar, sino a toda la constelación de valores, deseos y proyectos por medio de los cuales nos vinculamos con los demás.

Una de las funciones más poderosas que cumple la educación es la construcción de la democracia y, con ella, la de formar ciudadanos plenos, conscientes de sus derechos y de los ajenos, seres abiertos a la solidaridad, a la crítica y a la participación. Esa tarea se halla ligada, sin duda, al desarrollo de nuestra capacidad de entender el pasado y de incluirlo en la experiencia presente. Una memoria tal y como hemos de ejercerla –colectiva, permanente, reflexiva, enriquecedora- constituye pues una condición indispensable para hacer viable nuestra convivencia en el presente, y  para asegurar nuestra supervivencia como nación civilizada.

>>Fuente: La República

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