25/06/2012

Sobre nuestro lenguaje público

Un orden democrático efímero

Los proyectos orientados a construir la democracia presentan evidencias de una estructura superficial debido a una falta de imaginación pública real. Salomón Lerner Febres, Presidente Ejecutivo del Idehpucp, opina al respecto.


En nuestra historia hallamos frecuentemente evidencias de la superficialidad e, incluso, de la deformidad de nuestros proyectos orientados a la construcción de la democracia. La falta de una imaginación pública real ha determinado que ese orden sea frágil, quebradizo, efímero. La que Jorge Basadre llamó «república aristocrática» muestra cómo los arreglos institucionales de la política oficial, cuando se hacen a expensas del reconocimiento ciudadano de mayorías invisibles, pero presentes, son vulnerables, fachadas de cartón que se desbaratan ante el primer ventarrón autoritario.

Reparemos tan sólo en el destino que tuvo nuestro reciente experimento democrático en la década de los noventa que fue secuestrado por grupos políticos desaprensivos y por elites económicas ciegas y egoístas, terminando, ahogado en la intolerancia y la corrupción. Allí, se hizo evidente lo delgado e inverosímil del discurso de la democracia en el Perú, pues si el término como tal existía y era agitado en la discusión política, carecía, sin embargo, de la gramática colectiva necesaria del reconocimiento y el respeto que lo hiciera comprensible y apreciable.

La ausencia de un lenguaje público articulado y veraz determina pues la existencia de una sociedad fragmentada. En tal situación, la palabra es sólo instrumental; no tiende puentes sino levanta barreras de exclusión y discriminación; no conduce a la convivencia creativa entre las diferencias, sino a la anulación, la absorción o la negación simbólica de los otros. El lenguaje público –que no hay que entender ingenuamente como un vacío llamado a la armonía sin fisuras– es aquel que, sobre la base del reconocimiento ciudadano, invita a la expresión de las diferencias en un diálogo democrático que nos permite ser varios y uno al mismo tiempo.

Ahora bien, tal lenguaje público se halla fundado en una comprensión previa y más profunda de lo que es la palabra: envolviendo al discurso público, antecediéndolo y superándolo, se halla la experiencia del lenguaje, y del acto del habla, como el cumplimiento de una vocación por el otro. En realidad es algo más que una vocación, puesto que ese otro no es optativo sino, más bien, una Presencia que nos otorga sentido.

Emmanuel Lévinas nos recuerda que ese otro que exige mi conducta justa y con su proximidad me “dice” un mandato, es el que permite mi “palabra” que es cumplimiento ético, acción que nos proyecta a la trascendencia, pues en la alteridad y por ella somos interpelados desde lo Alto. De la capacidad nuestra para dar respuesta –para ser responsables– es que nace y adquiere textura nuestra libertad. Y, siguiendo siempre a Lévinas, esos otros –y es fundamental entender esto en el Perú– hallan su perfecta encarnación en los desvalidos, en aquellos que la Biblia menciona: la viuda, el huérfano, el peregrino.

Resulta evidente que la comprensión de la palabra plantea importantes problemas en la discusión filosófica. Siguiendo a Heidegger, otro pensador de nuestro tiempo, debemos aceptar la invitación para dejar atrás el uso instrumental del lenguaje, pues tal práctica hace del otro lo meramente disponible, bien fungible en un mundo regido por la maquinación y la técnica. Frente a ella está, en las antípodas, un “Logos” que pone en obra la verdad, que des-vela lo oculto y lo trae a nosotros para así dar sentido a nuestro ser-en-el-mundo.

El lenguaje es pues el modo privilegiado de abrirse a los demás hombres para construir un mundo; es fuente y expresión de nuestra libertad y en último término experiencia ética que, los pragmáticos podrán considerar insensata y que, sin embargo, constituye el vínculo que hace posible la vida en común.

El diálogo, que no practicamos en el Perú, ha de nacer y desarrollarse a partir de la revaloración de la palabra y ello debe convertirse en una exigencia para cada persona y cada institución, especialmente si se trata del Estado, pues él en su decir y con su hacer ha de legitimarse, alejándose de la retórica vacía de la “historia oficial”, de las afirmaciones y promesas que no trascienden el simple terreno del sonido y la grafía. Sólo así podremos vincular palabra y verdad, palabra y bondad y nos preparemos a constituir una sociedad fraterna, humana, moral.
>> Fuente: La República

 

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