11/06/2012

Intereses, miedos y una democracia en riesgo

Honestidad: premisa para una política saludable

Defraudar las expectativas de la sociedad incumpliendo las promesas resulta corrosivo para un orden democrático. El Presidente Ejecutivo del Idehpucp, Salomón Lerner Febres, opina al respecto.

La salud política de una sociedad depende en buena medida de la confianza en la palabra empeñada, de la honestidad de quienes hacen propuestas para conquistar los votos que les permitan acceder a cargos públicos electivos. La defraudación sistemática de las expectativas resulta, así, un poderoso corrosivo para el orden democrático. Una distancia grande entre lo que el político que busca la elección se comprometió a hacer y lo que en efecto hace una vez en el poder termina por convertir a la democracia en un juego de engaños repetidos; y una mecánica irrelevante que priva a las elecciones de significado apreciable a ojos de la población, puesto que, sin importar quién gane o quién pierda, el resultado siempre será la imposición de los fuertes sobre los débiles, de los privilegiados frente a los excluidos, de los poderes establecidos sobre las necesidades de transformación.

Algo parecido está ocurriendo en el Perú cuando aún no ha transcurrido un año de iniciado un nuevo gobierno. No es necesario sostener la idea de una “gran transformación” ni haber sentido entusiasmo por ninguno de los dos candidatos para señalar la curiosa situación en que nos hallamos. En las elecciones fue derrotada una opción declaradamente conservadora en un sentido social y económico y amoral en lo que atañe al respeto de la ley y ciertas ideas básicas de justicia. Quien derrotó a esa opción no lo hizo por méritos propios, sino por una mezcla de sentimientos que se tradujeron en reclamos públicos: para una porción importante de su electorado, se trató del hartazgo frente a las siempre postergadas promesas de inclusión de los anteriores gobiernos; para otra porción, se trató de poner atajo a una opción que, sin dudas, estaba reñida con todo criterio de rectitud moral. Se accedió así al poder, sobre la base de compromisos que podrían resumirse en dos grandes ideas: llevar adelante decisiones que impliquen cambios respecto del modelo egoísta de crecimiento seguido en las últimas décadas, e impedir que los reflejos autoritarios y corruptos de la opción contraria tomaran control de la vida pública del país. Se trataba, en síntesis, de comenzar la tarea siempre postergada de una democracia incluyente en el Perú.

A pesar de ello, como es visible, el nuevo gobierno no ha tardado mucho en dar las espaldas a quienes votaron por él para, basado en cálculos de conveniencia y aquejado de cierta pusilanimidad, asumir las ideas y los intereses que fueron derrotados en los comicios. Jugando con la capacidad de tolerancia de la población, se ha asumido un lenguaje autoritario frente a los reclamos sociales y que no se diferencia en nada del practicado por el gobierno saliente. Ante una situación como esta, sería comprensible que para una parte significativa de la población las elecciones aparezcan como un ritual vacío de significado y de importancia.

Lo señalado es grave y trasciende al destino del actual gobierno. Es difícil saber hasta qué punto la población que confió en los nuevos gobernantes tolerará el engaño que resienten. Más allá de eso, es importante considerar el serio daño que esta situación ocasiona al futuro de nuestra democracia. Probablemente, el gobierno de turno se halla concentrado en su propia supervivencia pacífica (en el mejor de los casos) y no se percata del enorme perjuicio que ocasiona a esta oportunidad histórica de consolidar la democracia en el Perú. Pero es necesario hacérselo notar, ya que lo que está haciendo es erosionar la legitimidad de nuestro sistema y nuestras instituciones, continuar la contaminación del espacio público en que debemos convivir y reforzar en la población la idea de que la ética y la responsabilidad, son bienes que no se pueden esperar de los políticos.

Lo comentado trasciende el ámbito de las decisiones políticas específicas. Siempre cabrá discutir si es erróneo o acertado adoptar tal o cual medida. La democracia puede y debe convivir con el debate. Es más, la democracia es, hablando políticamente, el ámbito propio y natural de la discusión; a lo que no puede sobrevivir es a la sensación de que toda elección es vana y de que los votos –y con ellos las expectativas y reclamos–, sólo sirven como objetos de burla a los políticos.

>>Fuente: La República

 

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