21/11/2016

En verdad no se han ido…

Salomón Lerner Febres - La RepúblicaLa semana pasada nos dijeron adiós Heriberto Ascher y Lika Mutal, ambos cercanos y queridos amigos, ambos impulsores de las artes en el Perú. Fueron amigos en lo personal y seres humanos que configuraron el compromiso de su vida la posibilidad de que nosotros todos, podamos ser mejores ya que su vida nos acercó a lo bello, lo bueno y lo verdadero. Sus muertes me trajeron a la mente estas líneas que Jorge Manrique dedicó a su padre “….como se pasa la vida, como se viene la muerte tan callando”. En silencio y de modo inesperado, el tiempo se lleva preciosos tesoros.

Heriberto Ascher era un apasionado por la música clásica. Su amor por este arte lo llevó a ocupar el cargo de director de la Sociedad Filarmónica de Lima, institución próxima a cumplir 110 años. Su trabajo continuo y dedicado permitió que Lima disfrutara del arte de grandes músicos y cantantes de varias partes del mundo. Fiel hasta sus últimos días a una vocación que era también misión, Heriberto nos dejó lecciones que hemos, a nuestra vez, de transmitir: fue un amante esposo, un padre ejemplar y un abuelo atento y cariñoso; fue un amigo, un hombre de gran sensibilidad y un convencido de que la música era necesaria para una sociedad cada vez menos atenta al silencio y la armonía. Su actuación en la Sociedad Filarmónica de Lima inspiró a muchos. Así, su nombre quedó inscrito en la nómina de las personas con las cuales el arte peruano se halla en deuda.

Lika Mutal, escultora holandesa-peruana, nos invitó a desvelar la verdad y la belleza que está oculta en la bastedad de las piedras. Su trabajo consistía en sacar a relucir el mensaje guardado en ese silencioso material y buscaba más la conmoción que la admiración. Para ella, el trabajo con la piedra era un reencuentro con lo sagrado y por tanto contenía un sentido de ritual y de profecía. El Ojo que Llora es quizá su obra más estremecedora. Refiere en principio a una época concreta, a un sufrimiento terriblemente encarnado en nuestro país en uno de sus momentos más aciagos. Pero a la vez expone la fragilidad de todo ser humano, el carácter errante e inseguro de la historia de cualquier pueblo. La muerte y el sufrimiento son un sinsentido en ese tránsito tan indeciso. Las lágrimas de ese ojo, que es el ángel de la historia, quisieran satisfacer la sed de todos nuestros muertos. Tanta tristeza, sin embargo, no logra reparar los daños causados por la barbarie.

Muchas veces el ya-no-estar con nosotros remueve nuestra sensibilidad. No solamente nos conmueve la partida sino el legado de quienes se han ido. Lika y Heriberto son el tipo de personas que nos dejaron un mundo mejor pues enriquecieron nuestras vidas. Sus muertes nos dejan en confusión, nos hacen sentir que hemos perdido algo valioso, que nuestra vida se ha empobrecido. Sus vidas en cambio nos llenaron con la luz del arte y con el generoso regalo de su afecto. “La amistad –escribió Cicerón– hace no solo más espléndidas las cosas favorables, sino también más ligeras las adversas, compartiéndolas y poniéndolas en común”.

Lika, Heriberto: les agradecemos por su vida. Seguirán estando con nosotros.

Escribe: Salomón Lerner Febres, presidente ejecutivo del IDEHPUCP, para La República

(21.11.2016)