17/01/2017

La expansión del populismo de extrema derecha en el mundo

Populismo EuropaDesde hace una decena de años, un gran movimiento populista y de extrema derecha se está desarrollando en el mundo como respuesta a la globalización. Millones de personas creen, en efecto, que es aún posible dar marcha atrás y anular la expansión de la economía mundial y de los valores democráticos, así como de los derechos humanos. Este vasto movimiento planetario ha entrado en una fase de crisis financiera en 2008 y, desde hace cuatro años, la crisis social concierne la migración masiva de millones de personas que tratan de escapar a las guerras en el Oriente Medio (Siria e Irak) y a la miseria en África. El proceso actual es muy complejo e inédito en la historia contemporánea. Lo que debe quedar absolutamente claro es que la globalización económica conlleva un proceso político y social que generaliza, en todo el mundo, el modo de vida occidental y sus valores más importantes: la igualdad social, los derechos humanos, la democracia, el libre comercio, la libertad de expresión y la libertad de circulación. Este proceso es ineluctable, aun cuando haya aparecido un movimiento de ideas que pretende “volver al pasado”. Es decir, a los Estados cerrados, al proteccionismo comercial, al control estricto de las migraciones o a la supresión autoritaria de las libertades personales.

El avance de la globalización y de la reestructuración global del mundo del trabajo implica graves trastornos sociales. Millones de personas han sido y seguirán siendo excluidas del proceso de cambio por diversas razones, tanto en los países industrializados como en los países subdesarrollados. Es en ese contexto de temor, de descontento y de cólera social que el populismo se desarrolla para proponer “soluciones” fáciles de entender por la mayoría de la población; presentándose además como una verdadera alternativa a la “ausencia” de políticas de gobierno coherentes. El populismo propone un discurso político que pretende resolver todos los problemas a partir de “valores del pasado” y que se reflejan en el autoritarismo, la represión y la “mano dura” que tanto añoran los partidarios del dictador Alberto Fujimori y de su hija Keiko. De hecho, el populismo es reaccionario y anti moderno, se opone a la democracia y concentra sus esfuerzos en la manipulación constante de las pretendidas “necesidades del pueblo”, que los dirigentes asumen con vehemencia.

El peligro del avance del populismo en el mundo actual ha sido tomado como tema central en el Informe Anual de la ONG norteamericana Human Rights Watch (HRW), publicado el 12 de enero de 2017. Kenneth Roth[1], director ejecutivo de HRW, ha declarado:

“En este clima de descontento están surgiendo y ganando poder, algunos políticos que sostienen que los derechos solo sirven para proteger a presuntos terroristas o a solicitantes de asilo, a expensas de la seguridad, el bienestar económico y las preferencias culturales de la supuesta mayoría. Culpabilizan injustificadamente a refugiados, comunidades de inmigrantes y minorías. En este contexto, la verdad suele quedar absolutamente relegada. El nativismo, la xenofobia, el racismo y la islamofobia están en auge. (…) Nos olvidamos —por nuestra cuenta y riesgo— de los demagogos del pasado: los fascistas, comunistas y otros de su clase que argumentaban conocer más que los demás qué era lo que convenía a la mayoría, pero terminaron aplastando al individuo. Cuando los populistas tratan a los derechos como un obstáculo a lo que ellos entienden como la voluntad de la mayoría, es solo cuestión de tiempo antes de que comiencen a enfrentar a quienes no están de acuerdo con su agenda. Y el riesgo se agudiza cuando los populistas atacan la independencia del poder judicial por defender el Estado de derecho; es decir, por hacer valer los límites a la conducta gubernamental que implican los derechos. Estas pretensiones de mayoritarismo sin límites y las embestidas a los frenos y contrapesos que limitan el poder gubernamental son, quizás, el mayor peligro que hoy amenaza el futuro de la democracia en Occidente”,

En su informe, Kenneth Roth manifiesta su preocupación por las débiles respuestas de algunos dirigentes de países occidentales (Alemania, Francia, Estados Unidos) y no-occidentales (Rusia, China) ante la amenaza populista, la xenofobia, el racismo y las violaciones de los derechos humanos. Es por esto que, según él, la guerra ha podido continuar en Siria e Irak. Es cierto que la situación política en Europa (donde los partidos de extrema derecha siguen avanzando) y en Estados Unidos (donde se ha elegido a un personaje grotesco como presidente), es muy preocupante, y debemos tomar consciencia de ello pues el Perú participa de este contexto. Sin embargo, creo también que el análisis de Kenneth Roth no tiene en cuenta un hecho fundamental: el populismo post-moderno se desarrolla en un contexto totalmente nuevo caracterizado por las nuevas tecnologías y por la comunicación planetaria en tiempo real.

En efecto, si desde un punto de vista general el populismo actual tiene similitudes con aquél que nació en Europa entre las dos guerras mundiales, entre los años 1920-1930, cuando la miseria empujó a millones de alemanes e italianos a aceptar la demagogia de extrema derecha de Adolf Hitler y de Benito Mussolini (respectivamente), la naturaleza del populismo post-moderno actual es absolutamente novedosa. Ante la amenaza de la mundialización, las reacciones de los “pueblos” ignorantes del pasado, pueden ser todavía “ultra-nacionalistas”; es lo que observamos en Estados Unidos, en Europa oriental, y en menor medida en Europa occidental. El caso de los Estados Unidos, que acaba de elegir a un presidente demagogo, populista, xenófobo, racista, sexista, grosero, sin educación, pero inmensamente rico es paradigmática. ¿Cómo comprender esta elección que tendrá efectos en todo el mundo? Probablemente como la respuesta de la mitad del pueblo norteamericano que se siente amenazado por la globalización, y que ha vivido los ocho años de presidencia de Barack Obama como una pesadilla hecha realidad. Obama ha representado lo mejor del futuro político de una nación post-racial.

A pesar del auge actual del populismo, los valores del mundo globalizado son prioritarios y no van a retroceder; no solamente en los países industrializados, sino sobre todo en los países subdesarrollados que aspiran a vivir en democracia y con el confort occidental, que se ha vuelto mundial (electricidad, conexión internet, agua potable). Esta aspiración general a vivir dignamente en América Latina, en el Oriente Medio, y en Asia, está más allá de las políticas de “derecha” o de “izquierda”. Las sociedades civiles se despiertan inexorablemente, y los gobiernos ya no son tan decisivos como antes. Esto significa que la elección de Trump es un fenómeno que se terminará en cuatro años con el fracaso del populismo.

Es, por tanto, posible que el populismo post-moderno empezará a retroceder no tanto por acción de los gobiernos, ni de las elecciones, sino más bien como resultado de una toma de conciencia generalizada de las sociedades civiles de sus propios derechos ciudadanos. En Estados Unidos, la elección de Trump ha despertado el movimiento de defensa de los derechos cívicos de los afroamericanos, que están organizando grandes marchas contra el presidente populista, en alianza con los movimientos de defensa de los derechos de las mujeres, de las minorías latino-americanas, asiáticas, y de toda nacionalidad, así como de la comunidad LGTBI. Es muy probable que este período de cuatro años que iniciamos ahora sea muy positivo para la afirmación popular de los valores de democracia, de igualdad étnica y social y de los derechos humanos en general, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. Este proceso es y seguirá siendo facilitado por la comunicación inmediata que permiten las nuevas tecnologías.

En el Perú, queda mucho por hacer para eliminar el populismo incrustado en nuestra política por la familia Fujimori y sus aliados que siguen teniendo puestos a nivel nacional, regional y local. La gran corrupción internacional ha enlodado también nuestras instituciones y hasta nuestros gobernantes. Pero debemos reconocer también que han existido avances en los procesos judiciales contra los perpetradores de crímenes contra la humanidad durante el conflicto armado interno. Notemos también que un signo positivo de la toma de conciencia de la sociedad de nuestros problemas sociales ha sido la gran marcha “Ni una menos”, en agosto de 2016, contra la violencia a las mujeres. Ese es el mejor camino que podemos adoptar en este período de grandes transformaciones sociales y tecnológicas: favorecer el auge de la sociedad civil democrática.

Escribe: Mariella Villasante, investigadora asociada del IDEHPUCP

(17.01.2017)


 

[1] Ver el Informe en castellano: https://www.hrw.org/es/world-report/2017/country-chapters/298722

Ver la versión completa en inglés: https://www.hrw.org/world-report/2017 y https://youtu.be/S8k5EqqLH5o