11/03/2016

Sobre la honestidad académica

Salomón Lerner FebresDurante los últimos años, hemos asistido a varios ejemplos de deshonestidad intelectual manifestada a través del plagio; es decir, la copia de ideas ajenas, sin citar la fuente de donde ellas proceden. Escritores, periodistas y políticos se han visto involucrados en este tipo de actos sin que, en la mayoría de los casos haya existido conciencia ni preocupación por parte de la sociedad que sufre este engaño. Se aprovecha, sin duda, el poco conocimiento que, en general, se tiene sobre el trabajo intelectual, así como el menosprecio, por desgracia, que existe en algunos sectores de nuestra sociedad frente a la tarea intelectual.

Como ha de saberse, la labor académica implica la creación de conocimiento a partir de los aportes que diversos intelectuales ya han realizado a lo largo de los años. Ello supone entonces que quien investiga un determinado asunto tome en cuenta lo ya avanzado y dirija su atención hacia trabajos realizados ya por otros académicos que le hayan antecedido en la reflexión y análisis de los temas de los que él ahora se ocupa. Ahora bien, no basta el incluir a estos autores en la lista bibliográfica que se adjunta al final de un trabajo de investigación, sino que las frases o fórmulas que se hayan extraído de las obras consultadas deban ser resaltadas adecuadamente, usando para ello las comillas y precisando el lugar en donde ha aparecido el texto citado. Esto se enseña desde el colegio y, sobre todo, en la universidad, aplicándose sea en los trabajos académicos exigidos para la obtención de un grado o en libros que se desea publicar.

Resulta claro entender que la apropiación de ideas ajenas es una falta ética, que, además, bien podría ser sancionada administrativamente por Indecopi o penalmente por la justicia ordinaria, como ha ocurrido ya en algunos casos.

Sin embargo, hay que reiterarlo, la mayor gravedad de este comportamiento reside en el terreno social. Aquel autor que no haya citado a sus pares puede terminar con su carrera dentro de una universidad o centro de investigación. Ello ya ha ocurrido en los últimos años con algunos docentes que incurrieron en esta grave falta, terminando en el ostracismo intelectual. Lo mismo ocurre con articulistas en diversos medios de comunicación, cuya palabra va a quedar seriamente mellada al saberse que no aportaban un ángulo propio, sino que aprovechaban deshonestamente lo que otros ya habían escrito.

Desde la Pontificia Universidad Católica del Perú –como ha de ocurrir en las universidades serias– se ha emprendido desde hace varios años una campaña para combatir el plagio dentro de la institución, cuya principal tarea es el conocimiento. Desde 2009 se cuenta con una guía para el correcto citado de fuentes y se es bastante duro en sancionar a los alumnos y docentes que hayan incurrido en este tipo de falta, que se considera bastante grave. Así, ante un incidente reciente que involucró a un miembro de esa comunidad universitaria, su Rector, en palabras que suscribo, manifestó lo siguiente: “El plagio es una actividad incompatible con el trabajo intelectual de cualquier índole y es inaceptable, sin excepciones, la presentación de ideas ajenas como propias en toda circunstancia”.

Es indispensable, por tanto, remarcar que el plagio es pues una actividad deliberadamente deshonesta y que afecta a la sociedad entera, la que se ve perjudicada cuando se la quiere engañar con mentiras y deshonestidad.

Escribe: Salomón Lerner Febres, presidente ejecutivo del IDEHPUCP, para La República