Edición N° 26 21/08/2018 Entrevista

Cameron: “Para los tecnócratas que manejan el poder en el Perú, la política es un ruido que es mejor ignorar”

Por: Gabriela Quevedo Castañeda

Periodista

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Como investigador y estudioso de la democracia, Maxwell A. Cameron considera que el fortalecimiento de la ciudadanía, mediante la generación de espacios para la participación, es un paso importante para recomponer sistemas mermados como el nuestro. Esto, siempre y cuando se tenga el compromiso y voluntad de los grupos de poder que hasta ahora ven en la existencia de un Estado débil, una oportunidad para resguardar sus intereses y no para gobernar.

Cameron es profesor de Ciencias Políticas y director del Centro de Estudios de Instituciones Democráticas de la British Columbia University (UBC) en Vancouver, Canadá. Es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de California, en Berkeley (1989) y fundador del Instituto de Futuros Legisladores (UBC). Fue el invitado extranjero de la edición XIV del Encuentro de Derechos Humanos del IDEHPUCP, Indignados: ¿Qué falló en nuestra democracia?, que se llevó a cabo del 4 al 8 de junio. A partir de esta pregunta nos concedió la siguiente entrevista.

¿Qué es lo primero que viene a su mente cuando digo la palabra: político?

Trato de reconocer que el quehacer político es esencial en cualquier sistema democrático y que hay que valorizar la política y no desprestigiarla.

Creo que todos identificamos la política con la corrupción; sin embargo, trato de reconocer que el quehacer político es esencial en cualquier sistema democrático y que hay que valorarlo, no desprestigiarlo. Obviamente tenemos mucho que hacer en Perú como en otros países para mejorar la calidad de los políticos. En Canadá, por ejemplo, uno de los grandes problemas es que los partidos políticos son tan fuertes que los miembros del Parlamento tienen muy poco espacio de iniciativa individual, de manera que no representan bien los intereses de sus electores, pero sí las de los partidos. En Perú me parece que los partidos son más débiles, los congresistas no representan los intereses de los electores y se percibe, con cierta validez, que estén involucrados en actividades de corrupción, de buscar beneficio personal en la política, lo que genera una desconfianza grande al sistema.

Maxwell Cameron es uno de los investigadores sobre política y democracia de América Latina más destacados del continente. (Foto: Punto Edu)

Una lectura en retrospectiva de los últimos 20 o 30 años y una actualidad que da cuenta de un sector público y privado tomado por una corrupción extendida, nos lleva a preguntarnos ¿en qué falló nuestra democracia? ¿será posible salir de este loop que a las élites de poder parece acomodar?

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Yo creo que parte del entrampamiento político peruano tiene mucho que ver justamente con el fujimorismo, la Constitución del 93 y el modelo económico que se ha aplicado en los últimos años.

Se requiere un esfuerzo ciudadano, de organización, participación a través de sus gremios, sus asociaciones, sus partidos políticos, como de voluntad de quienes están en el poder por fortalecer al Estado y hacer más inversiones sociales que permitan el florecimiento de una sociedad civil activa y libre, ¿no? Pero bueno, yo creo que parte del entrampamiento político peruano tiene mucho que ver justamente con el fujimorismo, la Constitución del 93 y el modelo económico aplicado en los últimos años. Modelo que no reconoce el valor de la política, más bien ve la política como ruido. Para los tecnócratas que manejan el poder, que tienen mucho poder en el Perú, la política es un ruido, en donde lo mejor que se puede hacer es ignorarlo. Mirar la política es tratar de percibir el interés público y la forma de llegar a ese fin en una sociedad moderna y compleja, requiere representación. Entonces el congresista tiene que representar a toda la diversidad y complejidad, como la peruana, en el seno del Congreso para lograr soluciones. Para hacer esto, creo que el Perú va a tener que salir del modelo económico neoliberal. Porque el modelo económico neoliberal, por un lado, le da vetos muy fuertes a los sectores que concentran cada vez más poder económico y, por otro lado, desmoviliza a la población generando trampas sociales que no le permite organizarse y expresarse a través de sus organizaciones, gremios, sindicatos, partidos y asociaciones. No se puede construir una democracia con instituciones democráticas con un alto nivel de funcionamiento político sino hay una sociedad civil con autonomía y fuerza. El problema es que es muy difícil generar este tipo de sociedad civil cuando el modelo económico busca primero poner límites en muchas políticas que son necesarias para la construcción de una sociedad más equitativa; y por otro lado promueve la competencia en todas las esferas de la vida, lo que obstruye la construcción de identidades colectivas y organizaciones que permitan que la gente pueda incidir en la política, pueda influir.

En los últimos meses, miles de peruanos y peruanas han salido a las calles a manifestar su indignación tras revelarse los actos de corrupción en el sistema judicial con los ‘CNM Audios’ (Foto: Andina)

Luego de haber emitido el indulto a Alberto Fujimori en Nochebuena, el Ejecutivo no se reunió con los familiares víctimas del Conflicto Armado Interno. Solo anunció que se incrementaría en 30 millones de soles el presupuesto para las reparaciones, como si eso ayudara a reparar el tejido social afectado. ¿Qué refleja esto de nuestra democracia?

A mi juicio la lectura del CAI (Conflicto Armado Interno) debe ser comprender qué es lo que generó esa violencia y atender esos problemas.

Creo que un elemento importante es el miedo, la muerte de esas 69 mil personas en un país como Perú es un trauma extraordinariamente grave. Este trauma se traslada de generación en generación por lo que demora en superarse. En este sentido, la labor de la política debe ser justamente ver cómo podemos conciliar las distintas percepciones del pasado para avanzar hacia un consenso mínimo de lo que pasó. En este contexto, el Perú debe mirar más a las bases, ver dónde está el conflicto de la sociedad y abrir un diálogo donde está la gente realmente afectada. Porque el fondo el trabajo político, en el buen sentido de la palabra, es la deliberación y el diálogo entre grupos que están en desacuerdo para encontrar qué tienen en común y lograr trabajar juntos. Algo que me parece triste de la situación del Perú es el haber pasado por una experiencia de conflicto interno y no haber llegado a un consenso mínimo o una lectura de esa violencia, lo que podría servir para fortalecer el compromiso con la democracia de una manera más cabal.

Hoy en día, existen 20.329 personas desaparecidas durante el Conflicto Armado Interno. Los y las familiares siguen esperando justicia. (Foto: Andina)

El caso Lava Jato, en el cual un grupo de poder monta una red sofisticada de financiamiento a partidos, enriquecimiento ilícito y lavado de dinero en la región, ¿es un ejemplo de su tesis sobre el retorno de la oligarquía? ¿se produce esa comprobación en materia de política y democracia latinoamericana?

Yo creo que sí, una parte del concepto de oligarquía es el poder del dinero. El dinero de hecho siempre está trabajando para influir en las políticas públicas. Nosotros los ciudadanos tenemos muy pocas oportunidades de incidir en la política, básicamente podemos votar de vez en cuando, cada cinco años en el caso de Perú, y a veces influimos a través de marchas o podemos escribir cartas, peticiones, hay algunos espacios de participar a nivel local. Ahora, la gente muy activa logra ser miembros de partidos políticos, pero en realidad el ciudadano común y corriente tiene muy pocas oportunidades de participar directamente en la política, la mayoría prefiere no participar. Mientras tanto el dinero está permanentemente trabajando a favor de los intereses del sector privado, entonces creo que parte del concepto de oligarquía es el poder del sector privado, sobre todo de los grandes empresarios que influyen en la política a través de redes formales y mecanismos de influencia que no pasa por la representación. Creo que en un contexto de instituciones débiles estas influencias pueden ser nefastas, allí se corre el riesgo de que el dinero puede corromper la política, puede corromper las instituciones. Y creo que el caso Lava Jato ha mostrado el nivel de influencia y corrupción de dinero en la política en muchos países, afectando a varios presidentes y servidores públicos.

Jorge Barata, ex director de Odebrecht en el Perú, reveló en febrero que la empresa brasileña realizó donaciones para la campaña electoral del 2011 a varios partidos políticos, como el Apra y PPK. (Foto: Andina)

El apoyo al sistema democrático disminuyó dramáticamente en la región en 2016. De acuerdo al Latinobarómetro, en ese entonces al 23% de la población le daba lo mismo ser gobernado por un sistema democrático o uno autoritario. ¿Podría ser este dato advertencia de una anomia que empieza a extenderse?

En el Perú es un poco complicado construir un proyecto político que busque cambios o reformas justamente por el miedo a que nos lleve de vuelta a tiempos de violencia como el del Conflicto Armado Interno.

No necesariamente. Me da la sensación de que en el Perú es un poco complicado construir un proyecto político que busque cambios o reformas justamente por el miedo, el miedo a que la movilización de la sociedad pueda traernos de vuelta la violencia del Conflicto [Armado Interno], justamente por no asimilar todavía esa experiencia y no haber llegado a esa conclusión que reconoce que la forma de evitar el conflicto es justamente fortaleciendo las capacidades ciudadanas de la población, su organización y representación. Entonces lo que tienes es gran cantidad de conflictividad, muy localizada, con poca proyección a nivel nacional y grandes dificultades por parte de los líderes nacionales para convertir estos conflictos en algo más positivo, con propuestas. De hecho, algo que tiene que ver con esto es que las mismas organizaciones sean muy poco democráticas, que los gremios, asociaciones y federaciones de la sociedad civil sean en muchos casos mini oligarquías construidas en torno a líderes caudillistas que buscan usar los conflictos para proyectar su liderazgo. Entonces, hay una gran y natural desconfianza. Yo creo que lo que hace falta es liderazgo y quizás eso es lo que quieren construir los jóvenes, ojalá sea la nueva generación la que empiece a buscar nuevas formas de hacer política que son más horizontales, que son menos centralizadas, que perfilen más gente, menos caudillos. Lo que tengo es la impresión de que los jóvenes tienen interés en la actividad política, pero no entrar a ella siendo elegidos como autoridades, más bien buscan otras formas de hacer política, lo cual es válido. Aunque en algún momento, si quieren hacer cambios, tendrán que meterse a la política propiamente hablando y ese es el salto que ojalá se dé.

Hace algunos meses se llevaron nuevamente procesos electorales en Venezuela. En la cédula de votación aparecía el rostro de Maduro 10 veces, otro candidato 4 veces, y otros tres solo una. A este inusual suceso se suma una serie de ocurrencias que evidencian la crisis extrema en la que se encuentra un sector de la población cada vez más extenso. Represión contra la prensa opositora, hiperinflación, colapso de los sistemas básicos; hasta la misma OEA a través de un comité de expertos ha recibido información de que hay evidencia suficiente para abrir un caso en la Corte Penal Internacional en materia de violación a los DDHH. Todo esto ha causado además una ola migratoria que ha puesto a Perú en el primer lugar con más solicitudes de asilo. ¿Es Venezuela aún una democracia? La academia no se pone de acuerdo.

Para mí, como investigador, Venezuela nos plantea un dilema grande: ¿cómo podemos pensar en regímenes híbridos, que tienen componentes democráticos y autoritarios?, es decir, debemos reconocer que hay una zona gris entre democracia y autoritarismo, pero al mismo tiempo reconocer que debemos establecer cuál es la línea que nos permite decir en qué momento un régimen pasa de ser una democracia, con graves defectos o de muy baja calidad, a ser un régimen que ya no es mínimamente democrática. Han sido fuertes los debates entre los académicos, porque algunas personas han dicho que Venezuela desde hace tiempo ya cambió de régimen a uno autoritario y competitivo. Para mí Venezuela pasó la línea en el momento en que el Tribunal de Justicia no reconoció el resultado de las elecciones de la Asamblea Nacional [AN], esa vez en la que era clarísimo que la oposición ganó con amplia mayoría y el gobierno simplemente no reconoció los resultados. Esa vez en el que el gobierno de Maduro cuestiona a algunos congresistas para poder quitarles su mayoría de dos tercios [en la Asamblea] lo que les permitiría liberar presos políticos y cambiar el Tribunal Supremo [de Justicia]. Incluso termina cerrando la AN, lo cual provoca una reacción de la misma fiscal de la Nación [Luisa] Ortega, quien dice: esto va en contra de la Constitución Bolivariana. Ósea ni siquiera el gobierno respetaba su propia constitución. Para mí este es el momento clave, a partir de esta fecha que es maso menos 2015, no creo que Venezuela cumpla mínimamente con las condiciones de ser una democracia. A partir de esa fecha debió ser, a mi juicio, expulsado de la OEA, tratado como un régimen que ya no es más parte de los países democráticos.

En los últimos años, la denominación ‘activistas de sofá’, refiriéndonos a los ‘opinólogos’ con una causa en medios sociales, se han multiplicado. Pero ¿qué valor real tiene esta representación si muchas veces la participación parece ser ejercida a modo de turba sin líderes? ¿O sin correlato en lo real?

Me preocupa mucho el rol de los medios sociales en este momento. Por un lado, es muy atractivo y te da la sensación de que estás haciendo algo para ejercer tu voz cuando usas los medios sociales. La gente nos escucha, nos responde, tenemos muchos likes, muchos retweets, eso nos da una sensación de gratificación, recibes cierto reconocimiento. Pero me preocupa un poco porque también se empieza a afectar el comportamiento y lo más serio es que estás comunicando sin ver realmente las repercusiones de lo que estás diciendo. Cuando estamos en una conversación, yo puedo percibir por tu cara y la mía cómo estamos respondiendo a los argumentos. Si yo digo algo que te causa alguna herida, veo inmediatamente el efecto, entonces me preocupa, y tú puedes decir no me gusta. Lo bonito de una conversación “cara a cara” es como dice una frase de Mary Stone, analista de cultura, es el estar metiéndonos en la mente de otro y reorganizando la mueblería. Ella se refiere a un proceso de diálogo, que permite la construcción de lo común, de lo que estamos hablando. El “activismo de sofá” nunca va a ser la construcción de ese mundo en común, más bien al contrario, genera burbujas que nos van dividiendo. Creo que la comunicación puede permitir que uno vaya comprendiendo la decisión del otro y eso nos genera más tolerancia, más aceptación. Los medios sociales, en la medida que generan mucha bulla y demanda, pero no esa capacidad de entendimiento, de construcción de espacios comunes, puede ser más bien negativa.

En medio de una crisis política [casi] sistemática, reflexionar sobre la democracia local y latinoamericana, en sus distintas dimensiones, es necesario. Maxwell A. Cameron apuesta por volver a las bases de la labor que quizás no enraizamos históricamente. “A fin de cuentas, la política no es simplemente negocios sucios o disputas ideológicas, es la actividad de deliberación, de legislación, de buscar compromisos y, en el camino, construir un mundo común. Lo que tiene que hacer el político es pensar hacia dónde queremos ir y encontrar la forma de llegar en un contexto de gran incertidumbre”, asegura Cameron.

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