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17 de febrero de 2026

Por Carlos Piccone Camere (*)

Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos,
Ciegos que ven,
Ciegos que, viendo, no ven.

José Saramago, Ensayo sobre la ceguera

Primer acto: Ver lo que siempre estuvo allí (República de Sakia, siglo VI a.C.)

Hace más de dos mil quinientos años, en la franja que hoy separa Nepal del norte de la India, nació un príncipe del clan de los Śākya. Las fuentes antiguas recuerdan su llegada al mundo rodeada de presagios y expectativas extraordinarias. Como ocurre con otras grandes figuras espirituales, su biografía quedó entretejida con memoria histórica y elaboración simbólica.

El joven príncipe creció en un entorno hermético y protegido, donde la armonía parecía connatural a la vida cotidiana, una monotonía aséptica, sin mayores sobresaltos. Se suele identificar un punto de inflexión en su vida a partir de algunas salidas fuera del recinto familiar, acompañado por Channa, su sirviente y auriga. Tuvo entonces cuatro encuentros sencillos pero decisivos. Primero, vio a un anciano inclinado por el peso de los años. Luego, a un enfermo vencido por la dolencia. Posteriormente, vio un cadáver conducido al fuego. Y, por último, a un asceta que caminaba por la vida imperturbable y sereno. El joven príncipe comprendió entonces que el tiempo pasa inexorablemente y que, tarde o temprano, la vejez, la enfermedad y la muerte alcanza a pobres y ricos, débiles y poderosos. No era aún la “iluminación” que la historia asociará con su nombre, pero sí una perspectiva nueva, el reconocimiento de que la fragilidad y la vulnerabilidad pertenecen a la condición humana, por más que uno se niegue a verlas.

Aquel joven se llamaba Siddhartha Gautama; y más tarde sería conocido como el Buda, “el Despierto”. Su primer despertar consistió en atreverse a salir de su recinto seguro y mirar, sin filtros, la realidad que siempre había estado allí.

Segundo acto: Tener ojos y no ver (Provincia romana de Judea, siglo I d.C.)

Siglos más tarde, por los caminos que llevan a Jerusalén, un predicador itinerante proclama el advenimiento de un Reino nuevo. Habla con una autoridad que desconcierta. Su voz acaricia y golpea; su mensaje resuena, subvierte, incomoda, azuza y sosiega. La sintonía radical entre lo que dice y lo que hace persuade y arrastra tras de sí a grupos periféricos. La mayoría de sus discípulos son personas prescindibles para la sociedad y pasan desapercibidos por los radares oficiales; echan raíces dando testimonio de lo que han visto y oído, y despliegan redes silenciosas. Su palabra y su gesto devuelven dignidad a quienes han sido maltratados y pone en crisis la tranquilidad moral de los satisfechos.

No apela a los grandes maestros ni busca legitimar sus discursos con citas eruditas. Prefiere historias hechas de escenas familiares, simples y profundas, como esta:

Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Había también un mendigo llamado Lázaro, cubierto de llagas, echado a su puerta, que ansiaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico, pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Llegó el día en que el mendigo murió, y los ángeles se lo llevaron al lado de Abrahán. Después murió también el rico, y fue sepultado.

El hombre rico le suplicó a Abraham que enviara a Lázaro a la casa de su padre para advertir a sus cinco hermanos, de modo que no terminaran también en ese lugar de tormento. Abraham le respondió que ya tenían lo necesario, Moisés y los profetas, y que debían escucharlos. El rico objetó que eso no bastaría, que solo cambiarían si alguien regresaba de entre los muertos para hablarles. Pero Abraham cerró la discusión con una frase definitiva: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite” (Lc 16, 19-31).

Quizá el rico (sin nombre) nunca se enteró de la existencia del pobre (a quien sí se le llama por su nombre). Su falta no parece haber sido la maldad, sino la omisión de no haber querido ver más allá del umbral de su casa. Por eso, en otro momento, aquel predicador, Jesús de Nazaret, increparía a los suyos: “¿Tienen ojos y no ven?, ¿tienen oídos y no oyen?” (Mc 8,18)

Tercer acto: Atreverse a mirar (Asís, siglo XIII d.C.)

En una pequeña comuna amurallada de Umbría, arropada en las laderas del Monte Subasio, el joven Francisco Bernardone creció entre paños finos, negocios y fiestas. Pietro, su padre, comerciaba telas y formaba parte de ese grupo emergente de mercaderes que, sin títulos nobiliarios, comenzaba a disputar prestigio y poder a la vieja aristocracia.

La juventud de Francisco transcurrió entre ideales caballerescos, alegría ruidosa y aires de trovador. Luego llegaron la campaña militar, las ilusiones, la prisión, la enfermedad, las hondas desilusiones y el regreso a Asís, con un sabor amargo a derrota. Fue un desgaste físico, mental y espiritual. Aquellas experiencias cercanas a la muerte lo obligaron a relativizar prioridades; empezó a perder el gusto por las cosas que antes movían su vida.

Había, sin embargo, una frontera humana que le causaba horror cruzar: los leprosos. Vivían fuera de los muros de Asís, apartados, y aun así su sola existencia le resultaba repulsiva. En el Testamento que dejaría a sus hermanos, lo reconoce sin rodeos desde la primera línea: para él era “extremadamente amargo” verlos. Hasta que un día uno de ellos se le apareció de improviso en el camino. Instintivamente quiso huir, pero algo quebró su reflejo de huida; bajó del caballo, se atrevió a mirar las llagas del leproso y se dejó mirar las propias, invisibles pero no menos dolorosas. Entonces “aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo” (Test., n. 3).

Cuarto acto: Dejarse sacudir la mirada (Lima, siglo XXI d.C.)

En diciembre de 2003, el Dr. Salomón Lerner Febres, entonces rector de la Pontificia Universidad Católica del Perú, confirió a Gustavo Gutiérrez, OP, la distinción de Profesor Emérito. En una semblanza de notable densidad intelectual y hondura ética, lo reconoció como “una de las figuras más elevadas de la cultura peruana contemporánea” y lo llamó, con una expresión evocadora, “insobornable sacudidor de conciencias”.

Sacudir la conciencia supone dejarse remover el concho del alma, aquello que se ha sedimentado hasta volverla insensible; desafiar la memoria selectiva y la visión sesgada. Cuánta falta hacen los sacudidores de conciencias, verdaderos atalayas que velan para resguardar las torres de la sociedad mientras esta dormita.

Los Lázaros contemporáneos ya no esperan solo junto a un portón. Las fronteras físicas han dejado de ser excusa para la ceguera. Podemos asistir a la exposición constante de injusticias, exclusiones y rostros heridos en el scroll infinito de las pantallas. Sin embargo, la interpelación puede venir de lugares muy distintos. Puede llegar desde la Plaza San Pedro, desde un monasterio tibetano o desde un escenario deportivo multitudinario. Al leer los signos de los tiempos, uno se hace responsable de sus propias epifanías. Y si uno no quiere abrir los ojos, simplemente no verá, aunque un muerto resucite.


(*) Profesor del Departamento Académico de Teología de la PUCP; doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de Londres.