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Editorial 3 de marzo de 2026

La intervención militar combinada de Estados Unidos e Israel sobre Irán abre una diversidad de interrogantes tanto sobre las razones últimas de la acción militar cuanto sobre cómo se desarrollará esta guerra y sobre cuál será el futuro político del país y de la región. Pero lo que sí está fuera de dudas es que este violento episodio que ha empezado hace pocos días se suma al preocupante proceso de debilitamiento del derecho internacional y lo profundiza.

No está en cuestión el hecho de que el régimen que prevalece en Irán desde hace casi medio siglo es uno de carácter opresivo (de una manera particular en contra de la población femenina) y adverso a los derechos humanos, un régimen que en más de una ocasión, a lo largo de estas décadas, ha desencadenado una feroz represión contra su población para sofocar conatos de disidencia y rebelión. Las víctimas de la represión durante las protestas de enero de este año son calculadas por fuentes independientes acreditadas en decenas de miles. Además de eso, el gobierno del ayatola Ali Jamenei, el líder supremo muerto bajo los ataques del 1 de marzo, ha promovido y sostenido durante décadas a diversas organizaciones radicales, de cuño terrorista, que han provocado muerte, zozobra e inestabilidad en varios países de la región. A ello se suma, naturalmente, el riesgo que significa para sus adversarios, y más ampliamente para el mundo, su persistente proyecto de desarrollar armamento nuclear. Y, como es sabido y evidente, también existe como un factor crítico la amenaza particular que el régimen de los ayatolás representa para Israel, lo cual, por consiguiente, involucra también a los Estados Unidos dada la histórica alianza entre estos dos países.

No está demostrado, sin embargo, que todos esos elementos sumados, y otros más que se podría enumerar, sirvan de sustento jurídico para la intervención a la luz del derecho internacional, más allá de lo que aleguen las autoridades de ambos países. (Y hay que recordar que hace poco el presidente de los Estados Unidos afirmó que para ejercer su poder no necesitaba del derecho internacional y que le bastaba su propia moralidad). Y este matiz es fundamental, más allá de la discusión política sobre objetivos y estrategias o sobre las motivaciones de política interna que pueden existir del lado de los gobiernos estadounidense e israelí, pues atañe a un asunto fundamental para el orden mundial presente y futuro.

Asistimos desde hace años a una continua y rápida erosión del consenso mundial sobre el marco jurídico que debe regir las conductas y relaciones entre los Estados, así como a un interesado descrédito del paradigma multilateral. La guerra de conquista desatada por Rusia contra Ucrania es un hito de ese proceso de descomposición, como también lo es la acción armada de Israel en Gaza –como respuesta al atroz y criminal ataque de Hamas—durante la cual se han producido numerosas y gravísimas violaciones del derecho internacional. También Estados Unidos está embarcado en un ostensible alejamiento del derecho internacional, por ejemplo, en sus intervenciones contra embarcaciones salidas de Venezuela y después en la intervención que llevó a la captura de Nicolás Maduro y su traslado a territorio estadounidense.

Todo esto nos está dirigiendo a la reimposición de un mundo sin reglas o, como se ha dicho en algunos debates, a la sustitución de un orden mundial fundado en reglas por uno regido bajo el paradigma de las “esferas de influencia” de las grandes potencias, esto es, ese mundo fundado en la fuerza militar y económica que se pretendía haber dejado ya en el pasado. Como lo ha señalado Elizabeth Salmón, experta en derecho internacional humanitario y relatora de Naciones Unidas sobre Corea del Norte, se está generando una narrativa de guerra que nos empuja a creer que no hay otra opción a la violencia, cuando lo cierto es que el derecho internacional muestra, precisamente, que la diplomacia y la búsqueda de acuerdos pacíficos frente a controversias son no solo deseables sino también obligatorios.[1]

Así, el panorama de incertidumbre mundial que enfrentamos no ha sido, evidentemente, inaugurado por la guerra en Irán, pero sí adquiere matices aún más oscuros por esto. No se sabe cuánto durará esta guerra, pero se prevé que no será breve, y hay quienes consideran que podría ser tan larga y costosa material y humanamente como la que Rusia ha encontrado en Ucrania. Hay que sumar a esto el periodo de alta inestabilidad en la región que ahora se abre –una región clave, además, para la economía energética del mundo–, y el riesgo nada lejano, tal vez inminente, de que otros países se vean arrastrados al conflicto o de que este se disemine sobre sus territorios. Y, como implicancia nada desdeñable, está el riesgo político, simbólico o cultural de que continúe fortaleciéndose y arraigando la noción de que el orden mundial debe depender de la voluntad, la arbitrariedad y la conveniencia de los jefes de las grandes potencias mundiales con prescindencia de reglas y principios generales.


[1]Declaraciones en Deutsche Welle el lunes 2 de marzo: https://www.youtube.com/watch?v=91kGCX_dyAM