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Análisis 25 de febrero de 2025

Por Carlos Piccone Camere (*)

Suprimid la justicia, y ¿qué son los reinos
sino bandas de criminales en grande escala?

– San Agustín

En uno de los pasajes más inquietantes de la Biblia, Dios le pregunta a Job: “¿Y a Leviatán, le pescarás tú a anzuelo, sujetarás con un cordel su lengua?” (Job 40, 25). Esta interrogante, planteada en el clímax del diálogo entre Dios y Job, es crucial para comprender la reflexión teológica que subyace al sufrimiento humano en el umbral de la desesperanza y la incertidumbre. Job, incapaz de comprender el orden del mundo y la justicia divina, siente que las verdades sobre las que había edificado toda una vida de fe se fracturan y enfrenta a Dios por el rumbo tortuoso que ha tomado su vida. Dios, al confrontarlo con la magnitud de su poder, le recuerda que existen fuerzas en el cosmos que escapan a la comprensión humana. Leviatán, ese temible monstruo marino bíblico, permanecerá por siglos en la mentalidad popular, simbolizando la destrucción, el miedo hacia lo desconocido y las luchas desiguales. Si Hobbes tomó el nombre de la bestia marina como título de su célebre tratado político, fue precisamente porque seguía teniendo un valor simbólico de poder incontrolado y absoluto. Así, la pregunta que Dios dirige a Job no solo señala los límites del entendimiento humano, sino que también sugiere que, aunque existen fuerzas que trascienden nuestro control, es en la búsqueda de la Verdad donde el ser humano encuentra la capacidad de enfrentarlas.

Esta imagen del Leviatán es retomada por Herman Melville en Moby Dick (1851), donde la caza de una ballena no es solo el núcleo de una historia fascinante, sino también una profunda reflexión sobre el poder y los límites del ser humano. La novela sigue la travesía del Pequod, el barco ballenero comandado por el capitán Ahab, cuya persecución incesante y obsesiva de la ballena blanca lo conduce, junto con su tripulación, a un desenlace trágico. En este viaje, Ismael, el narrador, es testigo de una lucha que va más allá de lo material. Melville, quien había sido marinero, presenta a Moby-Dick, el enigmático cachalote albino, como un símbolo ambiguo, una fuerza que encarna tanto la magnitud del mundo como la ambición humana de someterlo.

Tanto el Leviatán como Moby Dick simbolizan un peligro latente, del que muchos han oído hablar, pero pocos han llegado a presenciar en persona, pues sería casi imposible sobrevivir a tales encuentros. Antes de comenzar su relato, Melville incorpora decenas de epígrafes que, lejos de ser meros adornos literarios, cumplen una función esencial: conectar al lector con diversas épocas y tradiciones filosóficas, invitándolo a explorar la historia, la memoria y las múltiples interpretaciones de la realidad. Estos epígrafes no son simples citas, sino signos que van revelando las influencias ideológicas y conceptuales que informan la obra. Así, por ejemplo: “Las ballenas en el mar obedecen la voz de Dios” (N. E. Primer) y “España: una gran ballena varada en las playas de Europa” (Edmund Burke) nos remiten, en el primer caso, a un poder destructor atribuido en última instancia a la divinidad y, en el segundo caso, a que el lector tendrá la tarea de encarnar la imagen de la ballena en la realidad que habita.

Desde el ámbito académico, una obra muy rica en elementos epigráficos es Orbe indiano (1991), de David Brading, cuya reciente partida nos invita a repensar su monumental legado historiográfico. El historiador inglés utiliza los epígrafes para iluminar las contradicciones del pasado. En este libro, dedicado a su esposa, la destacada historiadora peruana Celia Wu, Brading entrelaza citas aparentemente disonantes. Así, por ejemplo: “Buscar nuevos mundos, por oro, por fama, por gloria” (Sir Walter Raleigh) y “A orillas de los ríos de Babilonia, estábamos sentados y llorábamos, al acordarnos de Sión” (Salmo 137, 1). Los conquistadores y los despojados se enfrentan en un diálogo a través de estas citas, reflejando las tensiones que marcaron la historia colonial. Esta confrontación de voces, como reflejo de las jerarquías y ambiciones coloniales, puede entenderse también en el contexto del “Leviatán mexicano” que Brading evoca en el capítulo XXIV para describir el Estado colonial en la Nueva España. De hecho, el epígrafe de este artículo, “Suprimid la justicia, y ¿qué son los reinos sino bandas de criminales en grande escala?” de San Agustín, es uno de los que Brading utiliza para subrayar la persistencia del peligro que representa la concentración del poder, ya sea en la antigüedad, en la colonia o en nuestros días. La cita resulta particularmente pertinente para la realidad peruana contemporánea, donde los poderes del Estado parecen estar al servicio de intereses subalternos, normalizando formas de injusticia y corrupción. Al igual que el Leviatán de Hobbes, el poder del imperio español encarnaba las tensiones entre conquistadores y conquistados, plasmándose en las nuevas formas de sujeción que sus estructuras de poder suscitan, junto a las resistencias que generan.

En el contexto actual, el Leviatán ha trascendido su simbolismo arquetípico de caos y ha adquirido una nueva dimensión como metáfora de un poder opresivo que se enfrenta a las fuerzas sociales en lucha por la justicia, la equidad y los derechos humanos. Estos “nuevos Leviatanes”, como los llama John Gray (2020), son, en muchos casos, los discursos y narrativas que distorsionan la realidad, niegan la verdad y justifican estructuras corrompidas. Así, la posverdad emerge como un monstruo insidioso que manipula la percepción colectiva bajo el traje de la anticonspiración. Como distorsión sutil de la realidad, la posverdad crea realidades alternativas, basándose más en emociones y creencias personales que en hechos verificables.

A nivel global, el Leviatán político cobra vida en las narrativas manipuladoras que proliferan en diversos contextos. En una reciente carta a los obispos estadounidenses, el papa Francisco exhorta a “no ceder ante las narrativas que discriminan y hacen sufrir innecesariamente a nuestros hermanos migrantes y refugiados” (Francisco, 2025). Francisco insiste en su mensaje de construir puentes solidarios y evitar “muros de ignominia”, en clara referencia a las políticas migratorias del presidente Trump. Ya antes, dirigiéndose a los periodistas y comunicadores sociales, el papa Francisco había recordado la importancia de desenmascarar y erradicar las fake news, poniendo la verdad en el centro del cristianismo: “La verdad tiene que ver con la vida entera. En la Biblia tiene el significado de apoyo, solidez, confianza, como da a entender la raíz aman, de la cual procede también el Amén litúrgico” (Francisco, 2022).

Hoy, en la era digital, el Leviatán navega por el océano infinito de Internet y se expande a la velocidad de un clic en las redes sociales. En boca de personas manipuladoras, cegadas por el brillo del poder, los discursos que distorsionan la realidad intentan justificar la opresión y perpetuar el odio. Enfrentar este Leviatán moderno requiere de personas como Job, conscientes de sus límites, y como Ismael, quien luchó con determinación e ingenio hasta el final contra Moby-Dick, y convirtió su supervivencia en una misión para desentrañar la verdad detrás del monstruo. Solo así podremos navegar con esperanza por la tormenta de la posverdad sin naufragar en las islas del engaño.

(*) Docente en el Departamento Académico de Teología de la PUCP y doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de Londres.