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Opinión 18 de febrero de 2025

Nuestro tiempo está marcado por una rara voluntad de no creer: se desestima la evidencia que produce la ciencia, aun sin tener nada más solvente que oponerle. Este es un fenómeno evidente en diversos aspectos de la vida pública, lo que en el Perú incluye —entre otros temas— el abordaje de la búsqueda de justicia ante graves y masivas violaciones de derechos humanos. Considero fundamental reflexionar colectivamente sobre este tema y este texto es una invitación a hacerlo.

El año pasado presenté una ponencia para el XIX Encuentro de Derechos Humanos del IDEHPUCP titulada ¿Quién le teme a los derechos humanos?, donde planteo como idea central mirar con detenimiento los ataques y críticas a los derechos humanos y entender de dónde provienen. En paralelo, propongo una reflexión sobre la investigación científica de larga duración y preguntas constantes, pues considero que en ella hay temas que se entrecruzan, como los de responsabilidad, evidencia y verdad. Y aquí deseo detenerme, pues encuentro una distancia cada vez más grande entre razón y evidencia científica, incluso en ese espacio que entendemos como la “academia”. ¿Qué sucede cuando la razón y la evidencia no son suficientes para mostrar una idea?  

Me acerco con estas preguntas: ¿Cómo llevar a cabo investigaciones cualitativas en ciencias sociales, especialmente en antropología, en una época en la que la evidencia científica —es decir, los hechos y los datos— es puesta en cuestión? ¿Cómo se entienden los datos cuando son colocados bajo el escrutinio público? ¿Cómo comprender posiciones antiacadémicas o que están en contra de la evidencia  científica y que se dan en espacios de educación superior?  

Pensemos en el COVID-19 y el uso de mascarillas faciales, o en cuarentenas en lugares con sistemas de salud precarios y siempre a punto de colapsar —como en el Perú—; y pensemos en los crímenes de lesa humanidad, como la masacre de La Cantuta. ¿Qué hay en común entre quienes cuestionan —añado, desde sus privilegios— el uso de mascarillas y cuarentenas argumentando de que se atenta contra su libertad, mientras la enfermedad acababa con la vida de miles de personas y aquellos que piensan que lo sucedido en julio de 1992 —cuando nueve estudiantes y un profesor fueron asesinados y desaparecidos— son “meros excesos” o se lo tenían merecido? ¿Qué es mentira, si en ambos casos existe la evidencia de cifras de muertos y cuerpos que fueron encontrados?

No se trata de supina ignorancia. La evidencia, repito, está. Por un lado, las estadísticas pandémicas muestran que, el año 2021, el Perú se coronó como el país con mayor número de muertes por cada millón de personas[1] a nivel mundial. Y una cruda muestra de ello se vio en Iquitos, una de las ciudades más golpeadas por la pandemia, donde las personas vieron a sus familiares fallecer en la calle y ser enterrados en fosas comunes[2]. Por otro lado, los cuerpos de los estudiantes y el profesor de La Cantuta han ido saliendo a la luz poco a poco, emergiendo de entierros clandestinos. Fue gracias a un maravilloso estudio científico que se pudo leer el ADN y se identificó de quiénes eran los restos. Así, Raida Cóndor recuperó el cuerpo de su hijo Armando[3]. Repito, entonces: ¿Qué es mentira, si en ambos casos existe la evidencia?

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Cuando uno visita la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) en Buenos Aires, encuentra en una de esas habitaciones vacías y tan cargadas de sentido una sección de fotografías donde aparecen algunas madres de la Plaza de Mayo junto a los científicos que realizaron los primeros estudios de ADN para identificar a sus muertos y desaparecidos. Lo interesante es que las investigaciones sobre ADN no eran precisamente para identificar desaparecidos, ni, como en las novelas, al padre o madre perdidos. Fueron pioneros para el estudio del genoma humano e importantes para el desarrollo de nuevas áreas de conocimiento, como la biología molecular y la biotecnología moderna. Este trabajo, además, ayudó a que se desarrollen vacunas y el tratamiento con insulina para pacientes con diabetes. Se trata, pues, de un hallazgo que ayudó a que conociéramos nuestros cuerpos un poquito más y que, al mismo tiempo, ha resultado vital en la búsqueda de verdad. En Argentina se tiene un banco de datos genéticos para encontrar nietos y nietas arrancados de sus familias por la dictadura y para continuar en la férrea tarea de buscar desaparecidos, aunque los ataques a la memoria sean constantes. En el Perú, tomando esta idea, la Dirección General de Búsqueda de Personas Desaparecidas del Ministerio de Justicia —creada por la lucha colectiva de asociaciones de víctimas y sociedad civil— administra un Banco de Datos Genéticos que es poco conocido[4] .

La ciencia tiene la particularidad de revolucionar el mundo y las ideas a través de años de trabajo científico. Así nació la www, se dieron avances tecnológicos y se ha logrado avanzar en la comprensión del tiempo y del universo. En el quehacer científico se puede hablar de una o de varias cabezas. Se trata de un trabajo en comunidad y es difícil decir cuándo la comprensión de uno termina para que comience la del otro. La construcción de conocimiento se vuelve una tarea compartida y colaborativa, que se va configurando conforme avanza, se discrepa, se nutre y da frutos. Depende de lo que dice y hace la otra persona, de esa mirada distinta, que a veces contradice y sugiere otra forma de hacer. Así como el trabajo científico es un quehacer continuo y colaborativo, las luchas por los derechos humanos, por las reivindicaciones identitarias, por la defensa de los territorios y de los bosques, son luchas y resistencias colectivas.  

Vivimos una época en la que se muestra un gran desprecio por el trabajo comunitario, por la investigación y, sobre todo, por la evidencia. Esto se refleja, cada vez y con más frecuencia, tanto en los discursos de los actores políticos como en aquellos que circulan en las redes transmedia, donde se mezclan la burla con agresivos y violentos ataques.  Es preocupante ver este comportamiento también entre quienes se reclaman como parte de la academia.

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¿Por qué atacar la ciencia, la evidencia y la investigación? ¿Qué es eso que no les gusta a quienes la atacan, si al final pueden disfrutar de sus beneficios como contar con exámenes de ADN, prevenir una enfermedad, o, por último, ver las lindísimas fotografías del Hubble? ¿Por qué ignoramos los datos que la ciencia muestra? ¿Por qué ignoramos lo que la evidencia muestra  en el diseño de políticas públicas, como aquellas de  salud y educación o la crisis climática? 

En el artículo Why facts don’t change our minds, Elizabeth Kolberg (New Yorker, Feb. 19, 2017) señalaba que las creencias funcionan como dopamina en el cerebro, bloqueando la posibilidad de dejar que otras maneras de pensar puedan siquiera insertar una pregunta o una duda. Esta imposibilidad de pensar de otra manera, o de aceptar que el otro piense distinto, es lo que hacen y promiueven los Estados totalitarios: bloquear el surgimiento de cuestionamientos, críticas, y de toda evidencia que los cuestione. Aquí es necesario que recordemos que la investigación cientifica parte precisamente de la duda, de la pregunta, la paradoja o el cuestionamiento. Si priman los absolutos, no hay investigación. Pero a los Estados totalitarios les molestan las formas de pensar distintas o las preguntas que causen alguna provocación. Los Estados totalitarios, como decía Todorov, buscan también cancelar los activadores de memoria, aquel olor, esa imagen, que te habla del ser querido. Y buscan, en su lugar, insertar otros activadores. Cambiar los discursos. Modificar la historia.

Mirando el panorama actual encuentro que tenemos, por un lado, a los negacionistas de la ciencia, a quienes no creen en los datos, a quienes no les importa saber que la evidencia es cierta y a quienes rechazan hechos y conocimientos porque estorban su agenda. Por otro lado, están los más peligrosos, aquellos que  erosionan desde “dentro” de la academia. Sobre estos últimos es necesario tener una discusión más amplia.

Vamos por partes. La ciencia se esmeró en destacar la objetividad de los datos. Es más, la tecnocracia se burló de la antropología por ser la ciencia social que más trabajo cualitativo realiza. Habia que buscar los “datos duros”, esos a los que achacaron ser “apoliticos” y “objetivos”. Hoy nos encontramos con un problema epistemológico que se podría considerar de sociología de las creencias. Están, de un lado, los que no creen en la evidencia, y por el otro lado, quienes la rechazan por motivaciones políticas o ideológicas. Este segundo bloque es problemático. Como dice Kohlberg, “People believe that they know way more than they actually do” (La gente cree que sabe mucho más de lo que realmente sabe). Al politizar los datos, se polariza la discusión, que muchas veces toma la forma de una disputa sólo por el sentido de los términos: ¿Usas la expresión “conflicto armado interno” o “lucha contra el terrorismo”? ¿Estás conmigo o estás contra mí?

Al ser los datos asumidos como políticos, es decir, al tomar el camino político e ideológico, que describo arriba, pareciera que los datos colocan a las personas en ciertos lados de este binarismo excluyente en el que se ha constituido la esfera pública contemporánea. El problema es siempre más complejo, pues a las noticias falsas, se suman las evidencias falsas.

Escribo como profesora universitaria e investigadora que enseña a sus estudiantes cómo plantear y hacer investigación en ciencias sociales, especificamente en Antropología. Mi preocupación no es pensar en las preguntas de investigación, sino, en cómo nos acercamos a pensar lo que llamamos datos que darán forma a los estudios e investigaciones. En antropología, como dice Tim Ingold, tomamos en serio lo que las personas nos dicen. Encontramos que hay intersticios bastante interesantes entre el deber ser de las cosas —los mandatos o las reglas—, lo que las personas te dicen que hacen y lo que realmente hacen. En esos intersticios yace nuestro trabajo: hacer etnografía, este trabajo de investigación cualitativa que requiere prestar mucha atención a las situaciones y tener un oído presto para escuchar. El dato es el resultado, la triangulación de procesos extendidos de investigación, de mucha confianza y respeto. En antropología los datos van construyéndose durante el trabajo de campo y la revisión bibliográfica, en ese encuentro y creación entre lo empírico y lo teórico, en la misma metodología que utilizamos, en las conversaciones extendidas, tratando de entender las otras formas de pensar y sentir el mundo. Asumimos la naturaleza social del dato y esa  fragilidad propia de su composición. Lo ponemos en discusión y en tensión. Pero, no se niega el dato, sino que se lo somete a escrutinio para encontrar otras formas de pensar. Esto es distinto de la negación de evidencia, de aquellos que asumen  una posición política e ideológica.

Los datos tienen una vida social, tienen una genealogía e historia, se ramifican. Como la ciencia misma, están allí para hablarnos de verdades que van más allá de batallas culturales. Los muertos por la violencia en el Perú, así como las estrellas del universo, tienen rastros y evidencia, historias y verdades que salen a la luz a pesar del tiempo y sus críticas, a pesar de quienes no creen, las denostan, o no desean darse por enterados.

(*) Profesora principal del Departamento de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú