Ir al contenido principal Ir al menú principal Ir al pie de página
Notas informativas 6 de octubre de 2026

Por Kathy Subirana Abanto (*)

Hace unas semanas, Donald Trump prohibió el ingreso a la Casa Blanca de periodistas de tres medios: CNN, MS NOW y Político. Primero los acusó de publicar fake news y después argumentó que sus coberturas suponían un riesgo para la seguridad nacional. Los tres medios acudieron a los tribunales. Un juez federal ordenó restituir sus credenciales y el acceso fue restablecido. Aun así, el 5 de octubre la Casa Blanca impidió que el corresponsal del medio de comunicación Político subiera al avión presidencial para acompañar un viaje de Trump.

Más allá de las particularidades del caso estadounidense, hay algo universal y atemporal en esta historia: al poder le incomoda el periodismo. Le incomoda cuando pregunta demasiado, cuando insiste, cuando es algo más que una simple caja de resonancia y no se conforma con la versión oficial. Es decir, cuando el periodismo encuentra documentos, cruza datos, habla con quienes no tienen poder y cuenta aquello que alguien preferiría mantener oculto. Por eso el poder político y económico intenta controlar a la prensa de distintas maneras: mediante la censura, la intimidación, la persecución judicial, la estigmatización, la restricción del acceso o, simplemente, comprándola.

En el Perú sabemos bastante de esto. Quienes nacimos en los años ochenta o antes vivimos el silenciamiento de la prensa durante el fujimorismo. La Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) documentó el acoso al periodismo independiente, el sometimiento de buena parte de los medios y la utilización de la prensa para sostener al régimen y desprestigiar a sus opositores. La compra de líneas editoriales de medios de comunicación por parte del régimen de Alberto Fujimori fue orquestada por Vladimiro Montesinos. Vale recordar que, el 30 de septiembre de 2009, la Sala Penal Especial de la Corte Suprema condenó a Alberto Fujimori a 6 años de prisión por cargos de corrupción que incluían espionaje telefónico, el pago a congresistas tránsfugas y la compra de líneas editoriales.

Tras esa experiencia, el periodismo intentó recuperar cierta dignidad. Durante un tiempo, por ejemplo, ser antifujimorista era, para muchos periodistas, casi una declaración de principios. Pero el tiempo pasó y algunos periodistas que construyeron parte de su trayectoria denunciando al fujimorismo terminaron respaldando electoralmente a Keiko Fujimori o defendiendo posiciones vinculadas con ella los últimos tiempos. Votar por una candidatura, por supuesto, no convierte a nadie automáticamente en un mal periodista. El problema aparece cuando las simpatías políticas modifican los estándares con los que se fiscaliza al poder, cuando las preguntas que hacemos a unos dejamos de hacérselas a otros, cuando la crítica se vuelve selectiva.

Una democracia necesita periodistas capaces de fiscalizar a cualquier gobierno, no solamente a aquel que consideramos ideológicamente adversario. Necesita periodistas capaces de incomodar incluso a quienes piensan como ellos. Por eso el periodismo es necesario. Especialmente un periodismo crítico, de investigación e independiente. En el Perú, defender ese periodismo es cada vez más difícil, pero también más necesario. En 2025 fueron asesinados cuatro periodistas: Gastón Medina, en Ica; Raúl Célis, en Iquitos; Fernando Núñez, en Pacasmayo; y Mitzar Castillejos, en Aguaytía. La Asociación Nacional de Periodistas (ANP) registró, además, 458 ataques contra periodistas y medios durante ese año y lo calificó como el más letal para el ejercicio periodístico en lo que va del siglo. Los cuatro periodistas asesinados trabajaban en regiones, eran críticos de autoridades locales y regionales y ejercían labores de fiscalización desde sus medios, según la ANP. En ninguno de los cuatro casos la organización considera que la hipótesis del robo explique los crímenes.

No deberíamos perder de vista que esto sucedió en regiones donde operan economías ilegales y organizaciones criminales. Territorios donde el Estado no llega, donde no alcanza y donde suelen ceder tácitamente el control. Es en estos lugares donde el periodista puede convertirse en uno de los pocos obstáculos para que determinadas actividades permanezcan invisibles. Y cuando ese periodista es amenazado, perseguido o asesinado, no solamente se atenta contra una vida, sino que se intenta instalar el miedo entre todos los demás. Bueno, ese miedo se expande cuando estamos frente a un Estado que tiene enormes dificultades para enfrentar la criminalidad organizada y a las economías ilegales.

Recordemos que el Congreso 2021-2026 aprobó modificaciones normativas que han tenido repercusiones negativas en la lucha contra el crimen. Las consecuencias y los efectos de esas normas deben ser materia de investigación y escrutinio. No corresponde al periodismo decidir quién es culpable de qué, pero sí preguntar, evidenciar y mantener en la memoria quién propuso las reformas, quién las votó, qué cambiaron, qué efectos tuvieron y quién resultó beneficiado o perjudicado. ¿Qué estamos haciendo las y los periodistas para que este tema siga en agenda?

Pero mientras me pregunto esto también soy consciente de las dificultades que atravesamos en el ejercicio periodístico. Ya no suele haber tiempo ni espacio para contar historias. Las empresas periodísticas se jalan los pelos intentando ser sostenibles. La rigurosidad ha perdido terreno frente a la inmediatez. Luchamos a diario contra la mentira, la manipulación y la desinformación. Y mientras tanto, los espacios en los que los gritos de opinión —informada o no, especializada o no, qué importa— se imponen a la curiosidad parecen multiplicarse. El trabajo es más precario que nunca, y la inteligencia artificial parece dispuesta a llevarse por delante una parte importante de nuestro oficio, aunque todavía no sepamos exactamente cuál.

El 1 de octubre, Día del Periodista en el Perú, pensaba en esto. Ser periodista, me dijeron cuando recién empezaba a ejercer el oficio, “es un apostolado”. A estas alturas de mi carrera y de mi vida ―y más de 20 años después de mi primera nota para un medio― creo que bastante daño le hace al periodismo pensar que quienes lo ejercemos somos apóstoles o superhéroes. Eso nos convierte en divinidades a cuya altura no estamos como los simples mortales que somos.

El periodismo es una profesión que se ofrece al público, pero cuando las y los periodistas pensamos que tenemos el privilegio de esa llegada, nos olvidamos de que nuestra labor es un servicio. Al final, todo trabajo tiene un efecto en otras personas, solo que el efecto del nuestro es inherentemente público. La satisfacción de hacer las cosas bien no debería tener que ver con apuntalarnos el ego, sino con la tranquilidad de que lo que hacemos tiene la posibilidad de hacer algo mejor para nuestro entorno.

Se puede hacer mejor periodismo si primero se aprendió a reportear: informarse, averiguar, preguntar, curiosear, escuchar, verificar. No creo, además, en eso que algunos llaman “periodismo de conversación”. Puedo entender y defender la existencia de espacios de conversación, análisis y opinión, pero sí critico mucho a quienes los ocupan y el criterio con el que los consumimos.

El periodismo es un privilegio terrible y hermoso, decía la periodista italiana Oriana Fallaci. Terrible porque puede ser peligroso. Porque exige tiempo que casi nunca existe, salarios que muchas veces no alcanzan y una independencia que puede tener costos reales y bastante altos. Hermoso porque permite entrar en la vida de otras personas y nos compromete con la responsabilidad de contarla. Porque permite descubrir una historia donde otros solamente ven un dato. Porque permite hacer preguntas, descubrir cosas, mirar de cerca el mundo y, algunas veces, conseguir que otros lo miren también.

Gabriel García Márquez decía que el periodismo es el oficio más hermoso del mundo. Quienes nacimos en el siglo XX —y antes, seguro— aprendimos a romantizar nuestra labor. Tal vez porque ser periodista tenía más que ver con encontrar historias para contar que con diseñar titulares jaladores o clic baits. Pero el problema no son los titulares SEO, sino que, salvo excepciones, estamos perdiendo la capacidad de buscar buenas historias y de explorar nuevas formas de contarlas. Y el público ha olvidado un poco lo que significa consumir estas historias en un mundo donde nos han convencido que todo tiene que entrar en un reel de un minuto si queremos ganar y mantener audiencia; y donde todo es tan confuso y abrumador que necesitamos que alguien nos diga qué hacer, qué pensar, qué sentir, cómo maquillarnos y qué fruta comer todas las mañanas.

Bueno, nadie dijo que sería fácil. Mientras buscamos adaptarnos a estos cambios sociales, como periodistas y como seres humanos, tenemos que tener presente que necesitamos un periodismo capaz de cuestionarlo todo y tener la curiosidad como guía genuina; capaz de buscar nuevas historias en todos los campos, y capaz de fiscalizar a Fujimori, a Castillo, a Boluarte, a Trump o a quien ocupe el poder mañana con la misma pregunta: ¿qué estás haciendo y qué necesitas que no sepamos?

(*) Periodista. Responsable de prensa del IDEHPUCP.