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Internacional 22 de enero de 2026

Por Mariella Villasante (*)

El 3 de enero de 2026, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, inauguró una nueva era imperialista y colonialista al ordenar el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa, acusados de “narcoterrorismo”. Esta operación militar realizada sin la autorización del Congreso estadounidense ni de la ONU dejó en la mayor estupefacción a los latinoamericanos y a los ciudadanos del mundo que defienden principios democráticos.

Trump preparaba esta maniobra contraria al derecho internacional desde su campaña electoral en 2024. Según Trump, su país debe retomar la “doctrina Monroe” de 1823 y controlar todo el hemisferio americano. Su ambición es convertir a Canadá en el Estado número 51, comprar o conquistar Groenlandia y hacer de América Latina una zona bajo control estadounidense. Además, pretende que EE.UU. intervenga en todos los conflictos del planeta y que acapare los recursos naturales necesarios para afirmar su “grandeza”, de acuerdo con el lema de su movimiento MAGA: “Make America great again”.

En esta nota explico desde la antropología política este proceso que está convirtiendo a una de las democracias más importantes en el mundo en una dictadura con métodos autoritarios y fascistas de extrema violencia. Las implicaciones de este acontecer son muy graves. El imperialismo europeo que nació en el siglo XIX, en el marco de la expansión capitalista y la construcción de Estados-naciones, retorna en el siglo XXI en otras zonas del mundo, en el seno de tres potencias militares que se desarrollaron después de la Segunda Guerra Mundial: Rusia, China y Estados Unidos.

El retorno del imperialismo: China, Rusia y Estados Unidos

De acuerdo con Hannah Arendt[1], “el imperialismo nació cuando la clase dirigente que tenía los instrumentos de producción capitalista se insurge contra las limitaciones nacionalistas impuestas a su expansión económica. Es por necesidad económica que la burguesía se ha tornado hacia la política: en efecto, si la burguesía se negaba a renunciar al sistema capitalista —cuya primera ley implica un crecimiento económico constante—, era necesario imponer esta ley a sus gobiernos locales y hacer reconocer la expansión como el objetivo final de la política exterior[2]”. (Arendt 1982 [1951]: 16).

Así, el imperialismo nace en el momento histórico de construcción de Estados-naciones modernos, en el siglo XIX, cuando se hizo evidente que “una de las funciones permanentes y las más importantes del Estado-nación iba a ser la expansión del poder». (Arendt 1982: 32). Y ese poder será asumido plenamente por los “agentes de la violencia”, los militares, que fueron los primeros en proclamar que “el poder es la esencia de toda estructura política”.

La era imperialista se consideraba terminada en la última década del siglo XX; sin embargo, un nuevo imperialismo se desarrolla desde inicios del presente siglo en el planeta. Uno de los mejores analistas del fin de los imperios fue el historiador británico Eric Hobsbawm[3], quien sostuvo que el siglo XX se había dividido en tres periodos: la era de la guerra mundial, con Alemania en el centro del conflicto (de 1914 a 1945); la era de la confrontación entre superpotencias (de 1945 a 1989), y la era del fin del sistema tradicional de potencias mundiales. Según Hobsbawm, si bien la memoria colectiva había conservado la noción de que los imperios pudieron conquistar el mundo porque constituían una “civilización superior” desde el punto de vista moral y racial, “hay pocas perspectivas de un retorno al mundo imperial del pasado, y menos de una hegemonía imperial global”.

No obstante, si Hobsbawm aportó mucho a la comprensión de la historia de los Estados y naciones modernos, no vislumbró la vitalidad de los imperios que han subsistido y se han transformado desde 1989. Según Hobsbawm la idea de imperio basado en el poderío militar sobrevivió en la ideología de ciertos dirigentes, aunque en letargo. Pero los imperialismos contemporáneos ya no son europeos. Corresponden, más bien, a Rusia y China, dos Estados con un pasado o un presente comunista y que han adquirido un gran poderío militar y económico desde el siglo XX, y a Estados Unidos, que, siendo un país democrático, se está transformando durante el segundo gobierno de Trump en una dictadura ultraviolenta y con estrategias fascistas. El proceso de constitución de estos imperialismos ha comenzado hace varios años. Veamos los detalles.

En China[4], los cambios empezaron con Deng Xiaoping, quien lideró el Partido Comunista entre 1978 y 1990. Desde su llegada al poder, lanzó una campaña de corrección de los errores de la Revolución Cultural (1966-1976), que provocó la muerte de millones de chinos, y promovió una apertura al capitalismo, es decir, en el extremo opuesto de la economía planificada y colectivista de la era de Mao Zedong. La apertura al mundo se acompaña de la estrategia de influencia en los países vecinos y los del Tercer Mundo, sobre todo África y América Latina. El proceso de retorno al imperialismo se afianzó con Xi Jinping, que preside el país desde 2013. Desde ese periodo, China se ha convertido en el primer inversionista en África y América Latina, socio indispensable en la economía de esos dos continentes, y socio importante en el resto del mundo.

En Rusia[5], luego de la apertura política promovida por Mijaíl Gorbachov entre 1985 y 1991, los países controlados por la URSS en Europa central y oriental se autonomizaron y crearon Estados-naciones, y la mayoría anunció su voluntad de integrarse a la Unión Europea y a la OTAN. En 1999, Vladímir Putin, exagente de la KGB, accedió al poder como sucesor de Boris Yeltsin y en un marco político supuestamente “democrático”. En 2018, Putin hizo votar un referéndum que lo autoriza a mantenerse en el poder hasta 2036. Se trata, pues, de un régimen totalitario y dictatorial que se funda ideológicamente sobre el retorno a la época imperial de la Gran Rusia soviética.

En 2005, Putin declaró que la desintegración de la URSS fue la más grande catástrofe geopolítica del siglo XX y afirmó su propósito de recuperar la grandeza del imperio ruso. Los objetivos expansionistas fueron muy claros. En 2014, Putin ordenó la anexión de Crimea, un territorio ucraniano; luego envió tropas para apoyar al régimen dictatorial de Bachar al-Assad en Siria; finalmente, en febrero de 2022, inició el ataque a Ucrania que, según su retórica falsa, “pertenece a Rusia desde siempre”. Además, Rusia interviene en varios países africanos como Mali, Sudán, Madagascar y Mozambique, y mantiene excelentes relaciones con China, Venezuela, Cuba, Nicaragua y Vietnam.

En EE. UU. el imperialismo se consolida desde la Segunda Guerra Mundial, cuando se erige en garante de la paz y de la seguridad en Europa occidental. De ese periodo data también la influencia política, económica y cultural en América Latina, a la que considera su “patio trasero”. Al mismo tiempo, durante décadas los valores democráticos y la influencia global fueron prioritarios en EE.UU., donde se eligió en 2008 y en 2012 a un presidente del Partido Demócrata de origen africano, Barack Obama. Fue una época de grandes cambios en la que los estadounidenses de origen africano, latinoamericano y de cualquier otro país del Tercer Mundo pudieron sentirse mejor representados. Obama introdujo reformas sociales en salud, educación y derechos de las minorías étnicas, cambios que, por otro lado, favorecieron el crecimiento de una ideología de extrema derecha que consideraba que los “privilegios de los blancos” estaban en peligro.

Esto propició la elección de Donald Trump en 2017 y su reelección en 2024 tras un gobierno de Biden que muchos consideraron mediocre. Figura extravagante, que muchos describen como narcisista y autoritaria, Trump promueve ideas populistas con elementos racistas, machistas y anárquicos, con el aval del Partido Republicano y de más del 50% de electores que creen en la prepotencia y la brutalidad como forma de enfrentar diversos “peligros” existentes en el país: la migración creciente, el aumento del peso demográfico de las minorías étnicas “no blancas” y el alza del costo de la vida. Trump prometió ocuparse del país de forma prioritaria, mejorar el empleo y alejarse de los asuntos mundiales; sin embargo, mostró rápidamente sus verdaderos objetivos, totalmente opuestos, en el marco del principio “America First”. En abril de 2025, lanzó una guerra comercial para “proteger la industria”, pero pronto empezó a usar su arbitraria política de aranceles como instrumento de presión para obtener concesiones comerciales y políticas (Rusia, Canadá, Brasil, etc.)

Trump está imponiendo en EE.UU. un control dictatorial y fascista de las instituciones del Estado: justicia, educación, policía, y además ataca a la prensa libre. Trump ha ampliado la fuerza policial ICE (Immigration and Customs Enforcement[6]), que por sus métodos brutales algunos comparan con las milicias fascistas de Mussolini [camici nere, camisas negras]. Los agentes usan máscaras faciales y se encargan de capturar y expulsar a los “inmigrantes ilegales”, en su gran mayoría latinoamericanos, ilegales y residentes. El despliegue de ICE en ciudades acusadas de estar “mal administradas” porque sus autoridades son del Partido Demócrata (Los Ángeles, Chicago, Portland, Nueva York, Minneapolis) causa aprensión y temor entre los ciudadanos, entre quienes ya están surgiendo grupos de vigilancia en las calles y de defensa de los agredidos. El asesinato en Minneapolis de Renee Good, una mujer de 37 años, evidencia los extremos a los que se ha llegado en el uso de una milicia armada que no respeta la vida de los ciudadanos. La espiral de violencia atizada por el régimen de Trump puede alcanzar niveles incontrolables en EE.UU., donde se denuncia con manifestaciones considerables las derivas del régimen de ultraderecha. Algunos analistas sostienen que con estos métodos Trump busca “buenos resultados” en su lucha contra la migración ilegal y el narcotráfico para ganar elecciones intermedias de noviembre de 2026. Sin embargo, las masivas manifestaciones contra la brutalidad de la policía antimigración (ICE) sugieren que lo más probable es que Trump pierda.

La injerencia de Trump en Venezuela: entre la dictadura de Maduro y el control estadounidense

Trump ha expuesto claramente su política exterior en su Estrategia de seguridad nacional[7] publicada el 5 de diciembre de 2025, que declara “proteger el país de las invasiones” y anticipa “el desvanecimiento de la civilización europea”. Trump critica a Europa por sus políticas migratorias, por la “censura de la libertad de expresión”, la represión de la oposición política y la “pérdida de identidades nacionales”. Las leyes que protegen a las personas, que sancionan los discursos y las prácticas de extrema derecha, que regulan el acceso a los recursos y a los datos de internet, así como la apertura a la multiculturalidad, son consideradas “peligrosas” por el régimen de Trump. Los valores de libertad democrática resultan, en efecto, opuestos a los valores autoritarios que defiende el gobierno de Trump.

Desde hace un año, este practica una injerencia constante en los asuntos internos de países en guerra (Ucrania/Rusia, Palestina/Israel), tomando siempre el partido del agresor. Apoya a Ucrania, pero pretende que ceda territorios a Rusia; gestiona un cese del fuego en Gaza, pero tolera que continúen los ataques a la población civil de Gaza.

Los objetivos expansionistas e imperialistas en las Américas también aparecen en el documento publicado en diciembre. Ahí se afirma el retorno de la “doctrina Monroe” de 1823, a la que se agrega un corolario: el retorno de la preeminencia estadounidense en todo el hemisferio occidental. En ese marco, amenaza con anexar Canadá y Groenlandia, controlar el canal de Panamá, intervenir en México y Cuba, y otros países de producción de cocaína —ha citado a Colombia, pero el Perú y Bolivia son también productores.

El hostigamiento a Venezuela empezó en agosto de 2025, cuando Trump ordenó el despliegue de al menos 8 navíos de guerra en el mar Caribe; en septiembre empezaron los ataques a barcos que “transportaban droga”. Hasta el 31 de diciembre hubo 34 ataques que causaron la muerte de 115 personas. El Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU declaró tener índices sólidos de ejecuciones extrajudiciales. El 10 de diciembre, los militares estadounidenses capturaron el petrolero Skipper, que transportaba 1,8 millones de barriles de petróleo con destino a Cuba, e imponen un bloqueo marítimo contra los petroleros venezolanos. En la noche del 2 al 3 de enero de 2026 empezó la operación “Absolute Resolve”, que produjo alrededor de 70 muertos y 90 heridos según fuentes venezolanas (Le Monde, 7 de enero de 2026[8]).

Desde el 3 de enero, Venezuela está bajo control estadounidense, aunque ello no implique un cambio de régimen. Trump justifica la captura de Maduro y su esposa aduciendo que ellos, y los dirigentes de Venezuela, son responsables del tráfico de cocaína hacia EE.UU. La acusación es un pretexto. El objetivo central de la captura es controlar Venezuela, someter a los dirigentes chavistas que organizan la corrupción alrededor de la explotación de petróleo (aun cuando sea muy reducida) y someter al régimen dictatorial a la voluntad de Trump. En contra de las esperanzas de los venezolanos, no habrá elecciones ni democracia a corto plazo; el acuerdo de Trump con los disidentes chavistas implica que ellos se queden en el poder aceptando la injerencia de Trump. En efecto, para realizar esta captura, Trump se puso de acuerdo con el ministro del Interior, Diosdado Cabello, y con otros altos dirigentes [9]. El triunvirato que hoy gobierna está compuesto por Delcy Rodríguez, presidenta encargada; su hermano Jorge Rodríguez, presidente del Parlamento, y Diosdado Cabello.

Jorge Rodríguez, presidente del parlamento, su hermana Delcy Rodríguez y
Diosdado Cabello, ministro del Interior (Reuters, 17 de enero de 2026).

Aunque se asegura que el objetivo central es manejar el petróleo, eso es difícil de concretar. El 3 de enero, Trump anunció que las compañías estadounidenses iban a invertir millones de dólares para explotar el petróleo y hacer ganar mucho dinero a su país. Sin embargo, si bien Venezuela tiene las reservas de petróleo más grandes del mundo, la empresa nacional de petróleo está en bancarrota, las reservas del Orinoco son muy pesadas y la extracción necesita técnicas complejas y muy costosas. Por lo tanto, las empresas saben que la perspectiva de riesgos y ganancias no es buena, porque además el precio del petróleo es bajo actualmente (51 € el barril), y se estima que seguirá bajando por el exceso de oferta. Así, cuando Trump convocó a las empresas petroleras a la Casa Blanca, el 9 de enero pasado, la respuesta de los empresarios fue que invertir en Venezuela presenta demasiados riesgos: dos empresas han sido expropiadas, la infraestructura se ha deteriorado y se necesitan inversiones demasiado grandes. En otras palabras, no habrá mayor explotación petrolera a corto plazo.

Por otro lado, en ningún momento se ha tomado en cuenta a la oposición venezolana, a la que se trata con desprecio. Si el retorno de la democracia interesara a Trump, debió propiciar la repatriación desde Madrid del presidente electo, Edmundo Gonzáles Urrutia, pero ni siquiera lo ha nombrado. Además, la oponente de extrema derecha María Corina Machado ha sido aislada del proceso de cambio en su país, pero ello no le ha impedido regalarle a Trump su medalla del Premio Nobel de la Paz, un patético gesto de subordinación.

Trump recibe en regalo la medalla del Premio Nobel de la Paz de Corina Machado,
un premio que es intransmisible según las normas del Comité de Oslo (Reuters, 16 de enero de 2026).

Reflexiones finales

• Atravesamos una nueva era imperialista dirigida por las mayores potencias militares del mundo, Rusia y China y EE.UU. bajo el régimen de Trump. El retorno al expansionismo sostenido por la fuerza militar implica que el ideal imperialista en países no europeos no ha desaparecido, sino que se ha transformado, marginando los valores de democracia y de respeto de las reglas internacionales de protección de las personas y de los Estados-naciones. Estos valores son atacados expresamente por Rusia y EE.UU., mientras China mantiene su voluntad de expansión comercial en el mundo.

• Después de 1945, el imperialismo y el autoritarismo fueron arrinconados por el rol de organizaciones internacionales que defendían ideales de paz, defensa de los derechos humanos y desarrollo sostenible. Pero ante los límites del orden democrático —siempre un horizonte utópico— y los efectos nocivos de la mundialización, han surgido mayorías que consideran preferible un gobierno que controle el orden social sin los debates y los conflictos sociales que acompañan siempre la democracia. Este proceso se explicita en la marginación actual de la ONU y de todas las organizaciones que defienden la paz, la justicia y la igualdad social[FRRC3] .

• Trump ha desmantelado las instituciones y el orden democrático en su país, y ha desplegado una milicia que ataca a sus conciudadanos y a los migrantes con extrema violencia. En América Latina los tiempos se anuncian también muy duros bajo el régimen de Trump. La ambición expansionista y el saqueo de los recursos naturales de Trump no se detendrán en Venezuela. Se tiene que optar por la defensa de la dignidad nacional y humana o por la subordinación al primer dictador de nuestro continente. Actualmente, solo se oponen los gobiernos de Brasil, Colombia y México.

• El régimen chavista sigue en pie en Venezuela. Trump ha impuesto su voluntad y ha conseguido que los dirigentes chavistas traicionen a Maduro y se plieguen a su control directo. En realidad, a Trump y a los populistas republicanos solo les interesa controlar el orden político venezolano para saquear el petróleo, aunque ello sea imposible a corto plazo. • En fin, Trump reafirma su pretensión de comprar Groenlandia u ocuparla por la fuerza frente a la fuerte oposición de parte de los groenlandeses y de la Unión Europea. Una invasión militar marcaría el fin de la alianza entre EE.UU. y los 32 Estados que forman la OTAN. Esta nueva fase histórica disruptiva de retorno del imperialismo de antiguas potencias y de EE. UU. tiene consecuencias directas sobre nuestro presente y sobre el futuro de las nuevas generaciones que ya viven en medio del caos político y el cambio climático irreversible del planeta. Esperemos que una resistencia organizada que defienda los valores de paz y democracia se afirme pronto en Estados Unidos.

(*) Doctora en antropología (EHESS), investigadora asociada al IDEHPUCP.


[1] Arendt, Imperialism. Versión francesa: L’impérialisme, 1982.

[2] Traducción libre del francés.

[3] Hobsbawm, Globalisation, Democracy and Terrorism, 2007. Versión francesa: L’Empire, la démocratie, le terrorisme. Réflexions sur le XXIe siècle, 2008: 24.

[6] ICE fue creada en 2003 en el marco de la lucha contra el terrorismo luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Desde el retorno de Trump al poder, sus funciones se han ampliado, sus efectivos han doblado hasta superar los 20,000 agentes. En 2025 detuvieron a más de 69,000 personas, y 30 han fallecido en prisión.

[7] Estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, diciembre de 2025, https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf