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17 de marzo de 2026

Por Carlos Piccone Camere (*)

Remamos, con la cara contra el viento,
Con la valentía delante, con un pueblo entre los dedos…

Kany García & Natalia Lafourcade, Remamos, 2019.  

Una de las imágenes más emblemáticas de la vida eclesial del siglo XX es la apertura del Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962. Aquel día, más de tres mil participantes desfilaron solemnemente hacia la Basílica de San Pedro: cardenales, arzobispos, obispos y superiores de órdenes religiosas provenientes de todos los continentes. La Iglesia Católica, haciendo honor a su nombre, se presentaba a sí misma como verdaderamente universal.

Sin embargo, en aquella multitud que pretendía representar simbólicamente a todos los pueblos de la tierra, faltaba alguien. Basta mirar las fotografías de la jornada para advertir que las grandes ausentes fueron las mujeres. Desde luego, una lectura históricamente situada obliga a evitar críticas anacrónicas. Pero no por ello debe olvidarse que ese mundo estaba ya entrando en una vertiginosa transformación sociocultural: la revolución sexual asomaba en el horizonte, las reivindicaciones femeninas ganaban visibilidad y comenzaba a resquebrajarse, al menos en ciertos ámbitos, la naturalización de un orden exclusivamente masculino.

La pregunta surgió pronto en el interior mismo del aula conciliar. En medio de los debates, el cardenal belga Leo Jozef Suenens se dirigió a los más de dos mil padres conciliares con una interrogante tan sencilla como incómoda: “¿Dónde está la otra mitad de la Iglesia?”. Era el signo de una conciencia creciente que percibía lo problemático que resultaba deliberar sobre el futuro de la Iglesia universal sin la presencia de quienes constituyen la mitad de la humanidad.

Dos años después, en septiembre de 1964, durante la tercera sesión del concilio, el papa Pablo VI anunció oficialmente la presencia de mujeres como auditoras. Eran veintitrés en total: diez religiosas y trece laicas. Entre ellas figuraban mujeres que luego tendrían un papel relevante en la vida eclesial y en el pensamiento social católico, como la teóloga australiana Rosemary Goldie o la economista británica Barbara Ward. Aquella apertura, sin embargo, tenía todavía un carácter limitado. Las mujeres podían escuchar, participar en algunos espacios consultivos e influir indirectamente en los debates, pero no formaban parte del cuerpo deliberante de aquel concilio que habría de convertirse para la Iglesia en “una brújula para navegar a mar abierto” (Juan Pablo II y Benedicto XVI) o, más recientemente, en un verdadero “software eclesial” (Bucher y Hünermann) para orientarse hacia el porvenir.

A más de sesenta años de aquel momento fundacional, la pregunta de Suenens continúa resonando con fuerza. No porque la presencia femenina haya permanecido estática —sería injusto afirmarlo—, sino porque la Iglesia se encuentra aún en un proceso inacabado de reconocimiento pleno del lugar de las mujeres en su vida y misión.

En una entrevista reciente, la teóloga española Cristina Inogés lo expresó con claridad: las mujeres no quieren “un papel” en la Iglesia, como si alguien se los asignara desde arriba, sino un lugar en igualdad, porque esta no proviene de una concesión eclesiástica, sino del bautismo. La afirmación toca un punto crucial del debate contemporáneo: la tensión entre una eclesiología bautismal que proclama la igual dignidad de todos los fieles y unas estructuras eclesiales que históricamente han concentrado el manejo del poder institucional en manos masculinas.

El 10 de marzo de 2026, la Secretaría General del Sínodo de los Obispos publicó el informe final del Grupo de Estudio n.º 5 sobre la participación de las mujeres en la vida y el gobierno de la Iglesia. El texto se sitúa en el actual camino de sinodalidad, entendido como un modo de ser Iglesia basado en la escucha recíproca, el discernimiento compartido y la participación activa de todo el pueblo de Dios. El título mismo del informe, publicado originalmente en italiano, resulta altamente sugestivo. La expresión “guida della Chiesa”, que puede traducirse como guía, conducción o dirección de la Iglesia, no es un detalle menor: sugiere una comprensión de la participación femenina que rebasa la mera colaboración pastoral y abre la posibilidad de responsabilidades reales de liderazgo y gobierno en la vida eclesial.

El informe subrayó que esta cuestión no puede abordarse de manera aislada, sino que exige repensar conjuntamente lo masculino y lo femenino dentro de una misma misión eclesial, en el marco de una eclesiología de comunión. Desde esa perspectiva, recordó que la estructura jerárquica de la Iglesia no tiene como finalidad el dominio, sino el servicio al pueblo de Dios. Además, señaló que la vida eclesial no se agota en los ministerios institucionales: los carismas han permitido históricamente a innumerables mujeres sostener y renovar comunidades, muchas veces allí donde las estructuras formales no alcanzaban. Precisamente por ello, se abre también la posibilidad de reconocer nuevos espacios de responsabilidad para las mujeres, tanto en los ministerios como en la conducción de comunidades y en diversas formas de liderazgo eclesial.

Hablar de nuevos espacios de responsabilidad conduce casi inevitablemente a pensar también en los espacios simbólicos. Y pocos son tan elocuentes como el balcón central de la Basílica de San Pedro, que el mundo ha contemplado ya tres veces en lo que va del siglo, desde donde se anuncia al nuevo obispo de Roma. Ese balcón constituye uno de los símbolos más visibles de la Iglesia universal. Y, sin embargo, durante siglos ha estado rodeado casi exclusivamente por figuras masculinas revestidas de autoridad. La Iglesia real, en cambio —la que vive en parroquias, comunidades, movimientos, escuelas, hospitales y familias—, ha tenido siempre un rostro mucho más amplio. Quizá no resulte exagerado imaginar que, gracias sobre todo al camino impulsado bajo Francisco y León, cuando un nuevo pontífice aparezca en ese balcón para saludar al pueblo reunido en la plaza, la escena esté flanqueada también por mujeres, religiosas, laicas, familias enteras y representantes de comunidades vivas que encarnan la fe en la vida cotidiana.

Precisamente en el plano de las imágenes, una de las más sugerentes para pensar este proceso no proviene de la sociología ni de la historia, sino del Evangelio. En el relato de la hemorroísa (Mc 5,25-34), una mujer anónima atraviesa la multitud para tocar el vestido de Jesús. Con ese gesto desborda al mismo tiempo las normas de pureza ritual, ciertas convenciones sociales y el lugar de silencio al que había sido confinada.

La escena posee una densidad que excede el episodio mismo. Sin la presencia, la iniciativa y la persistencia de las mujeres, la historia del cristianismo se desploma y se difumina. También en este relato, el gesto de aquella mujer interrumpe el curso ordinario de las cosas y obliga a Jesús a formular una pregunta inesperada en medio del camino: “¿Quién me ha tocado?”.

La hemorragia que atraviesa esta historia no se resuelve, evidentemente, con curitas. Remite a una herida más honda. Para los creyentes, su posible sanación exige volver a las entrañas de aquel Jesús que nunca redujo a las mujeres a un lugar secundario y permitió que una de ellas alterara su camino, reorientando con un gesto sencillo el sentido mismo de la historia.

(*) Profesor del Departamento Académico de Teología de la PUCP; doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de Londres.