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Opinión 11 de febrero de 2025

Por Carlos Piccone Camere (*)

La Iglesia Católica en el Perú atraviesa una etapa de complejidad profunda, marcada por los graves abusos cometidos por miembros de diversas congregaciones religiosas y sociedades de vida consagrada. Entre estos casos, la reciente supresión del Sodalicio de Vida Cristiana (SVC) destaca como un ejemplo de medida eclesiástica coherente frente al abuso de poder, manipulación de la conciencia y delitos sexuales que han dejado secuelas imborrables en numerosas víctimas. Estos hechos, amplificados por los medios de comunicación y las redes sociales, han desatado un debate público que enfrenta a la Iglesia no solo con una crisis de credibilidad, sino también con profundas divisiones internas: luchas ideológicas, morales, dogmáticas y teológicas que parecen socavar su unidad. En medio de esta crisis, la voz del papa Francisco ha sido clara y firme. En sus intervenciones, ha insistido en que el foco debe centrarse en las víctimas, por encima de cualquier discusión sobre cómo prevenir los abusos y purgar los delitos. El Papa subraya que la petición de perdón a las víctimas es necesaria, pero nunca suficiente; el pedido debe ir acompañado de una justicia que recupere la dignidad y esperanza de quienes han sido ultrajados. La misericordia, lejos de ser un valor abstracto, debe transformarse en una acción concreta que regenere, fortaleza y transforme a las personas, permitiéndoles redescubrir su infinito valor.

Esta problemática, evidentemente, no se limita al ámbito eclesial. La sociedad peruana en su conjunto enfrenta una alarmante crisis de violencia sexual, especialmente contra menores de edad. Según informes del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, solo entre enero y septiembre de 2024, los Centros de Emergencia Mujer (CEM) atendieron 46,113 casos de abuso contra niñas, niños y adolescentes de 0 a 17 años, víctimas de diversas formas de violencia. Este dato alarmante resulta demoledor si se considera que la mayoría de los casos no son registrados, muchos de ellos permaneciendo ocultos en zonas rurales y apartadas del país. Un hecho particularmente impactante fue la denuncia de la profesora Rosemary Pioc, presidenta del Consejo de Mujeres Awajún y Wampis, quien reveló el año pasado que, desde 2010, más de 500 docentes habrían abusado sexualmente de escolares en la provincia de Condorcanqui, en el departamento de Amazonas, una de las zonas más empobrecidas del país. Las estadísticas y las denuncias, aunque desgarradoras, no parecen haber provocado un cambio estructural ni un abordaje integral, como si la importancia de las víctimas radicara en su origen, ubicación o situación económica. No es difícil constatar una clara desigualdad en el tratamiento de las víctimas según su entorno social y geográfico: los niños y niñas de los pueblos originarios enfrentan una vulnerabilidad agravada por la indiferencia de las autoridades públicas y la escasa atención mediática que reciben estos casos en comparación con aquellos ocurridos en ámbitos urbanos o en colegios privados.

La crisis dentro de la Iglesia, lejos de ser un hecho aislado, forma parte de un patrón más amplio de desprotección, donde las víctimas se ven atrapadas en una espiral de olvido y desdén. Sin embargo, aunque el párrafo anterior coloca el fenómeno del abuso dentro de la Iglesia Católica en un contexto más amplio, no reduce en absoluto la gravedad de lo ocurrido ni exime de responsabilidad moral, civil o penal a los abusadores, quienes, aprovechándose de su posición eclesiástica o de autoridad, han traicionado la confianza y causado daños irreparables.

¿Cómo puede la Iglesia repensar su rol en la protección de los más vulnerables, especialmente aquellos que han sido víctimas de abusos, y cómo puede transformar su enfoque hacia la misericordia en una acción concreta de justicia y regeneración? La célebre obra Los Miserables de Victor Hugo (1862) podría ofrecer, a través de la confrontación entre Jean Valjean y el inspector Javert, una poderosa alegoría para repensar la ética de la Iglesia en su relación con los más vulnerables y con aquellos que, superando experiencias de miseria, se convierten en apóstoles de misericordia.

Jean Valjean, el protagonista de Los Miserables, es un hombre marcado por la injusticia desde el inicio de la novela. Condenado a 19 años de prisión por robar un trozo de pan para alimentar a su familia, es reducido a un número: el 24601. El sistema penitenciario lo despoja de su identidad y lo convierte en un exconvicto estigmatizado, incapaz de encontrar un lugar en la sociedad. Su encuentro con el obispo Bienvenu marca un punto de inflexión: tras recibir su hospitalidad, Valjean lo traiciona robándole cubiertos de plata. Sin embargo, en lugar de denunciarlo, el obispo lo protege, regalándole además dos candelabros y pronunciando una frase que cambiará su destino: “Con esto he comprado tu alma para Dios.”

No es casual que el obispo se llame Bienvenu: la figura del monseñor encarna a una Iglesia que, en su auténtica versión, está llamada a dar la bienvenida, acogiendo a los marginados y ofreciendo siempre nuevas oportunidades. En contraste con una estructura eclesiástica que en ocasiones ha priorizado la norma sobre la persona, el obispo simboliza la misericordia transformadora. Valjean no solo es perdonado, sino que se le confía una nueva misión, lejos de la marca de exconvicto. Este es el mensaje central del Evangelio: la misericordia como regeneración y vida nueva.

Fantine, otra proyección entrañable de la novela, representa a los excluidos por un sistema que los deshumaniza. Madre soltera en una sociedad que la desprecia por su condición, cae en la prostitución para salvar a su hija Cosette. Su sufrimiento refleja las nuevas formas de pobreza en el mundo actual: personas obligadas a la explotación sexual, trabajadores precarizados, migrantes sin derechos. Jean Valjean, tras su redención, es quien interviene para rescatar a Fantine de su miseria. De receptor de misericordia, Valjean se convierte en misionero de ella, encarnando también a una Iglesia que no solo predica la compasión, sino que actúa para transformar la vida de los excluidos.

El inspector Javert, sin embargo, representa la inflexibilidad moral, un legalismo sin alma. Para Javert, Valjean siempre será el prisionero 24601, incapaz de redención, independientemente de sus acciones. Su persecución incansable de Valjean, ciega a cualquier posibilidad de cambio, lo lleva al abismo de la desesperación. Incapaz de reconciliar la ley con la misericordia que ha presenciado en Valjean, se ahoga en la contradicción interna que su propia rigidez le impone, eligiendo la muerte antes que vivir una existencia que se niega a comprender y aceptar. Este desenlace refleja la fatalidad de ciertos sistemas moralistas que niegan la posibilidad de transformación y regeneración.

Desde el inicio de su pontificado, el papa Francisco ha promovido, en documentos como Amoris laetitia, una renovación pastoral fundamentada en una ética de la misericordia. Esta misericordia no debe entenderse como un mero “buenismo” ni como relativismo ético, sino como una acción radical que, sin renunciar a la justicia, se orienta siempre hacia la rehabilitación y el perdón. El Papa ha insistido en que el desafío radica en no quedar atrapados en una visión rígida y legalista, como la de Javert, sino en reconocer que, como lo hace Valjean, la misericordia transforma y otorga nuevas oportunidades en cada tramo del camino.

El lema del escudo papal refleja claramente este enfoque moral, esta concepción de la vida: miserando atque eligendo, “mirándolo con compasión, lo eligió”, evocando la vocación de Mateo, pero también la propia vocación de Francisco. Este lema subraya que la compasión no es solo una actitud pasiva, sino la base para una acción activa que elige a los marginados, a los excluidos, a los que sufren, y los integra en el círculo de la salvación.

La historia de Los Miserables ofrece una reflexión crucial para la Iglesia Católica en su respuesta a los abusos. Ante la tensión entre misericordia y legalismo, debe seguir el camino de Valjean, priorizando a las víctimas, quienes, tras haber padecido el sufrimiento impuesto por la miseria moral de sus agresores, pueden convertirse en auténticos apóstoles de misericordia. Al poner en el centro a las víctimas y brindarles no solo justicia, sino también un espacio para sanar y transformar su dolor, la Iglesia podrá romper con la lógica de Javert, quien murió incapaz de comprender lo que trascendía sus rígidos esquemas.

(*) Docente en el Departamento Académico de Teología de la PUCP y doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de Londres.