Por Carlos Piccone Camere (*)
Contigo la gravedad es graciosa y la gracia es grave.
Rosalía (2025), “Mio Cristo piange diamanti”, Lux
Roman Oleksiv tiene once años y es ucraniano. Hace tres años sobrevivió a un ataque ruso que le arrebató a su madre. Estaba internado en un hospital cuando el edificio fue alcanzado por tres misiles. Desde entonces, su infancia, cortada de tajo, ha quedado marcada por una recuperación larga y compleja, y por un itinerario médico que, hasta la fecha, ha incluido 36 entradas al quirófano. El 10 de diciembre Roman pudo contar su historia ante diputados de la Unión Europea. La intérprete, sentada al lado del niño, empezó a traducir al inglés; pero, al cabo de unas frases, titubeó, se le quebró la voz y las lágrimas le impidieron continuar.
Ese nudo en la garganta que hizo que a la intérprete le fuese imposible disociar lo que oía de lo que comprendía, y lo que comprendía de lo que laceraba el alma, es el mismo nudo que tantos sentimos al clicar el video. No es fácil procesar aquella historia que incluía la muerte de una madre, una vida inocente reconstruida a golpe de quirófano y el testimonio valiente del pequeño Roman con el rostro surcado de cicatrices. Su relato remite también a miles de otros “Roman”, en Ucrania y fuera de ella, que cargan en el cuerpo el costo de decisiones ajenas, de fríos cálculos geopolíticos y de guerras injustas, criminales, inhumanas.
Algo de ese nudo interior debería alcanzarnos también cuando escuchamos el relato de la Navidad. Si se rompe la costumbre devocional, la Buena Nueva se deja oír, a la vez, como noticia incómoda: una pareja pobre busca resguardo —¡con la mujer a punto de dar a luz!— y no lo encuentra. ¿Qué pasaría por la mente y el corazón de esos dos jóvenes cuyo doble “sí” abriría una grieta luminosa en la noche de la historia? ¿Impotencia, frustración, vergüenza, ansiedad, desesperación? ¿O, más bien, confianza, perseverancia, abandono, fe? ¿Acaso sentimientos encontrados? Lo cierto es que “no había lugar para ellos en el albergue” (Lc 2,7). Esta frase tan pequeña contiene en germen una resonancia cruda e interpelante: ayer y hoy, millones de vidas claman por un lugar donde refugiarse, y siguen encontrando puertas cerradas.
Solo dos evangelistas, Mateo y Lucas, narran el nacimiento de Jesús, y lo hacen desde perspectivas notoriamente distintas. Mateo introduce el acontecimiento a través de la aparición de unos sabios venidos de Oriente, quienes, guiados por una estrella, ofrecerán al recién nacido dones cargados de simbolismo. Lucas, en cambio, opta por una escena marcada por la sobriedad y la marginalidad. En lugar de palacios y astrólogos, pone en el centro a pastores anónimos —hombres y mujeres comunes—, destinatarios de la primera revelación, y subraya la fragilidad del acontecimiento: un niño envuelto en pañales, recostado en un pesebre, protegido del frío de la noche por el calor humano. Ambos evangelistas narran el mismo misterio desde registros complementarios: Mateo enfatiza el reconocimiento mesiánico desde fuera de Israel y la confrontación con el poder político; Lucas presenta, más bien, a un Dios que irrumpe en la historia desde abajo, en la pobreza, en medio de la noche betlemita y al amparo del silencio contemplativo de María, su madre.
Simone Weil escribió que, así como hay leyes físicas que gobiernan inexorablemente el mundo, también los movimientos del alma parecen obedecer, casi siempre, a una ley semejante a la de la gravedad. Tendemos a ser atraídos y a caer con facilidad hacia lo que pesa: el miedo, la indiferencia, la crueldad, el repliegue sobre uno mismo. La gracia, en cambio, no pertenece a ese orden. No acontece por inercia ni responde a un automatismo: se abre paso, cuando lo hace, como una irrupción inesperada, que suele ir a contracorriente de la lógica dominante del mundo:
Todos los movimientos naturales del alma están regidos por leyes análogas a las de la gravedad física. La gracia es la única excepción. Debemos esperar siempre que las cosas sucedan conforme a las leyes de la gravedad, a menos que haya una intervención sobrenatural. Dos fuerzas gobiernan el universo: la luz y la gravedad (S. Weil. 1947. Gravedad y gracia, p. 1).
Si hay algo que, en el lenguaje bíblico, simbolice a Dios, es precisamente la luz. No es casual que la tradición haya leído el nacimiento de Jesús a través de imágenes luminosas, desde las profecías que lo presentan como el Sol naciente hasta las palabras del propio Cristo, que se autodefine como “luz del mundo”. Ese mismo imaginario ha encontrado, desde hace siglos, un lenguaje visual particularmente elocuente en la pintura barroca de la Natividad. Caravaggio, Rubens, Rembrandt, entre otros gigantes del arte, construyen la escena desde el claroscuro: el Niño es la fuente de una luz que no anula la noche, sino que la atraviesa e ilumina los rostros de quienes lo contemplan, buey y asno incluidos. En esa convergencia de textos e imágenes se condensa una intuición teológica y existencial: solo con la luz la noche se deja habitar sin miedo.
Conviene no olvidar un detalle decisivo del relato evangélico. José y María no se quedaron detenidos en la queja ni paralizados por la adversidad. No había lugar para ellos en el albergue, pero tampoco se entregaron a la resignación estéril. Buscaron una salida, improvisaron un espacio, hicieron habitable lo inhóspito. No fue una solución elegante en términos sociales ni aséptica en términos médicos, pero fue suficiente para que Dios pudiera nacer envuelto en pañales y sostenido por alientos humanos. En medio de la precariedad, actuaron con fe, ingenio y resiliencia.
Tal vez ahí se juegue el sentido más exigente de la Navidad. No en la promesa de que el dolor desaparecerá, ni en la ilusión de un mundo sin gravedad, sino en la posibilidad de no quedar atrapados en ella. José y María no negaron la noche inhóspita, pero tampoco le concedieron la última palabra. Hicieron lugar donde no lo había, abrieron un resquicio para la vida en medio de la intemperie. La gracia no elimina la gravedad, pero la transforma desde dentro, con una perseverancia humilde y terca.
La auténtica luz de la Navidad es signo y memoria de que, aun cuando la vida humana parezca rehén de la oscuridad, siempre queda la posibilidad de hacer espacio y de abrir grietas de luz en medio de las noches más cerradas de la historia. Dos niños, Jesús de Judea y Roman Oleksiv, cada uno a su modo, nos lo recuerdan.
(*) Docente del Departamento Académico de Teología de la PUCP; doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de Londres.



