Por Laura Rivera (*)
En el Perú, nueve de cada diez trabajadoras del hogar desarrollan sus labores en la informalidad: no tienen contrato, seguridad social, vacaciones ni derecho a una pensión de jubilación. Esto no se debe a la falta de regulación, pues existe la Ley 31047, Ley de las Trabajadoras y Trabajadores del Hogar, que fue promulgada en 2020 y reglamentada en 2021 gracias a la lucha del movimiento de trabajadoras del hogar, cuyas integrantes esperaban que esta norma regule y mejore sus condiciones laborales. Lamentablemente, para la gran mayoría, esto no ha sucedido.
Las razones para la falta de formalización son muchas, y van desde el desconocimiento de la ley de parte de las trabajadoras, hasta el hecho de que se vean obligadas a aceptar trabajos sin contrato por necesidad económica. No hay de otra. Para muchas, el trabajo doméstico es la única puerta de entrada al mercado laboral, así se trate de una oportunidad que, paradójicamente, esté acompañada de precariedad, discriminación y vulneración de derechos.
Según la Encuesta Nacional de Hogares del INEI, en el Perú hay alrededor de 450 mil personas que se desempeñan en este sector, de las cuales el 96% son mujeres. Muchas de ellas son el principal sustento de sus familias. A propósito del 30 de marzo, Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar, vale la pena echar un vistazo a la situación de las trabajadoras del hogar peruanas para ver que estamos frente a una fecha en la que aún no hay nada que celebrar.
Un trabajo invisibilizado y precarizado
El trabajo de cuidado ha sido históricamente desvalorizado, pues se asume que las mujeres deben desempeñarlo de manera natural, sin remuneración ni reconocimiento. “Nos han hecho creer que nacimos para lavar, cocinar y planchar, que nosotras vamos a procrear y los hombres van a traer la plata para la casa. La idea de que los cuidados son solo de mujeres ha influido mucho en la precarización de nuestros derechos. Por años se ha pensado que somos la servidumbre”, explica Lady Mozombite, secretaria general de la Federación Nacional de Trabajadoras y Trabajadores del Hogar del Perú (FENTTRAHOP).
Es cierto que las mujeres han superado la concepción tradicional de quedarse en casa y salen a buscar el sustento fuera de ella. Sin embargo, cuando su opción es convertirse en trabajadoras del hogar, ven que sus derechos no avanzan al mismo ritmo que los derechos de otras mujeres. Ellas enfrentan una doble invisibilización: son mujeres y trabajan en una labor considerada parte de las «responsabilidades femeninas».
Bettina Valdez, magíster en Estudios de Género por la PUCP, explica cómo esta construcción social afecta tanto a trabajadoras como a empleadoras: “Las mujeres privilegiadas tercerizan el trabajo de cuidado para poder desarrollarse profesionalmente. Pero las trabajadoras del hogar también tienen sus propias familias, hijos e hijas que dejan en casa sin una red de apoyo suficiente”.
Así, se perpetúa una cadena de cuidados. Las mujeres que trabajan contratan a otras para encargarse de las labores que ellas no pueden asumir. Pero estas trabajadoras, a su vez, deben buscar quién cuide de sus propios hogares. El 74% de las trabajadoras del hogar en el Perú son el principal sustento de su hogar, el cual dejan de lado, trasladando la responsabilidad del cuidado a sus hijas, sus madres o abuelas, quienes a su vez ven limitadas sus oportunidades de desarrollo. “Esto genera un círculo de pobreza difícil de romper, porque el ingreso de estas trabajadoras es mínimo y no cuentan con un sistema que las respalde”, señala Valdez. Y añade: «La pregunta es: ¿quién cuida a las cuidadoras?».
Informalidad: una lucha pendiente
En 2020, en medio de la pandemia, se aprobó la Ley 31047 con el objetivo de regular las relaciones laborales de las trabajadoras del hogar. Esta norma estableció la obligatoriedad de un contrato escrito y registrado en el Ministerio de Trabajo, así como el derecho a gratificaciones y vacaciones remuneradas.
Tras esta ley hay más de 10 años de lucha. “Hemos conseguido dos normas importantes. Primero, la ratificación del Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo, que nos reconoce como cualquier otro trabajador con derechos iguales y sin discriminación. Luego, logramos la aprobación de la Ley 31047, que formaliza nuestra relación laboral con los empleadores mediante un contrato escrito”, explica Lady Mozombite.
A pesar de la normativa, el 96,6% de las trabajadoras del hogar sigue en situación de informalidad, según refleja la última Encuesta Permanente de Empleo Nacional. Lima concentra el 78% de los contratos registrados, mientras que en regiones como Pasco, Apurímac o Madre de Dios el número de registros no llega ni a diez.
La discriminación de clase, género y etnia también juega un papel clave en esta problemática. Un reciente estudio de Ipsos revela que un 40% de trabajadoras del hogar han sufrido tratos humillantes o discriminación en sus empleos. Valdez explica que la relación de poder entre empleador y trabajadora se manifiesta desde lo más simple, como dar órdenes sobre cómo cocinar, hasta lo más ofensivo, como imponer códigos de vestimenta o cuestionar su vida personal.
Lady Mozombite ha vivido en carne propia esta realidad. “Trabajo desde los 7 años y sé lo que es vivir en una casa ajena. Sé lo que es sufrir acoso, violencia, discriminación, explotación. Sé lo que es comer en un rincón, solo pan con mantequilla o un té con agua”, denuncia.
El costo de no formalizar el trabajo doméstico
El trabajo del hogar no solo permite que otras personas puedan desempeñar sus labores, sino que sostiene la economía de miles de familias. Sin embargo, la falta de garantías laborales perpetúa la desigualdad. Para Valdez, la clave está en cambiar el discurso: “Las empleadoras deberían preguntarse: ¿Cómo les afectaría no contratar a una trabajadora del hogar? Perderían tiempo de trabajo, tiempo para estudiar, para descansar. Si lo pensaran, pagarían lo justo”.
“Tú, yo y toda la humanidad, desde que nacemos, necesitamos cuidados. Las trabajadoras del hogar somos la mayor fuerza laboral de los cuidados, pues criamos niños y cuidamos adultos mayores”, enfatiza Mozombite.
El trabajo doméstico es fundamental para sostener la economía de miles de hogares en el Perú. Sin embargo, sigue siendo invisible y precarizado. La deuda con las trabajadoras del hogar no es solo legal, sino también social. Reconocer su labor, exigir el cumplimiento de sus derechos y transformar la percepción del trabajo de cuidado es el primer paso hacia una verdadera equidad.
“¿Qué nos motiva a seguir luchando? Queremos cambiar la historia. Si en el país se logra un sistema nacional de cuidados, diremos que hemos roto las cadenas y las trabajadoras del hogar por fin somos visibles, por fin este trabajo, que por siglos ha estado invisible, sería reconocido”, manifiesta Mozombite.
«Cuidar es una tarea esencial para la vida», enfatiza Valdez, para luego agregar: «no podemos sostener la economía, ni la sociedad, ni las políticas públicas si antes no nos hemos dado cuenta de que alguien tuvo que cuidar de nosotros».
(*) Prensa IDEHPUCP