Por Susana Frisancho y Luis Andrade Ciudad*
En las semanas recientes hemos visto a los congresistas fujimoristas y de la mayoría parlamentaria rechazar la propuesta de que los sabios (y sabias, se sobreentiende) de los pueblos indígenas se incorporen como docentes en las universidades interculturales, tanto a nivel de pregrado como de posgrado, bajo el argumento de que su falta de preparación “bajaría el nivel” de las universidades.
En una sociedad verdaderamente democrática, la universidad no puede seguir siendo una torre de marfil que mira desde arriba la diversidad cultural del país. Debe convertirse, más bien, en un espacio de encuentro entre saberes, un lugar donde el conocimiento científico dialogue con los saberes milenarios que han sostenido la vida de nuestros pueblos desde hace generaciones. En el Perú, esto significa reconocer el valor de los sabios y sabias indígenas no como figuras folclóricas, defensores de la naturaleza o guardianes del pasado, sino como portadores de epistemologías vivas que enriquecen nuestra comprensión del mundo.
Circula en redes un texto de Bíkut T Sanchium Yampiag, miembro del pueblo awajún de la Amazonía del Perú, quien pone énfasis en el papel de la palabra, la que, desde la perspectiva awajún “posee valor únicamente cuando proviene de una vida guiada por la rectitud y el respeto”. Y esto es precisamente lo que los sabios indígenas tienen: el reconocimiento de sus comunidades por su vida respetuosa y recta.
En este sentido, una educación superior verdaderamente intercultural no consiste en traducir o añadir temas “indígenas” a los currículos, sino en transformar la relación entre saberes, reconociendo la pluralidad de modos de conocer que coexisten en nuestro país. La presencia de sabios indígenas como docentes —en pie de igualdad con los docentes no indígenas, tanto en cuanto al reconocimiento simbólico como a la remuneración— es una forma concreta de avanzar hacia la justicia cognitiva y social de modo que los estudiantes, indígenas o no, comprendan que la ciencia y la sabiduría ancestral no se oponen, sino que pueden dialogar para afrontar desafíos comunes como el cambio climático, la pérdida de la biodiversidad y la fragmentación ética del mundo contemporáneo.
Negarles a los sabios indígenas la posibilidad de enseñar en la universidad con el argumento de que “no tienen instrucción formal” (aunque muchos la tienen) supone reducir el saber al formato occidental de los títulos y los grados, y olvidar que el conocimiento no se mide solo por la certificación, sino también, y sobre todo, por su capacidad de generar comprensión y sentido sobre el mundo en que vivimos. Los sabios indígenas poseen un dominio profundo de sistemas de conocimiento que integran ecología, medicina, filosofía, espiritualidad, ética comunitaria, pedagogía, historia y formas sostenibles de convivencia con la naturaleza. Excluirlos no solo es una forma de injusticia epistémica en el sentido de lo planteado por Miranda Fricker (2007), al negarles autoridad cognitiva simplemente por no hablar desde las categorías dominantes. También es empobrecer la experiencia formativa de los estudiantes que se están profesionalizando en las universidades interculturales. Muchos de ellos justamente tienen como horizonte ejercer en sus propias comunidades, en las que puede ser clave aprovechar el conocimiento que tienen los sabios hoy cuestionados por la mayoría parlamentaria. Pero incluso si ejercieran fuera de ellas, su perspectiva sería enriquecida por el diálogo constante con intelectuales autoidentificados como indígenas.
Porque de eso se trata: de intelectuales en todo el sentido de la palabra, si entendemos al intelectual como alguien que produce nuevos conocimientos haciendo uso de su creatividad. Nosotros, como parte de un equipo interdisciplinario de investigación, hemos tenido el privilegio de aprender de algunos de estos sabios, con quienes hemos trabajado de manera conjunta recuperando sus historias de vida en dos publicaciones: la biografía de Hilario Díaz Peña en el libro No estoy viajando callado: historia de vida de un maestro bora (Lima, Fondo Editorial de la PUCP, 2015) y la de Raúl Casanto Shingari en el libro Doctor en su propio pueblo: historia de vida de un intelectual asháninka (Lima, Fondo Editorial de la PUCP, 2022).
Las experiencias que hemos tenido como equipo con ambos actores indígenas, además de múltiples experiencias individuales, nos permiten afirmar que, si se garantiza un entorno apropiado y dotado de recursos suficientes, el intercambio de saberes entre docentes universitarios tradicionales y miembros de pueblos originarios con trayectorias destacadas puede conducir a un proceso de enriquecimiento mutuo en cuanto a enfoques, metodologías y conocimientos (Napurí et al. 2023). Este enriquecimiento se ha traducido no solo en los libros que hemos elaborado con Díaz Peña y Casanto Shingari, sino también, de manera más general, en nuestra práctica docente y en nuestros aprendizajes para la vida. Al mismo tiempo, podemos asegurar que Díaz Peña y Casanto Shingari también han enriquecido su trayectoria, en diferentes dimensiones, a partir del encuentro con nosotros.
Sabemos que el desafío de incorporar a los sabios indígenas como docentes universitarios no es solo discursivo, sino también administrativo y práctico, pero resolverlo pasa, como primer paso insoslayable, por el reconocimiento institucional de los saberes indígenas como conocimientos legítimos, merecedores de respeto y de justa remuneración. Lo operativo vendrá después, pues hay diversas formas de legitimar formalmente los saberes ancestrales dentro de la estructura universitaria. La creación de categorías docentes especiales, la docencia compartida o “co-docencia intercultural”, la “docencia indígena” tal como se ha implementado en la Argentina (Unamuno 2012), la investigación, la extensión y la coautoría con sabios de pueblos originarios, y la formación y sensibilización del profesorado son solo algunas ideas generales que permitirían poner en marcha estas trasformaciones. Incluir a los sabios indígenas como docentes no es un gesto simbólico, sino una reforma profunda de justicia epistémica que reconoce que la universidad tradicional no es el único lugar donde habita el conocimiento, sino uno de los muchos espacios donde este puede florecer, para enriquecernos a todos.
* Profesores principales de Psicología y Humanidades, respectivamente; Pontificia Universidad Católica del Perú.
Referencias
Fricker, Miranda (2007). Epistemic Injustice: Power and the Ethics of Knowing. Oxford University Press.
Napurí, Andrés, Luis Andrade Ciudad, Enrique Delgado y Susana Frisancho (2023). Historias de vida con miembros de pueblos indígenas: apuntes metodológicos a partir de dos libros recientes. Indiana, 40(1), 263-289. https://doi.org/10.18441/ind.v40i1.263-289
Unamuno, Virginia (2012). Gestión del multilingüismo y docencia indígena para una educación intercultural bilingüe en la Argentina. Práxis Educativa (Brasil), vol. 7, diciembre, pp. 31-54.



