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27 de enero de 2026

Por Carlos Piccone Camere (*)

“Soy la misma quijota que aprendió,
en las batallas de la vida,
que si las victorias pueden ser un espejismo,
también pueden serlo las derrotas”

Gioconda Belli, El país bajo mi piel.

En el umbral de un nuevo año, los balances y propósitos suelen multiplicarse casi por inercia. Sin embargo, en muchos contextos contemporáneos, la sensación dominante no es la de un verdadero reinicio del calendario, sino la de un irritante déjà vu: desigualdades persistentes, instituciones debilitadas, democracias secuestradas, violencia normalizada y una ciudadanía hastiada de promesas que se subastan sin traducirse en cambios reales. El Perú se inscribe plenamente en este panorama, junto a otras realidades latinoamericanas —entre las que descuella Venezuela— y también en escenarios globales marcados por una deriva represiva y polarizante, donde la intimidación política ha recuperado el rol protagónico. El garrote paleolítico ha sido reemplazado por tecnologías más sofisticadas. En pleno siglo XXI, la geopolítica internacional vuelve a exhibir reflejos cavernícolas: el insulto como argumento, el chantaje como método y la demolición de la otredad como meta.

El título del presente texto es una paráfrasis deliberada del libro de Gianni Biffi Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura (Random House, 2025). No se trata aquí de una valoración literaria de la obra, sino de servirse de una de sus intuiciones narrativas para pensar el presente. En particular, el primer cuento del libro, significativamente titulado Reconciliación nacional, despliega una ironía que desmonta de entrada cualquier expectativa ingenua asociada al término.

Biffi se sirve de Paco Yunque, el celebérrimo cuento de César Vallejo, para construir una secuela anacrónica y fantasiosa. Muchas décadas después del relato original, Paco Yunque y Humberto Grieve se reencuentran. El antiguo agresor se sorprende al constatar que la vida de quien fue su víctima ha virado, contra todo pronóstico, hacia el éxito académico y empresarial. Sin embargo, lejos de abrir un horizonte de reparación simbólica, el relato se interna en una cadena de venganzas sucesivas, casi automáticas, como si el tiempo no hubiera traído justicia, sino nuevas formas de reproducción kármica del agravio.

En Paco Yunque, Vallejo recurrió a un registro hiperrealista para denunciar situaciones injustas normalizadas en el Perú de mediados del siglo XX. Paco encarna al niño indígena, probablemente quechuahablante, vulnerable, obligado al silencio y disciplinado hasta la sumisión. Humberto Grieve representa todo lo opuesto: es miembro de una familia pudiente y poderosa, cuyas maneras matonescas son toleradas por una estructura educativa resignada a proyectar la desigualdad de la calle en las aulas. La descripción del padre de Humberto como gerente de los ferrocarriles de la Peruvian Corporation y alcalde del pueblo condensa la acumulación de poder económico, político y social, así como la racialización de las jerarquías sociales.

El aula de Humberto Grieve y de Paco Yunque se convierte así en una metáfora cruda del país. El profesor, figura ambigua de autoridad, simboliza un orden que aparenta neutralidad y legalidad, pero que termina plegándose al poder de los unos frente a la vulnerabilidad de los otros. Parece que no tuviese mucho margen de acción frente a la injusticia, pero en realidad encarna una forma de ser y estar funcional a los intereses oligárquicos: desde su “distancia segura”, administra el orden, pero no la justicia; mantiene la disciplina, pero no la equidad. Algunas interpretaciones han visto en este personaje una encarnación de la autoridad estatal o militar, renuente a confrontar a las élites económicas y dispuesta a proteger sus intereses incluso a costa del bien común.

El cuento de Vallejo introduce la figura de otro Paco, de apellido Fariña, un compañero cuya presencia resulta decisiva. Aun consciente de su desventaja, se pone del lado de la justicia. Su gesto rompe la lógica de la equidistancia confortable: ni “tan tan”, ni “muy muy”. No tiene dominio de la situación, no logra revertir la maldad, pero se niega a contemplarla desde lejos. Su intervención no es heroica en términos épicos, sino ética: asume el costo de la palabra, aun sabiendo que podría acarrear consecuencias. Los demás compañeros, en cambio, observan cómo la vida de Yunque se desmorona, y con ella el frágil equilibrio del aula-Perú, sin mayor intervención. No colaboran activamente con la violencia, pero la permiten. Su silencio constituye una forma de colaboración pasiva, sostenida por el miedo, la conveniencia o la indiferencia.

Casi ocho décadas después, la relectura de Biffi opta por un registro deliberadamente opuesto: del hiperrealismo vallejiano se pasa a un hiper-irrealismo desbordado, poblado de escenarios inverosímiles y grotescos, como si solo desde el absurdo pudiera comprenderse lo que hoy nos sucede; o, quizá, para subrayar que cuando las desigualdades no se enfrentan estructuralmente, las narrativas de reconciliación pueden convertirse en flatus vocis, en palabras vacías. La violencia, como mala hierba, no desaparece si no se la arranca de raíz: muta fortalecida, se recicla empoderada, cambia de actores y de escenarios, de lugares y de tiempos.

Pensar el Perú actual desde esta clave no implica caer en el derrotismo paralizante ni en la condena moralista desde una falsa superioridad. Tampoco supone negar los esfuerzos de tantas personas, colectivos e instituciones que trabajan por una sociedad más justa. Pero sí invita a reconocer que observar el deterioro democrático, la corrupción estructural y la violencia cotidiana desde una supuesta neutralidad plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la distancia es también una forma de complicidad?

En este punto resuenan con particular fuerza las intervenciones del papa León XIV, quien ha denunciado que “estamos asistiendo a un auténtico ‘cortocircuito’ de los derechos humanos”, dado que, para el pontífice, las libertades más fundamentales se han visto restringidas en nombre de otros pretendidos nuevos derechos, “con el resultado de que el propio marco de los derechos humanos está perdiendo su vitalidad y dejando espacio para la fuerza y la opresión” (Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 de enero de 2026).

Desde una distancia segura podemos ver derrumbarse un rascacielos, erupcionar un volcán o violar tratados, cometerse un genocidio, socavar el Estado de derecho, hipotecar el futuro de nuestros hijos o los derechos humanos propios o ajenos. Desde esa misma distancia, también podemos convencernos de que nada nos toca, como si la pérdida de libertades fundamentales fuera un espejismo; y, mientras tanto, se escribe el epílogo, a veces cómplice, de lo que decidimos hacer como humanidad.

(*) Profesor del Departamento Académico de Teología de la PUCP; doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de Londres.