16/07/2013

El liberalismo y la persona

Se suele afirmar que nuestro sentido común en materia política y económica está poderosamente influido por el liberalismo. No obstante, no solo no existe claridad respecto a  cómo caracterizar rigurosamente el pensamiento liberal, sino que impera la confusión en torno a la visión liberal del individuo y su relación con la sociedad y con las instituciones. Se la identifica sin más con la defensa del mercado como el único espacio de asignación justa de bienes y recursos. Para muchos políticos y periodistas, ese reduccionismo del mercado es liberalismo.

 Pero el liberalismo es antes que nada una doctrina política centrada en la persona humana, en su dignidad y en los derechos naturales y las libertades que se derivan de su condición de ser racional. Desarrolla una concepción del Estado como un sistema de instituciones públicas y normas cuya razón de ser es la protección de esos derechos básicos: derecho a la vida, a la libertad de conciencia, a la búsqueda de felicidad, a la propiedad. No existe propósito superior a la defensa de estos derechos fundamentales. Con el tiempo, el liberalismo incluso recurrió a una interpretación cosmopolita de la justicia que permitiera la creación de instituciones jurídicas internacionales que pudieran proteger a los individuos si a los gobiernos se les ocurriese asumir políticas lesivas de los derechos y las libertades de las personas.

 El liberalismo vindica así  la capacidad humana de construir principios racionales y orientar su conducta conforme a ellos; del mismo modo, destaca las diversas expresiones de la creatividad humana que se hacen manifiestas en el trabajo y la actividad económica, en las artes y en la producción de cultura. También aporta una valoración de la acción ciudadana, que es una forma relevante de producción de sentido. La disposición de los individuos a asociarse para discutir y generar leyes o políticas públicas, o pedirles cuentas a las autoridades elegidas, constituye una forma de fortalecer y asegurar el sistema legal y político, así como defender la vigencia del orden cosmopolita de justicia que han de suscribir los Estados libres.

Defender las libertades y las formas en las que se expresa la experiencia humana como acción, atravesadas  de sentido, implica cautelar  y promover diferentes modos de actuación y asociación. La separación entre Estado, Iglesia y mercado obedece a la necesidad de proteger libertades, así como diferentes modos de acceder a bienes y desarrollar prácticas sociales y lealtades institucionales. La sociedad liberal ofrece espacios autónomos para la búsqueda del bien público, de plenitud espiritual y la prosperidad. El énfasis en la dignidad y en el cuidado de las libertades individuales lleva al liberalismo a promover esta diversidad de instituciones y a respetar sus alcances y límites.

Lamentablemente, muchos políticos, autoridades sociales y periodistas en nuestro medio desconocen esta pluralidad constitutiva del liberalismo, así como la centralidad de los derechos en los cimientos morales de su discurso. Se confunde el liberalismo con el fundamentalismo del mercado. Se tiende a caracterizar de manera unidimensional a las personas, concibiéndolas únicamente como productores y consumidores, y no se toman en cuenta otras facetas de la vida  de la persona que trascienden el mero interés privado, como la acción política o la creación de cultura. Esa confusión mutila la complejidad del imaginario liberal, y lo condena  a un materialismo craso.

Esta simplificación y distorsión conceptual tiene preocupantes consecuencias en la práctica. Si la racionalidad se reduce al cálculo coste / beneficio y a la exclusiva  búsqueda del bien privado, entonces bien pobre será esta razón de la que nos ufanamos. La política, la producción científica, la religión requieren formas de solidaridad y compromiso que van más allá de la utilidad y el interés individual, para ello  resulta necesario que el liberalismo recobre su sentido original.

La República

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