23/03/2021

Entre reflexión y vivencia: comentario sobre los Rostros del Perdón

Si bien no nos podemos obligar a perdonar, ni podemos forzar un proceso de perdón colectivo, debemos reivindicar aquellas preguntas humanas y universales que la historia de las culturas y los pueblos siempre se han planteado. 

Escrito por: Patricia Stockton (*)

Rostros del perdón es la primera apuesta seria en el Perú por comprender especialmente, dentro de los límites de nuestra realidad política y social, y nuestra realidad latinoamericana, la naturaleza compleja y no menos real del perdón en la esfera política de nuestro tiempo reciente. Ello revela el valor intrínseco de este libro, que, sin dejar la pedagogía social de lado, presenta un verdadero esfuerzo de diálogo interdisciplinario en consonancia con esta experiencia humana tan difícil de descifrar, pero no menos honda, real y transformadora.

Pero, ¿cuáles o mejor dicho quiénes son los rostros del perdón? El libro plantea dos sentidos de uso de dicho término que, sin embargo, bien podrían servir de clave para el análisis que aquí quiero destacar. En primer lugar, los rostros del perdón están constituidos por todas aquellas materias o espacios de saber que, de una u otra manera están implicadas en el tema del perdón: el derecho y la justicia, la filosofía y la ética, la psicología y la clínica, la teología y la trascendencia y, la historia política de nuestros pueblos. En un segundo sentido, el libro delinea un segundo uso: los rostros del perdón son los rostros innegables de las víctimas de los conflictos armados que azotan de muchas maneras aún hasta hoy a nuestros países.

Creo que, entre una y otra respuesta, puede encontrarse el dilema más evidente de la presente compilación, editada por los filósofos Salomón Lerner Febres, ex presidente de la CVR y Miguel Giusti, filósofo conocido por sus estudios en Hegel en nuestro país y el mundo, ambos docentes de la PUCP. Y es que una cosa es pensar en el perdón y otra completamente distinta es vivirlo. Sin dar por sentado que el que reflexiona sobre el perdón es más capaz de perdonar, o que el que se ve en la situación de perdonar no necesita para ello una reflexión, lo cierto es que una pregunta constante –no necesariamente explícita, pero presente, al fin y al cabo– es aquella sobre la relación entre cierto saber que nos ayudaría a pensar o acaso a entender mejor el perdón y la experiencia misma de perdonar o pedir perdón. Y vaya que la respuesta cae por su propio peso: ni saber más sobre el perdón nos hace más capaces de perdonar, ni perdonar nos hace doctos en el perdón. Si esto es así, ¿cuál es el rol del conocimiento o los conocimientos en las vivencias de perdón? ¿cuál es valor del conocimiento académico en la comprensión del perdón? Esa es una de las primeras preguntas que cabe hacerse frente al libro. Y, por cierto, diré por adelantado que no veo una ligazón o vínculo necesario entre ambos fenómenos.

“El perdón no depende ni puede depender de nada, menos de la capacidad de racionalización de las personas, por más que dicha racionalización pueda darse como consecuencia del otorgamiento del perdón.”

En segundo lugar, está la cuestión planteada sobre la identidad entre víctimas y rostros del perdón. Esto parece ser la menos controversial. Son sólo la víctima o las víctimas, no los terceros (familiares o no), ni los Estados, ni los grupos levantados en armas, los llamados a aceptar las solicitudes de perdón, si acaso se dieran, si acaso se aceptaran. Es esta experiencia la que se circunscribe al plano más íntimo de la conciencia de cada una de ellas y, por lo tanto, ni el derecho, ni la sociedad, ni la política, ni las religiones pueden imponer el perdón por ellas. El perdón es un acto que en primer lugar debe ser libre, es decir, no inducido y menos obligado. ¿Por qué es tan importante recordar esto que de buenas a primeras parece tan evidente? Porque por mucho tiempo se condonaron graves violaciones a los derechos fundamentales de las personas mediante el perdón, entendiéndose por esto último la no instauración de la justicia y la instalación de la impunidad.

Así, vemos que, por rostros del perdón se puede entender dos cosas distintas y hasta, en cierto sentido, antagónicas. O que, por lo menos, existe una tensión entre ambas acepciones del uso del término, pues por un lado el rostro del perdón es ese ejercicio de pensamiento y reflexión válido sobre aquél y, por otro, el rostro del perdón es el rostro de aquellas víctimas de la violencia. Esto nos coloca nuevamente frente a una encrucijada ligada a la naturaleza del perdón: ¿es el perdón un asunto formal, teórico, racional, algo que podría ser el resultado de una suerte de deducción mental? ¿O es el perdón una vivencia o una experiencia “especial”? Y si es esto último ¿de qué tipo es?

Una cosa queda clara: las disposiciones, actitudes, valoraciones o afectos que conducen al perdón no se enseñan ni se aprenden como cualquier otra disciplina del conocimiento. Estamos hablando de algo que, en primer lugar, se da, ocurre, acontece, más allá de nuestro saber acerca de él e incluso más allá de nuestros deseos o de la misma solicitud de perdón. En ese sentido, el perdón es una vivencia o experiencia incondicionada. El perdón no depende ni puede depender de nada, menos de la capacidad de racionalización de las personas, por más que dicha racionalización pueda darse como consecuencia del otorgamiento del perdón.

Creo no equivocarme al decir que, si bien no nos podemos obligar a perdonar, ni podemos forzar un proceso de perdón colectivo (gestionar o administrar el perdón colectivamente), debemos reivindicar aquellas preguntas humanas y universales que la historia de las culturas y los pueblos siempre se han planteado, y que, a mi entender, marcan la pauta de este tema tan fascinante. Aquellas preguntas, se refieren especialmente a la naturaleza y límites del daño humano, a las distintas formas de repararlo, a la vigencia de un orden legítimo social que instaure la justicia y a las distintas formas en que se plantea una convivencia social basada en un equilibrio entre la libertad y la igualdad social. Por dicha razón, resulta acertado, como se propone en diversos trabajos de este libro, ver los procesos de perdón colectivos como procesos de refundación de un nuevo pacto social evidenciado en una nueva forma de convivencia entre peruanos.

Como decía, es una experiencia incondicionada, no atada a nada. Ahora bien, volver a las preguntas esenciales sobre la naturaleza de la condición humana, debería bastar para impedir que nos perdamos en falsos dilemas o falsas disquisiciones sobre él. Es cierto que se puede pensar válidamente sobre el perdón en términos de su utilidad política. Sin embargo, antes de asumir una postura donde el perdón sirve para algo más que él mismo, deberíamos desentrañar las condiciones de inequidad y asimetría en las que se origina en casi todos los casos. ¿Qué lugar ocupa las humanidades en el abordaje de este complejo problema? Ellas ayudan, en primer lugar, a identificar y denunciar justamente esas grietas o brechas tan profundas que hasta el día de hoy nos acompañan, como bien puede verse en varios de los trabajos reunidos en este importante libro.

(*) Investigadora de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE)

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