03/09/2019

[Colaboración especial] La chispa que encendió el bosque, por Ramiro Escobar

Los incendios en el ecosistema tropical más grande del planeta no son una casualidad. Son la consecuencia, fatal, de una forma de gobernar.

Al cierre de estas líneas, las urgencias desatadas por los incendios en la Amazonía brasileña, y en la Chiquitanía boliviana (un ecosistema vecino al amazónico), no se apagan. Los bomberos y los helicópteros intentan aún mitigarlos, mientras las declaraciones flamígeras de algunos líderes políticos tampoco se extinguen.

Pareciera que algo se nos quema dentro al ver esas imágenes de espanto, acaso por la intuición de que esos bosques son íntimamente nuestros. Siguiendo ese rastro de tribulación uno puede detenerse un momento y pensar qué tiene que ver este drama con el poder. ¿Hay responsables políticos de este drama ambiental global?

Desde que llegó al gobierno de Brasil, Jair Bolsonaro, la ha emprendido contra la institucionalidad ambiental de su país. Ha puesto como ministro del Ambiente a Ricardo Salles, un hombre vinculado a la industria agropecuaria; y en Relaciones Exteriores tiene a Ernesto Araújo, un negacionista del cambio climático, como él.

Por si no bastara, ha anunciado que no dará “un centímetro más” para reservas indígenas. Todo esto, por cierto, ha alentado la permisividad para ampliar la frontera agrícola, mediante incendios, o para quemar de manera descuidada los campos de cultivos que ya existen en la Amazonía. Digamos que el fósforo no se prendió solo.

Es cierto que estas ‘queimadas’ ocurren todo los años, pero no con la actual intensidad, ni con tantos focos. Si bien ha habido situaciones similares antes, lo que estamos viendo tiene el agravante de que está soplado desde el poder. El aumento ha sido enorme, respecto del 2018, y el irresponsable verbo presidencial también se ha prendido.

Bolsonaro ha insinuado que las ONGs ambientalistas podrían ser las responsables de los incendios y se ha mostrado hosco con el presidente de Francia, Enmanuel Macron, quien mostró su preocupación. El asunto ha aterrizado incluso en la ONU, en el G-7, en el sistema político latinoamericano, donde varios presidentes se pronunciaron.

 Pero a la vez fueron incapaces de convocar una reunión de emergencia de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA). El humo de los incendios, en suma, ha llegado hasta el ecosistema político. En clave, además, de protestas frente a las embajadas de Brasil de numerosos países. Era inevitable.

Lo sorprendente es hayan pasado varios días para que ocurriera. No hacemos aún el ‘clic’ con suficiente fuerza; demoramos en darnos cuenta que la política, entendida como la capacidad de gobernar, puede provocar estas desgracias. Y sin que medien barreras ideológicas, pues Evo Morales también ha pecado de descuido ambiental.

Quizás en adelante no veremos la Amazonía como un lugar lejano, sin importancia, o importante sólo para exprimirla. La escandalosa dejadez de algunos gobernantes ha demostrado lo que puede pasar cuando los ecosistemas no se gobiernan con inteligencia. Sencillamente pueden desaparecer. O hasta incinerarse sin remedio. Cuando eso ocurre, perdemos bosque, recursos, agua, seres vivos, belleza. Perdemos algo de la vida misma.

Ramiro Escobar es periodista especialista en temas internacionales y ambientales.

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