07/03/2011

El Lugar de la Memoria y el homenaje a las víctimas

A fines de abril se iniciará la construcción del Lugar de la Memoria. A propósito de ello, Salomón Lerner Febres, presidente del IDEHPUCP, explica por qué debe primar el reconocimiento a las víctimas dentro de este espacio, más allá de las preocupaciones por la calidad de la edificación de este recinto. En su artículo “Notas para un espacio de memoria (I)”, publicado este fin de semana en su columna habitual en el diario La República, el filósofo y rector emérito de nuestra Universidad ofrece algunos criterios y fundamentos que deberían tomarse en cuenta en el proceso de creación de este espacio. A continuación reproducimos el artículo completo: Notas para un espacio de memoria (I)*Por Salomón Lerner Febres La necesidad de que el país cuente con un lugar consagrado a la memoria de las víctimas de la violencia armada es una idea que goza de amplia aprobación. Esta se apoya en la convicción de que una práctica del recuerdo fomentada desde el Estado constituye un acto de reconocimiento y justicia, a la vez que una forma sensata de expresar y ampliar el aprendizaje colectivo logrado en esos años. Resulta conveniente, sin embargo, considerar con algún cuidado qué implican estos fundamentos conceptuales a fin de aclarar, también, qué cabe esperar y reclamar del importante esfuerzo que se ha puesto en marcha. De una parte el reconocimiento alude a la importancia de hacer presente el recuerdo de las personas que fueron muertas o afectadas por los actores armados, sin distinción de su origen. Implica rescatar los nombres y las memorias de las víctimas, lo cual significa restituirles su condición humana. Hay que recordar que durante el desarrollo de la subversión senderista y la política contrasubversiva estatal, los actores armados hicieron uso de una violencia que pretendían fuera “ejemplarizante” o intimidatoria. Es decir, mataron y torturaron a hombres y mujeres concretos para infundir así miedo en otros hombres y mujeres indeterminados. Sus víctimas fueron, pues, reducidas a la calidad de “cosas”, de “instrumentos”. Y ello se mantiene y se prolonga por medio de los varios caminos y coartadas del olvido. Frases como “dar vuelta a la página” o aquella que alude al “costo social de la paz” no hacen sino reeditar en nuestro tiempo la misma ideología materialista y antihumanista en que coincidieron, viniendo desde orillas opuestas, el senderismo y cierto militarismo. Frente a ello, el empeño en reconocer memorias y rescatarlas tiene la cualidad de un acto radical de rechazo a la ideología y las bases culturales de la violencia armada. Y posee, además, otra importante significación: se trata de quebrar esa tendencia a la exclusión de clase, de etnia y de género, que ha prevalecido secularmente en nuestro Estado y en la sociedad, para sustituirla por una cultura de inclusión. El reconocimiento del que hablamos, si tiene como su centro a las víctimas, es, al fin y al cabo, un gesto de fraternidad y respeto a los familiares y allegados a ellas. De otro lado la noción de aprendizaje colectivo –el otro fundamento de este esfuerzo de memoria– no debe ser entendida como la presentación de un conjunto de verdades o de lecciones que deban ser repetidas dócilmente. En la historia de nuestra violencia, la falta de espíritu crítico y dialogante sobresale como un factor gravitante. Aprender no es repetir ideas sino cotejarlas; es someter a examen preconcepciones y prejuicios, iniciarse en la práctica del diálogo colectivo, repensar crítica y constructivamente los valores por los que queremos vivir. En el ámbito de la memoria de la violencia, hablamos de aprender de las fallas de nuestra historia y de la insuficiencia de nuestras instituciones, y de comenzar a mirar con menos complacencia el orden social en el que nos encontramos inmersos. La ausencia de una reflexión seria sobre la exclusión y el maltrato en la feria electoral de estos días es una señal estruendosa de que todavía nos hallamos muy lejos del camino del aprendizaje. A nuestro juicio, las bases que justifican, sostienen y hacen imprescindible la creación de un lugar de memoria deberán pues cumplir con ciertas condiciones y características que esperamos sean tomadas en cuenta. Una vez más, es imperativo escapar del fetichismo de lo material para entender que esas condiciones no se refieren únicamente a las calidades del edificio y de la muestra que este albergará. Toda memoria es un acto de relación humana. Y así, en la creación de un lugar de memoria, el proceso por el cual este se constituye es tan importante como el resultado final. La rememoración colectiva es, por naturaleza, una experiencia de diálogo, una combinación de lenguajes y de experiencias. A esa naturaleza plural y convocante debería responder, también, el futuro espacio de memoria. Pero no se debe confundir diversidad con relativismo ni mucho menos con una repartición de cuotas que satisfagan a los actores que tuvieron responsabilidades por los crímenes del periodo de violencia. Tampoco hay que pensar en una celebración o una exaltación de protagonismos, sino en una conmemoración y un homenaje a quienes fueron las víctimas. Su memoria debe ser el centro del esfuerzo y, también, un doloroso pero efectivo punto de inicio para los aprendizajes que lamentablemente no hemos realizado aún.*Artículo publicado el domingo 6 de marzo del 2011 en el diario La República.

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