01/04/2015

Viernes Santo

SLF-Amnistía InternacionalHoy Viernes de Pasión, los cristianos viven un momento de especial significado dentro de lo que es su experiencia de la Fe. No resulta pues inapropiado formularnos una pregunta que no es en absoluto adjetiva y que adquiere una importancia singular en las celebraciones de la Semana Santa. Tal cuestión es la siguiente: ¿Qué significado tiene la cruz para los cristianos? Se afirma –con razón– que la pasión y resurrección de Jesús de Nazaret constituye el corazón mismo de una historia sagrada de Salvación y que ese solo hecho totaliza de algún modo los contenidos que debemos considerar. Al ocurrir esto, creo, se podría recordar, de modo importante, un mensaje que centrándose en la Pasión se halla también esencialmente vinculado con la vida y doctrina de Quien, finalmente, entrega su vida para redimirnos.  Entiendo que esta suerte de tácita abstracción reduce el centro mismo de la vida religiosa a un fenómeno estrictamente sacrificial: Dios Padre que envía a su Hijo al mundo para de tal modo redimir a los hombres del pecado a través del tormento y la muerte. En esa línea de pensamiento, solamente entonces  el sufrimiento de Jesús –el inocente– haría posible la salvación de la humanidad.

De suceder lo indicado entiendo que corremos el riesgo de no acercarnos realmente a la  vida y a la prédica de Jesús: me refiero a  su afirmación de la caridad entendida como amor esencial y que plenifica el sentido de las Bienaventuranzas, a la expresión inequívoca de su preferencia por los pobres y los vulnerables, a su mensaje en torno al cuidado espiritual del hombre, a su rechazo de la violencia sin excepciones. Todo ello, qué duda cabe,  nos hace entender mejor el sentido de su pasión y muerte. Para reiterarlo y sintetizarlo: Cristo nos planteó el imperativo de la caridad y con ello nos invitó a tomar conciencia de la injusticia que existe a nuestro alrededor, a reconocer que mucho del dolor que contemplamos cotidianamente no proviene del infortunio sino de acciones que tienen su origen en decisiones humanas, a comprender que la exclusión social, la discriminación, la violencia y el odio no son fruto del azar, sino más bien del prejuicio, del trato desigual y de la ausencia de reconocimiento que instalándose  como sentidos comunes en la sociedad, se asientan como prácticas habituales en nuestras instituciones sociales. 

Empatía, solidaridad, justicia son muestras de un amor que nos compromete con la defensa del  que sufre.  Dentro de la óptica cristiana, un ser humano hecho a imagen y semejanza de su creador no debe  entonces vivir marginado, en situación de pobreza o sin libertad. La caridad plantea un  real compromiso con la situación y el destino de los excluidos, es una virtud encarnada en la atención dedicada hacia el sufrimiento de los más débiles y ha de hacerse real en la acción solidaria en su favor al punto en que yo me sienta interpelado y responsable por los otros, por mis hermanos. 

Involucrarse en la situación de los crucificados de hoy, de los estigmatizados y desprotegidos, de eso se trata. Dios no hace distingos entre sus hijos, a todos los ama y quiere que todos ellos  participen de su creación y sus frutos. Por eso pienso que la vida de cada uno, siendo ciertamente personal, encierra un valor universal y es justamente por ello que a través de mi propia existencia, de algún modo, yo coloco en juego a toda la humanidad.

La República