Por: Carlos Piccone Camere (*)
“De ese Dios del que usted habla nunca he sido ateo”
(José María Arguedas a Gustavo Gutiérrez)
Sabia por naturaleza y autodidacta incansable, mi querida abuela, casi centenaria, conserva su lucidez intacta. En los últimos meses ha ido desarrollando, cada vez con mayor finura, cierta capacidad para detectar algunas de las fake news que, minuto a minuto, pululan por el multiverso de la web. Recela especialmente de ciertos canales de YouTube que, después de la misa diaria o del rezo del rosario de Lourdes, el algoritmo suele encadenar de manera automática. “Hay videos que muestran al papa declarando cosas raras”, me dice. Lejana de grupos de WhatsApp y de mensajes “reenviados muchas veces”, intuye, sin embargo, una serie de artificios de fondo y forma: gestos mecánicos, frases trilladas y declaraciones tendenciosas en boca de autoridades políticas y eclesiásticas. “Esas personas no son reales, cholito —me decía—; les falta humanidad”.
Sobre la custodia de la persona humana trata, precisamente, la primera carta encíclica de León XIV. El documento fue firmado el 15 de mayo de 2026, coincidiendo deliberadamente con el 135º aniversario de la promulgación de la Rerum Novarum, de León XIII, piedra angular de la Doctrina Social de la Iglesia. Así como aquella encíclica afrontó las profundas transformaciones provocadas por la revolución industrial y la llamada “cuestión obrera”, León XIV se pregunta por las consecuencias humanas, sociales, políticas y espirituales de la revolución digital y la “cuestión tecnológica” que hoy recorre de par a par el planeta.
Se trata de un documento extraordinariamente rico, de aquellos que merecen ser leídos despacio, subrayados, anotados en los márgenes y retomados una y otra vez. Su lectura invita a recuperar, en cierto modo, la antigua práctica monástica de la ruminatio, mediante la cual los textos sagrados eran meditados con paciencia para extraer de ellos todos sus nutrientes espirituales e intelectuales. Sin embargo, la velocidad con que se transforman nuestras formas de trabajar, estudiar e incluso percibir la realidad convierte la reflexión en una necesidad inmediata. Me limitaré a esbozar un eco del primero de los cinco capítulos: “Un pensamiento dinámico fiel al Evangelio”.
Pastor en el norte peruano durante más de veinte años, uno podría preguntarse si una persona que pasó buena parte de su vida como misionero en el Sur Global y, posteriormente, como obispo de una diócesis discreta era la más indicada para liderar una discusión de esta naturaleza. Sin embargo, más allá de que León XIV sea matemático de formación y haya demostrado estar muy actualizado sobre este y otros temas, la pregunta central de la encíclica no es tecnológica, sino antropológica. El Papa no se pregunta tanto qué podrán hacer las máquinas en el futuro, sino qué tipo de seres humanos queremos seguir siendo nosotros.
El cardenal Prevost no escogió de manera fortuita el nombre de León; al igual que ocurrió con Francisco, su predecesor, el nuevo nombre pronto reveló ser un resumen programático. A su juicio, la Iglesia vuelve a encontrarse ante una transformación histórica de enormes proporciones. En efecto, la ola de la revolución tecnológica parece haberse convertido en un auténtico tsunami, cuyas repercusiones apenas comenzamos a otear. Más allá de las dimensiones técnicas, la IA desencadena una lista larga de oportunidades y amenazas: el bien común versus la concentración del poder; el acceso ilimitado a la información versus las nuevas formas de vigilancia capaces de erosionar la libertad; siempre con el riesgo de que los sectores más pobres y vulnerables terminen pagando los costos de una transformación cuyos beneficios se acumulan en muy pocas manos: “el poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente privado, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común” (n. 5). De ahí que León XIV formule algunas de las preguntas más importantes del documento: “¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?” (n. 6).
Qué acertados y, al mismo tiempo, qué cortos han quedado algunos de los grandes vaticinios con los que intentábamos descifrar el futuro. A comienzos de la década de 1980, Alvin Toffler anunciaba el advenimiento de una “tercera ola”, una revolución tecnológica destinada a transformar el trabajo, la economía y la vida cotidiana, después de las grandes mutaciones producidas por la revolución agrícola y la revolución industrial. Apenas una década más tarde, tras la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, Francis Fukuyama postulaba el célebre “fin de la historia”, convencido de que la democracia liberal y la economía de mercado terminarían imponiéndose como horizonte definitivo de la humanidad. Ya entrado el nuevo milenio, Zygmunt Bauman popularizó la expresión “modernidad líquida” para describir una época caracterizada por la volatilidad de los vínculos, la fragilidad de las certezas y la aceleración permanente del cambio. Asimismo, desde hace un par de décadas, Martha Nussbaum viene advirtiendo a contracorriente, en medio de tantos entusiasmos tecnológicos, que el progreso no puede medirse únicamente en términos de eficiencia o crecimiento económico.
La selección es, desde luego, subjetiva. Los intelectuales nos prestan sus cajas daguerrotípicas para intentar decodificar el mundo que nos rodea. Sin embargo, como pasaba con estos arcaicos artefactos fotográficos, la imagen puede verse como positiva o negativa, dependiendo del ángulo en el que se mire. No sin sesgos y limitaciones naturales, vistos desde el presente, todos ellos parecen compartir una misma intuición: la convicción de que los cambios tecnológicos, económicos o políticos terminarían obligándonos a replantear qué significa ser humano. La propia encíclica convoca autores tan distintos como Romano Guardini, Viktor Frankl, Hannah Arendt o incluso J. R. R. Tolkien: cada uno, desde registros muy diversos, ofrece una luz distinta sobre las ambivalencias y espejismos de su época y de la nuestra.
Magnifica humanitas está muy lejos de representar una reacción temerosa frente al progreso científico. No estamos ante una Iglesia conspiranoica o neoinquisidora que contempla con sospecha cada avance tecnológico. Tampoco ante un documento que coloque en el banquillo de los acusados a investigadores, ingenieros o creadores de startups. Por el contrario, la encíclica reconoce explícitamente las enormes posibilidades que ofrece la inteligencia artificial para la medicina, la educación, la investigación científica y múltiples ámbitos de la vida humana. Ahora bien, el reconocimiento de esos beneficios no implica tampoco un respaldo automático, ingenuo o acrítico.
No deja de resultar significativo que, durante la presentación oficial de la encíclica en el Vaticano, una de las voces más escuchadas haya sido la de Christopher Olah, cofundador de Anthropic y uno de los investigadores más reconocidos en el campo de la inteligencia artificial. Lejos del triunfalismo tecnológico que suele acompañar estas discusiones, Olah reconoció que los propios desarrolladores trabajan bajo presiones económicas, comerciales y geopolíticas que pueden entrar en tensión con el bien común. Entre los desafíos que señaló destacan el impacto de la IA sobre el trabajo y la desigualdad global; el significado de ser humano en una sociedad crecientemente mediada por algoritmos; y la necesidad de discernimiento frente a sistemas cuyo funcionamiento interno continúa siendo, incluso para sus creadores, bastante opaco.
Sin mayor esfuerzo y en cuestión de segundos, la IA permite procesar información, inferir y deducir conclusiones, y resolver problemas. Pero no todo problema humano se resuelve procesando datos. Para eso hace falta sabiduría. No es casual que el verbo latino sapere vincule el saber con el sabor. La información nos permite saber cosas, pero el conocimiento que transforma tiene sabor a verdad, a belleza y a bondad: “el verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa” (n. 16).
Las dos imágenes bíblicas escogidas por León XIV ayudan a comprender el alcance de su propuesta. Por un lado, Babel representa la tentación permanente de absolutizar nuestras propias creaciones. “Evitemos, por tanto, el síndrome de Babel”, escribe el Papa, aludiendo a la idolatría del lucro, a la uniformidad que aplana las diferencias y a la pretensión de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en cálculos, rendimientos y datos (n. 10). Por otro lado, propone el camino de Nehemías, aquel líder que reconstruyó los muros de Jerusalén convocando a una tarea compartida. Frente a la lógica de la dominación, la cooperación; frente a la soberbia tecnológica, la responsabilidad común; frente a la deshumanización, el trabajo paciente de reconstruir vínculos.
La Iglesia está llamada a caminar con la humanidad en lo concreto de la historia y a reconocer que las realidades terrenas poseen “una consistencia y un orden propio” (n. 20). Es una afirmación profundamente conciliar, heredera de Gaudium et spes. Es también una toma de posición frente a ciertas tentaciones recurrentes fuera del cristianismo, pero también en su seno. En efecto, no han faltado quienes han imaginado una Iglesia separada del mundo, refugiada en una supuesta pureza espiritual, desconfiada de la cultura, de la política y de las complejidades de la vida humana. San Agustín conoció bien esa tentación en su enfrentamiento con los donatistas. León XIV, hijo espiritual de Agustín, parece recordarnos que la misión de la Iglesia no consiste en la fuga mundi, huir de la historia, sino en ser luz y sal para ella. No en constituir una élite de seres sin mácula, sino en acompañar a mujeres y hombres concretos en medio de sus contradicciones y altibajos.
En esa misma línea, la encíclica también recuerda que la Doctrina Social de la Iglesia “no pretende sustituir las responsabilidades de la política y de las instituciones, sino que se ofrece como apoyo al discernimiento común” (n. 24). Su función no consiste en imponer soluciones técnicas ni en añorar formas de influencia basadas en el poder. Por el contrario, León XIV afirma que “la comprensión de la verdad como un don que hay que compartir y no como una posesión que hay que reclamar, libera a la Iglesia de la tentación de añorar formas de presencia basadas en el poder” (n. 25).
La humanidad sigue teniendo hambre y sed de Dios, pero no de un Dios aséptico y distante, que toca con guantes nuestra historia. Más bien, de un Dios que no teme ensuciarse las manos con nuestro humus, con esa tierra frágil de la que estamos hechos y a la que tantas veces volvemos. El Dios del que Arguedas decía no haber sido nunca ateo era, precisamente, un Dios capaz de escuchar el llanto del pobre, de consolar en quechua y de acariciar la carne herida de los pueblos.
La encíclica no ofrece respuestas fáciles a problemas extraordinariamente complejos. Tampoco alimenta fantasías apocalípticas ni entusiasmos ingenuos. Al cerrar sus páginas, vuelvo inevitablemente a las reflexiones domésticas de mi querida abuela. A veces, por simple que parezca, una frase dicha con auténtica humanidad puede alcanzar, sin proponérselo, el centro de una discusión planetaria.
(*) Profesor del Departamento Académico de Teología de la PUCP; doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de Londres.



