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Editorial 7 de julio de 2026

Han pasado dos semanas desde los devastadores sismos sufridos por Venezuela y la cifra de víctimas fatales llega a 3500, según el recuento gubernamental. Esa cifra, siendo la más terrible, no es la única que da razón del desastre humanitario que sufre la población venezolana. Las personas desaparecidas superan el número de 80 mil. Y las secuelas de los terremotos tienen amplias y severas repercusiones en materia de salubridad, pobreza, hambre y otras situaciones altamente negativas.

En el lapso transcurrido desde el 24 de junio, las diversas agencias del sistema de las Naciones Unidas se han movilizado para dar respuestas a las más graves consecuencias de la catástrofe. UNICEF, el Programa Mundial de Alimentos, el PNUD, el Fondo Central de Respuesta a Emergencias son algunas de las entidades que actúan desde el primer día sobre el terreno.

Y a eso se tiene que añadir la solidaridad internacional, sobre la cual publicamos un artículo en este número de nuestro Boletín semanal, en el que se examina de manera particular el concepto, el principio y la práctica de la diplomacia de la solidaridad internacional. Desde esta óptica es imperativo realizar todos los esfuerzos de negociación y búsqueda de consensos de manera que las diferencias o incluso las tensiones entre regímenes o gobiernos no sean un obstáculo para que la cooperación en tareas humanitarias se desarrolle y fluya de manera sostenida.

La palabra “cooperación” es de una importancia clave. Desde hace años, según ha ascendido una nueva tendencia nacionalista, principalmente, aunque no únicamente, de signo conservador, el principio de la cooperación ha sido puesto en entredicho. Esa tendencia se ha agravado en los últimos años de manera tal que el principio del “multilateralismo” se ve desafiado por un regreso a la noción de “zonas de influencia”: según este la convivencia internacional debe ser entendida como una rivalidad permanente en la cual las grandes potencias económicas, políticas y militares se enfrentan controlando y movilizando, cuando es necesario, a los países que por razones geográficas u otras son considerados como Estados tributarios o vasallos suyos.

En esta regresión hacia el nacionalismo y la política de potencias, la ONU tiende a ser presentada como una red inoperante y hasta ilegítima de entidades que se superponen a las voluntades nacionales e interfieren con ellas. Sin desconocer los defectos y las permanentes necesidades de mejora del sistema de las Naciones Unidas, la realidad es la contraria a la que presenta esa interpretación conservadora, nacionalista y populista. Tanto las Naciones Unidas como otras plataformas de integración y cooperación multilateral implican posibilidades de movilización coordinada y oportuna para hacer frente a una multiplicidad de problemas: ellas son no las únicas, pero sí algunas de las principales maneras de conferir realidad institucional y práctica al principio de solidaridad y a los ideales humanitarios.

El caso de Venezuela, en medio de la turbulenta historia reciente de esa nación signada por un largo periodo de severo autoritarismo y, ahora, por el directo intervencionismo estadounidense, nos recuerda poderosamente la urgencia de afirmar la solidaridad internacional, sostener la cooperación multilateral, y mantener y perfeccionar los mecanismos institucionales que les dan forma.