Por Laura Balbuena (*)
La denuncia de una presunta agresión sexual contra un adolescente de 16 años durante el traslado en un bus del Liceo Naval Almirante Guise me hizo volver a una palabra que se ha usado para nombrar episodios de violencia sexual colectiva: manada.
En dos casos anteriores, Pamplona (2016) y Palermo (2022), las víctimas de las agresiones sexuales grupales fueron mujeres. En el caso que hoy conmociona al Perú, la víctima es un varón. La diferencia importa porque desmonta una idea todavía frecuente: que la violencia sexual se explica por el deseo hacia la víctima. Los estudios feministas llevan décadas mostrando que puede operar, más bien, como una práctica de poder, dominación y humillación.
Algo más conecta estos casos: la dimensión grupal. La violencia no ocurre solamente entre una persona que agrede y otra que es agredida; ocurre frente a otros, con otros y, en ocasiones, para obtener su reconocimiento. Por eso, la pregunta que me interesa no es únicamente qué lleva a una persona a ejercer violencia, sino qué sucede cuando esa violencia se convierte en una práctica colectiva. ¿Qué hace posible la manada?
Masculinidades frente a otros
Desde mediados de los años ochenta, la socióloga australiana R. W. Connell propone pensar la masculinidad en plural, es decir, como masculinidades. No existe una única manera de ser hombre y las distintas formas de masculinidad se organizan jerárquicamente. Algunas maneras de ser hombre otorgan reconocimiento y poder; otras son subordinadas, ridiculizadas o castigadas. Y esas jerarquías no se aprenden únicamente en casa. La escuela, el deporte, los grupos de amigos y las culturas juveniles son también espacios donde se aprende qué comportamientos son reconocidos como masculinos y cuáles pueden convertir a alguien en objeto de burla.
El sociólogo Michael Kimmel, de la Universidad de Stony Brook, profundiza en la reflexión sobre esa organización jerárquica de las masculinidades. Buena parte de la masculinidad, sostiene, se demuestra ante otros hombres: son ellos quienes observan, evalúan y certifican si otro varón es suficientemente fuerte, valiente o capaz de soportar una prueba. Lo que está en juego es también el temor a ser considerado débil por los propios pares. Competir, resistir, arriesgarse, no mostrar temor o soportar la humillación pueden convertirse así en maneras de demostrar pertenencia.
Asimismo, la manada no es simplemente una suma de individuos que deciden ejercer violencia al mismo tiempo. El grupo puede convertirse en audiencia de esa violencia. Y la audiencia importa.
Eso permite pensar el trabajo de Karen Franklin, psicóloga estadounidense y profesora de la Alliant International University, en San Francisco. Al analizar distintas formas de violencia colectiva, Franklin propone entender ciertas agresiones como una suerte de teatro participativo de la masculinidad: demostraciones públicas mediante las cuales quienes participan obtienen reconocimiento frente al grupo. La violencia cumple entonces más de una función: somete a una persona, produce cohesión entre quienes participan y delimita quién pertenece y quién queda en una posición subordinada.
El precio de pertenecer
El mismo mecanismo puede reconocerse, en una escala distinta, cuando un grupo convierte la capacidad de soportar humillaciones en una prueba de pertenencia. Durante años, como docente universitaria, cuestioné una práctica que estudiantes de ciclos mayores llamaban “bautizo”. Quienes recién ingresaban a la facultad eran sometidos a órdenes, burlas y distintas formas de humillación como parte de una supuesta ceremonia de bienvenida. Mi objeción era sencilla: ¿por qué la incorporación a una comunidad debía comenzar con un acto de sometimiento?
Recuerdo a un estudiante que decidió retirarse del bautizo. Después se burlaron de él. Y allí aparecía con bastante claridad algo que va mucho más allá de aquella experiencia universitaria: los grupos no solo establecen lo que hay que hacer para pertenecer; también pueden establecer el costo de negarse. Si para ser parte hay que aguantar, quien pone un límite corre el riesgo de convertirse en el aburrido, el que “no aguanta”, el que queda fuera.
Años después, otro grupo decidió reemplazar aquel bautizo por una fiesta. Este ejemplo muestra que los rituales grupales no son inevitables: se inventan, se reproducen, se cuestionan y también pueden ser cambiados.
La posibilidad de transformarlos resulta especialmente relevante durante la adolescencia, cuando la pertenencia al grupo adquiere una importancia decisiva. El estudio Ser adolescente en el Perú, coordinado por la psicóloga de la Universidad Católica Nani Pease y desarrollado en el marco de un convenio entre la PUCP y UNICEF, muestra la importancia que adquieren los lazos de amistad en la construcción de la identidad adolescente. Esa centralidad de los pares puede convertir al grupo en un espacio de reconocimiento y pertenencia, pero también de presión y exclusión. Y allí algunas formas de violencia pueden ocultarse detrás de nombres aparentemente inocentes: bromas, juegos, retos.
Aprender a reconocer el límite
Esta reflexión vuelve especialmente importante una pregunta que muchas veces hacemos al revés. Cuando enseñamos sobre consentimiento solemos insistir, con razón, en que cada persona tiene derecho a poner límites sobre su propio cuerpo. Pero el consentimiento no consiste únicamente en aprender a decir no; consiste también en aprender a reconocer el no de otra persona.
El caso del Liceo Naval obliga a pensar todo esto en un contexto concreto: no estamos ante un episodio ocurrido en un vacío institucional. En los últimos días se han difundido registros de múltiples situaciones previas de violencia física, psicológica y sexual entre estudiantes del colegio. Además, al disponer la reorganización de la institución, el propio Estado reconoció oficialmente la existencia de una cantidad significativa de casos de violencia reportados. Estos antecedentes no explican por sí solos la presunta agresión investigada, pero permiten preguntar qué ocurre cuando la violencia, la humillación o el sometimiento empiezan a formar parte de las relaciones entre pares.
Según el testimonio de la víctima que ha sido difundido por distintos medios, esta pidió que se detuvieran. No necesitamos conocer ni reproducir ningún otro detalle de la presunta agresión para formular la pregunta que importa aquí: ¿qué hace un grupo cuando alguien dice basta?
Es allí donde la educación sexual integral adquiere una dimensión que suele perderse en el debate público. Una educación sexual integral no debería enseñarnos solamente a proteger nuestro propio cuerpo. Debería enseñarnos también a reconocer la autonomía del cuerpo ajeno, a identificar situaciones de violencia, a cuestionar la presión del grupo y a intervenir cuando alguien cruza un límite.
Resulta especialmente preocupante que, mientras investigaciones realizadas con adolescentes peruanos muestran que las y los adolescentes demandan educación sexual integral con enfoque de género, este año el Estado peruano haya derogado los lineamientos de ESI vigentes desde 2021.
Quizá una de las preguntas más difíciles no sea qué debe hacer quien está siendo agredido: a esa persona ya le estamos exigiendo demasiado. La pregunta decisiva es qué deben hacer quienes están alrededor.
¿Qué hace un adolescente cuando un amigo humilla a otro? ¿Qué ocurre cuando intervenir significa enfrentarse al propio grupo? ¿Quién enseña que negarse a participar también puede ser una manera de ser valiente? ¿Quién enseña que no basta con no ejercer violencia personalmente cuando la violencia se está produciendo delante de nosotros?
La respuesta a la violencia sexual no puede descansar solamente sobre las potenciales víctimas: no basta con enseñarles a cuidarse, identificar riesgos, poner límites y pedir ayuda. También necesitamos educar a quienes pueden ejercer violencia y, sobre todo, a esa enorme mayoría que alguna vez estará al lado, mirando.
Para que exista una manada no basta con que alguien ejerza violencia; hace falta que los demás no la rompan.
(*) Ph.D. y Magíster en Ciencia Política por The New School for Social Research de Nueva York y Bachiller en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha sido docente de filosofía política y estudios de género en universidades del Perú, Estados Unidos y Canadá, y durante casi veinte años ha trabajado promoviendo el intercambio académico entre el Perú y los Estados Unidos. Su investigación y sus publicaciones exploran las relaciones entre género, política y violencia. Actualmente se encuentra dedicada a la investigación y la escritura.



