07/09/2021

Américo Mendoza-Mori: “una sociedad que se comunica de manera desigual es menos democrática”

Por Juan Takehara (*)

Esta semana, desde el IDEHPUCP, conversamos con Américo Mendoza Mori, académico peruano quien enseña en el Comité de Etnicidad, Migración y Derechos de la Universidad de Harvard, para comprender cómo las lenguas originarias pueden insertarse dentro de las políticas públicas y cómo los ciudadanos debemos darle la importancia debida.

Desde un punto de vista práctico, ¿cómo se justifica la protección de las lenguas originarias?

Si le damos esa mirada práctica, más del 13% de la población habla una de las variedades del quechua, es decir, por lo menos una de cada diez personas en el Perú las utiliza de manera cotidiana. Desde el punto de vista de los servicios que el Estado debe dar al ciudadano, se plantea aquí ya una cuestión de accesibilidad. En general, servir a la población en la lengua que domina es importante para la sociedad. Por otro lado, para quienes hablan únicamente estas lenguas, no poder comunicarse con otras personas que no las hablan significa también perder distintos tipos de oportunidades. Una sociedad que se comunica de manera desigual es una sociedad menos democrática.

¿En qué sentido pierden oportunidades las personas que no son bilingües o cuya lengua materna es su único medio de comunicación?

Si uno trunca el acceso a la educación y desarrollo profesional de un grupo de personas solamente porque desconoce su lengua, pierde la oportunidad de encontrar talento. ¿Cómo podemos tener una población competitiva, con todas sus capacidades desarrolladas, si es que la sociedad no ofrece los recursos para que las personas se desarrollen plenamente, lo cual también incluye la dimensión de la lengua?

Siempre que el tema del quechua se menciona en medios, se recuerda el año 1975, cuando Velasco lo oficializó. ¿Por qué no se mantuvo el interés en su masificación?

Hay que recordar que en ese año en que se oficializó el quechua, Velasco Alvarado fue depuesto por Morales Bermúdez y se entró a una fase distinta del régimen militar. También hubo después una etapa de violencia y terrorismo que generó mucha migración a las ciudades, donde las lenguas originarias no tuvieron un espacio público. Vemos que en la escena pública hay pocas personas que hacen uso de las lenguas originarias, especialmente en las ciudades. Sin embargo, los jóvenes que viven en las urbes ahora tienen una plataforma más amplia para reclamar su herencia cultural. Desde la capital se está visibilizando y tratando de tomar distancia de los estigmas sociales para dar cabida a un uso familiar y social del quechua o el aymara.

“El reto es crear un país que nivele a las personas que hablan lenguas originarias, pero también modificar la estructura del Estado para que un hablante de aymara pueda desarrollarse profesionalmente en su propia lengua.”

Justamente la población quechuablante fue uno de los grupos más afectados en el periodo de violencia.

Así es. El informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación señaló que el 75% de las personas que murieron eran hablantes de alguna lengua indígena. Creo que recordar esto siempre es importante porque a veces, cuando se habla de discriminación lingüística, eso se puede sentir como algo muy abstracto, pero, en realidad, esta exclusión cobró miles de vidas en el país. Pero más allá de esa etapa se mantiene la exclusión a quienes por no hablar español no pueden obtener un trabajo, hacer algún papeleo en una oficina pública o recibir servicios de salud, justicia y educación. Pero, por suerte, como dije antes, las nuevas generaciones vienen demandando un mayor espacio para el uso de las lenguas originarias.

Este es un reclamo que va más allá de lo cultural.

Justamente, la lingüista Virginia Zavala señala que no solamente es una reclamación cultural y de contenido simbólico, sino también política. Es decir que, si bien por un lado hay una reivindicación simbólica, también vemos que hay músicos como Liberato Kani cuya frase es “el quechua es resistencia”. En esta frase breve vemos que se está proponiendo una idea de Perú mucho más expansiva y más diversa, no solamente desde lo simbólico –y, por supuesto, más allá de lo decorativo, como antes se entendía lo simbólico–, sino desde la necesidad de representación política y de inclusión. A nivel regional, Ecuador ha incluido en su constitución terminología en lenguas originarias, por ejemplo cuando se establece que la pachamama es sujeto de derechos. Incluir un término en quechua es importante porque las palabras también tienen cargas de conocimiento y de cultura. Por eso todavía decimos carpe diem o déjà vu en vez de utilizar su traducción al español porque sabemos que esa palabra también incluye la herencia cultural del grupo que la produce. Esta visibilización política puede darse de esa manera.  En el caso de Perú, el reto es crear un país que nivele a las personas que hablan lenguas originarias, pero también modificar la estructura del Estado para que un hablante de aymara pueda desarrollarse profesionalmente en su propia lengua.

Cuando se demanda la difusión del quechua en el sistema educativo, hay quienes aducen que eso no es tan importante como enseñar otras lenguas como el inglés. ¿Qué diría usted sobre eso?

Suena hasta obvio decirlo, pero es importante mencionarlo en la actual coyuntura: difundir el quechua no va en desmedro del español ni mucho menos de lenguas extranjeras. Se viene generando una falsa dicotomía según la cual invertir en quechua es ir en contra de la enseñanza de una lengua global como el inglés, y eso no tiene mucho sentido desde la lingüística porque las personas tienen la capacidad de vivir en una sociedad multilingüe como ya ocurre en muchos lugares como en Europa.

Una forma para difundir las lenguas es también a través de la cultura popular.

Las lenguas están atadas a una narrativa y a un prestigio. Cuando pensamos en aprender francés lo conectamos con la torre Eiffel, cierto tipo de arte, de comida, de música y que finalmente aprender esta lengua nos va dar acceso a todo ello. Con el quechua se están también creando espacios; además de Liberato también está Renata Flores, una joven que hace música pop en quechua y que está rompiendo estigmas de la lengua. En distintos países, el Estado tiene un rol muy fuerte en las industrias culturales. Por ejemplo, acabamos de ver las olimpiadas en Japón y el uso de música popular, videojuegos, ánime, danzas, etc. que evidencia una maquinaria de difusión cultural. Estados Unidos utilizó a Hollywood como una herramienta para difundir no solo sus historias sino la preeminencia de su lenguaje para luego volverse lengua franca. La tarea es finalmente mejorar el prestigio lingüístico de nuestras lenguas originarias.

(*) Integrante del área de Comunicaciones.


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