01/06/2011

"Ningún modelo económico puede ser satisfactorio si al mismo tiempo mantiene tantas injusticias"

Salomón Lerner Febres, presidente del IDEHPUCP y rector emérito de nuestra Universidad, opina sobre la necesidad de “humanizar” el actual modelo económico, así como de dotar a la economía de responsabilidad social y moral con el resto del país que no siente los beneficios del crecimiento macroeconómico. Aquí reproducimos su artículo publicado este fin de semana en La República.

Humanizar el modeloPor Salomón Lerner Febres (*)

Un estribillo de la campaña electoral que está por llegar a su desenlace ha sido aquel que llama a “defender el modelo”. Esa fórmula verbal, como muchas de las que imperan en nuestro discurso público, es en realidad bastante pobre como expresión de un proyecto político; ella parece centrarse en la idea de que el Perú ha llegado a una cierta forma de ordenar sus asuntos económicos de la cual solamente cabe esperar un progreso inercial: se supone que estando todos los factores e ingredientes dispuestos para propiciar el crecimiento económico, no corresponde hacer nada más que observar el avance natural de ese esquema de cosas, casi del mismo modo en que se observa germinar a una semilla y crecer a una planta. “Si no está averiado, no lo arregles”, reza uno de esos lemas recurrentes del folclor empresarial, y tal parece ser el espíritu que subyace a esta convicción tan férrea, y tan ampliamente difundida, sobre la intangibilidad de esa política económica vigente desde hace más de veinte años y que abreviadamente se conoce como “el modelo”.

El problema, como es bastante comprensible para quien dé un paso atrás y sopese las realidades que existen detrás de las palabras, es que el modelo sí está averiado. Decir esto no significa, obviamente, pronunciarse en contra del libre mercado y de los esenciales equilibrios macroeconómicos que hacen de nuestro país un entorno confiable; mucho menos implica desconocer que la base de cualquier desarrollo humanizador en el Perú exige mantener, profundizar y diversificar nuestras fuentes y estrategias de creación de riqueza. Pero así como existe grosso modo un consenso liberal en el manejo de nuestra economía, lo cual ha supuesto un aprendizaje de sectores antiguamente estatistas o sencillamente antiempresariales, también sería muy saludable que las elites económicas y políticas se avinieran a hacer un reconocimiento básico: ningún modelo de gestión económica puede ser considerado satisfactorio, ni mucho menos intangible, si al mismo tiempo que celebra su éxito genera o reproduce o mantiene o tolera tantas injusticias flagrantes.

El Perú, que es hoy aproximadamente el doble de rico en términos generales de lo que era hace poco más de una década, sigue siendo un país altamente injusto. Y no es aceptable caer en la cómoda ficción de pensar que el manejo económico no puede ser evaluado “técnicamente” (otra muletilla del habla pública de hoy) a contraluz de sus fracasos sociales. La realidad, para quienes se deciden a mirarla de frente, sin subterfugios, es que el crecimiento económico de una década de duración convive, al parecer sin mayores conflictos de conciencia, con injusticias inaceptables.

Hablar de la pobreza en general como evidencia de esa contradicción puede no ser muy convincente para los entusiastas a rajatabla de un modelo intocable. Después de todo, la pobreza es un fenómeno difuso, diseminado a lo largo y ancho del territorio nacional, y no se puede esperar razonablemente que desaparezca en un plazo breve y fijo. Serviría más hablar, para evidenciar ese rasgo mórbido del modelo, de la situación de la población de Puno durante estos diez años.

Cada vez que se aproxima la temporada de frío intenso en esa región, el gobierno nacional y el gobierno regional reaccionan como simulando sorpresa y estupefacción. Lo mismo el resto de la sociedad. Cada vez que esa época del año llega se promueven campañas solidarias de recolección de abrigos y mantas para los ciudadanos puneños. Y cada vez que todo ello ocurre, una cantidad inaceptable de niños puneños mueren por causa de enfermedades asociadas al inclemente clima de esa temporada; ello sin mencionar a los adultos que también son víctimas, así como a las pérdidas de los pocos bienes que dichas familias poseen.La persistencia de ese drama año tras año, al compás del crecimiento económico del país, es el síntoma más elocuente de una distorsión de nuestro ordenamiento político y también económico. Necesitamos acercar economía y moral, lo cual implica superar algunos de esos lugares comunes que veinte años de celebración acrítica del mercado han inoculado en el habla pública peruana: la noción del “chorreo”, la arrogancia empresarial que se siente eximida de toda consideración moral y responsabilidad social, la tendencia a ver muertes predecibles de los habitantes más indefensos del país como un costo que vale la pena para llegar al desarrollo.(*) Presidente del IDEHPUCP y rector emérito de la PUCPNota: Esta es la reproducción del artículo publicado el 29 de mayo del 2011 en el diario La República.

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