Por Kathy Subirana Abanto (*)
Steven Levitsky lleva más de dos décadas estudiando las democracias latinoamericanas, sus crisis y sus procesos de erosión. Desde la Universidad de Harvard ha seguido con atención la evolución política del Perú, un país que considera un caso extremo de debilidad institucional y fragmentación partidaria.
En esta conversación, el politólogo estadounidense analiza el escenario que deja la segunda vuelta electoral, la transformación del fujimorismo en una fuerza de derecha consolidada, el progresivo debilitamiento del antifujimorismo y los desafíos que enfrentaría una eventual oposición democrática. A su juicio, el principal problema no es solo quién gana la elección, sino la capacidad que podría tener el nuevo gobierno para concentrar poder en un contexto de instituciones frágiles y partidos debilitados.
¿Cómo ve este panorama de segunda vuelta con resultados todavía muy ajustados? A diferencia de otras oportunidades, parece que el fujimorismo está manteniendo cautela. ¿Esa cautela indica que no habrá una reacción como las que vimos en el pasado o se debe simplemente a que el resultado sigue siendo muy estrecho?
No estoy seguro. Es posible que el fujimorismo esté manejando la misma información que nosotros, especialmente sobre el voto en el exterior, que podría favorecer a Fujimori. Desde el día anterior ya era evidente que, si uno observaba las actas pendientes de contabilizar, Fujimori tenía una alta probabilidad de ganar. Así que esa calma puede deberse a que siempre confiaron en esa intuición, pero no lo sé con certeza.
¿Cree que esta es la elección en la que Keiko Fujimori tenía más posibilidades de ganar?
Siempre ha tenido posibilidades porque siempre se enfrentó a rivales muy débiles en segundas vueltas. Kuczynski fue un buen ministro, pero no un buen político. Castillo fue un candidato terrible. Y Sánchez también es un candidato relativamente débil, además de cargar con el desgaste del gobierno de Castillo, quien intentó un autogolpe. Eso pesaba mucho sobre su candidatura.
El problema es que ella sigue siendo una mala candidata, una candidata muy impopular que no ha aprendido a hacer política de manera efectiva. Aun así, esta vez tenía enfrente a un candidato que probablemente era incluso menos popular que ella.
Hoy vemos personas que antes eran abiertamente antifujimoristas apoyando al fujimorismo e incluso poniendo su imagen a su disposición. ¿Cree que el antifujimorismo se ha debilitado con los años?
Sí y no. Keiko Fujimori ha mantenido prácticamente el mismo rendimiento electoral en las últimas elecciones: llega a segunda vuelta y obtiene alrededor del 50% de los votos. No veo un cambio dramático en el que de pronto tenga un respaldo abrumador.
La mitad del país sigue estando en contra de ella. Pero es cierto que el fujimorismo ha cambiado. Ya no es el movimiento personalista alrededor de Alberto Fujimori ni está marcado por el contexto de los años noventa. Han pasado más de treinta años, Alberto Fujimori ya no está y muchas figuras de la época de la resistencia posterior a la caída del régimen han perdido influencia. Así, nuevas generaciones votan sin haber vivido la época del conflicto armado interno o la época en las que gobernó Alberto Fujimori acompañado de poderes políticos, económicos y hasta militares y que no vivieron los conflictos políticos de los años noventa y comienzos de los 2000.
El fujimorismo se ha convertido en un partido de derecha —para mi gusto, demasiado iliberal— con vínculos con actores corruptos e incluso criminales, pero que representa a un sector importante de la derecha peruana. El clivaje fujimorismo-antifujimorismo inevitablemente se va debilitando con el tiempo, sobre todo cada cinco años. Y no solo eso, sino que también la clase política, la sociedad civil y los movimientos cívicos democráticos se han debilitado.
Si Fujimori gana, será una prueba muy seria para la oposición antifujimorista, pues tendría que luchar como no ha luchado en muchos años. Si bien los antifujimoristas han logrado contener al fujimorismo en las últimas elecciones, ahora la amenaza estaría en el poder. Fujimori controlaría el Ejecutivo, tendría peso en el Congreso y, como sabemos, influencia en otras instituciones, incluido el Poder Judicial, las autoridades electorales y sectores de las fuerzas armadas y de seguridad. Además, contaría con un gobierno amigo en Washington bajo Donald Trump.
Eso le daría la posibilidad de consolidar mucho poder, y la oposición tendría que organizarse y trabajar de manera mucho más seria si quiere defender derechos básicos y un sistema competitivo en el Perú.
Usted ha dicho que el fujimorismo se ha convertido en un partido claramente de derecha. Sin embargo, esa derecha sigue fragmentada y no logra consolidarse plenamente. ¿A qué atribuye esa fragmentación?
Es que el sistema de partidos peruano colapsó hace más de una generación, en los años noventa. Desde entonces, los partidos han sido principalmente organizaciones electorales y vehículos personales. El fujimorismo, comparado con partidos de otros países, sigue siendo relativamente pequeño, aunque más fuerte que la mayoría de los demás partidos peruanos. Esa debilidad estructural produce inevitablemente fragmentación que se refleja en la izquierda, el centro liberal y también en la derecha. Y la fragmentación debilita cualquier fuerza política.
Pero en el Congreso sí hemos visto coincidencias entre distintos sectores de derecha. ¿Por qué entonces cuesta tanto construir alianzas más sólidas, incluso en una segunda vuelta?
Porque no son verdaderos partidos, sino organizaciones personalistas. Trabajan más para el liderazgo de un individuo que para un proyecto colectivo. Por eso la cooperación suele ser volátil y difícil. Si Keiko Fujimori llegara al gobierno y tuviera un desempeño al menos mediocre, tendría la oportunidad de consolidar una fuerza de derecha más unificada bajo su liderazgo, precisamente porque concentraría mucho poder.
Uno de los argumentos de muchos votantes no fujimoristas para apoyar a Keiko Fujimori fue la economía: la idea de priorizar la estabilidad económica incluso por encima de otras preocupaciones democráticas. ¿Cómo ve usted esa dicotomía entre economía y derechos?
Es complicado. Es bastante común que muchas personas terminen votando por figuras autoritarias o potencialmente autoritarias porque prefieren su programa económico o creen que les beneficiará materialmente. En Estados Unidos, por ejemplo, mucha gente apoyó a Trump en 2024 porque esperaba menos impuestos o mejores resultados económicos, pese al intento de golpe del 2021, con el asalto al Capitolio. Y esto se repite en diversos países, mucha gente termina apoyando a figuras autoritarias o potencialmente autoritarias porque prefiere su programa económico o sus políticas. Para mí eso refleja una democracia que no goza de buena salud. Es una actitud cortoplacista y, en cierto sentido, trágica.
Ahora bien, el caso peruano es más complejo que el de Estados Unidos. Allí Trump era claramente un candidato autoritario frente a una candidata comprometida con la democracia. En el Perú, ni Fujimori ni Sánchez son grandes demócratas. Esa es la realidad incómoda. Tanto en 2021 como en 2026 las dos candidaturas tenían rasgos autoritarios o, al menos, no plenamente democráticos. Eso permitió a quienes votaron por Fujimori por razones económicas argumentar que el otro candidato tampoco representaba una defensa clara de la democracia.
Desde mi perspectiva, lo más positivo de Sánchez para la democracia era precisamente su debilidad: no tenía la fuerza para desmontar el sistema democrático. Por eso lo consideraba una mejor opción para la democracia, no porque estuviera profundamente comprometido con ella.
(*) Periodista y responsable de prensa del IDEHPUCP



