Por Laura Balbuena (*)
¿Qué significa realmente elegir?
Solemos pensar que una decisión es libre simplemente porque nadie obliga a una persona a tomarla. Sin embargo, la filosofía política distingue entre la libertad formal —tener el derecho de elegir— y la libertad efectiva, es decir, contar con las condiciones materiales, económicas, jurídicas y sociales que hacen posible ejercer esa elección. En otras palabras, no basta con que una opción exista en teoría; es necesario que las personas tengan alternativas reales para decidir entre distintos proyectos de vida.
Dicho de otro modo, no es lo mismo una mujer que elige quedarse en casa que una mujer que no tiene alternativas reales para construir un proyecto de vida distinto. Esta distinción resulta especialmente útil para analizar uno de los fenómenos más comentados de las redes sociales en los últimos años: las tradwives o «esposas tradicionales».
Más que un grupo homogéneo, las tradwives constituyen un fenómeno digital que combina una estética cuidadosamente construida con la reivindicación —en distintos grados— de un modelo tradicional de familia y de roles de género. Sus videos muestran cocinas impecables, panes recién horneados, hijos e hijas sonrientes y una aparente tranquilidad doméstica que contrasta con el ritmo acelerado de la vida contemporánea.
Para algunas personas, representan un peligroso retroceso para los derechos conquistados por las mujeres. Para otras, son simplemente mujeres ejerciendo la libertad de elegir la vida que desean. Pero quizá ambas posiciones parten de una misma limitación: reducen el debate a la decisión individual, cuando la pregunta realmente importante sería otra: ¿en qué condiciones una elección puede considerarse verdaderamente libre?
No todas las tradwives representan el mismo fenómeno. Algunas simplemente comparten una decisión personal sobre cómo desean organizar su vida familiar. Otras han convertido esa estética doméstica en un negocio altamente rentable a través de las redes sociales. Existe también una vertiente más conservadora que reivindica un regreso a roles de género rígidos y a un ideal de familia inspirado en las décadas de 1950 y 1960.
Es precisamente esta última visión la que merece una reflexión más profunda. Idealizar el modelo de familia de los años cincuenta implica romantizar una época en la que muchas mujeres carecían precisamente de aquello que hace posible una elección libre: autonomía económica, reconocimiento jurídico y alternativas reales. No se trata de cuestionar el valor del trabajo doméstico y de cuidados, sino de recordar que, históricamente, ese trabajo estuvo acompañado por una profunda dependencia económica y jurídica.
El debate adquiere un significado distinto cuando se traslada a contextos donde las desigualdades estructurales siguen condicionando las oportunidades de las personas. Analizar este fenómeno desde América Latina permite observar con mayor claridad los límites de entender la libertad únicamente como una decisión individual.
En el Perú, las condiciones para ejercer una autonomía económica siguen siendo profundamente desiguales. Según el Instituto Peruano de Economía (IPE), ocho de cada diez hombres en edad de trabajar participan en el mercado laboral, mientras que solo seis de cada diez mujeres lo hacen. A ello se suma una brecha salarial promedio de 27,2%. En otras palabras, por cada sol que percibe un hombre en promedio, una mujer recibe apenas 73 céntimos. Incluso cuando se comparan hombres y mujeres con características similares, la brecha persiste. Esa diferencia no es únicamente una cifra económica: condiciona la autonomía con la que muchas mujeres pueden construir, sostener o redefinir sus proyectos de vida.
La maternidad profundiza aún más estas desigualdades. De acuerdo con el IPE, cuatro de cada diez mujeres dejan de trabajar tras el nacimiento de su primer hijo o hija y, una década después, esa proporción prácticamente no ha cambiado. Paralelamente, la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (INEI) muestra que las mujeres dedican 35 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, frente a 15 horas en el caso de los hombres.

La incorporación de las mujeres al mercado laboral fue, sin duda, una conquista histórica. Sin embargo, esa conquista no vino acompañada de una redistribución equivalente del trabajo de cuidados. Para muchas mujeres, ingresar al mercado laboral no sustituyó esas responsabilidades: simplemente significó asumir ambas. La promesa de autonomía económica vino acompañada, para millones de mujeres, de una doble jornada.
Quizá sea precisamente ese agotamiento el que explique parte del atractivo del discurso de las tradwives. No necesariamente porque millones de mujeres deseen renunciar a su autonomía económica, sino porque el modelo actual tampoco ha logrado redistribuir de manera más justa el trabajo de cuidados.
Sin embargo, aquí aparece una paradoja difícil de ignorar. Muchas de las figuras más conocidas del movimiento tradwife no dependen exclusivamente del ingreso de sus esposos. Son creadoras de contenido, administran marcas personales, firman contratos publicitarios y generan ingresos significativos gracias a las mismas plataformas digitales donde promueven un ideal de dedicación exclusiva al hogar. Paradójicamente, la imagen de la esposa tradicional suele sostenerse mediante una actividad empresarial profundamente contemporánea.
En los últimos años han comenzado a aparecer las llamadas deconstructed tradwives: mujeres que anteriormente promovían este estilo de vida y que, tras divorcios u otras experiencias personales, han revisado críticamente las consecuencias de la dependencia económica que experimentaron. Estos testimonios no demuestran que dedicarse al hogar sea un error. Lo que ponen de manifiesto es la vulnerabilidad que puede generar la pérdida de autonomía económica cuando desaparecen las condiciones que la hacían posible.
Nada de esto significa que dedicarse al cuidado del hogar o de hijos e hijas sea una decisión equivocada. La libertad de elegir quedarse en casa solo puede entenderse plenamente cuando existe también la posibilidad efectiva de elegir no hacerlo. Del mismo modo, desarrollar una carrera profesional solo es verdaderamente libre cuando esa decisión no implica asumir en solitario el costo del trabajo de cuidados. La discusión, entonces, no debería centrarse en cuál de estos modelos representa la «buena» elección, sino en garantizar que ambas puedan ser decisiones auténticamente libres.
El debate sobre las tradwives nos recuerda que las decisiones individuales nunca ocurren en el vacío. Elegir quedarse en casa puede ser una expresión de libertad. También puede no serlo. La diferencia no reside en la decisión misma, sino en las condiciones que la hacen posible. Una sociedad verdaderamente libre no es aquella en la que las personas tienen más opciones en teoría, sino aquella en la que cuentan con las condiciones materiales que les permiten convertir esas opciones en proyectos de vida auténticamente elegidos.
(*) Doctora en Ciencia Política por la New School for Social Research of New York



