Por Laura Balbuena (*)
Cada 6 de julio el Perú celebra el Día del Maestro en conmemoración de la fundación de la primera Escuela Normal de Varones, creada por José de San Martín en 1822. Es una fecha destinada a reconocer la labor de quienes han dedicado su vida a la enseñanza y a recordar el papel de la educación en la construcción del país.
Sin embargo, detrás de esta efeméride existe una paradoja que rara vez nos detenemos a observar. La primera Escuela Normal de Mujeres con carácter oficial y permanente fue creada recién en 1876, durante el gobierno de Manuel Pardo, cincuenta y cuatro años después de la institución destinada a formar maestros varones. ¿Qué nos dice esta diferencia sobre la manera en que la República imaginó la educación, la ciudadanía y el lugar de las mujeres en la vida pública?
Las efemérides no solo recuerdan aquello que una sociedad decide celebrar; también revelan aquello que durante mucho tiempo permaneció fuera de su memoria. La memoria pública también construye ciudadanía. Las fechas que elegimos conmemorar —y la manera en que las contamos— expresan qué historias consideramos centrales para comprender nuestro pasado. En este caso, el Día del Maestro nos invita a recuperar una historia que suele quedar en segundo plano: la de las mujeres que contribuyeron a construir el sistema educativo peruano y, con él, nuevas posibilidades de ciudadanía para otras mujeres.
Esa diferencia de cincuenta y cuatro años revela que la República reconoció tempranamente la importancia de formar ciudadanos, pero tardó mucho más en incorporar a las mujeres como protagonistas plenas de educación, trabajo y ciudadanía.
Conviene, sin embargo, evitar una lectura anacrónica. La Escuela Normal de Mujeres no fue concebida como un proyecto de emancipación femenina. Su objetivo era formar maestras que educaran a las niñas dentro de los valores que la República consideraba propios de la feminidad. Sin embargo, al profesionalizar la enseñanza femenina, abrió un espacio que permitió a miles de mujeres acceder a la educación, al trabajo remunerado y, progresivamente, a una presencia más activa en la esfera pública.
Esta tensión resulta especialmente reveladora. Una institución creada para reproducir un determinado ideal de mujer terminó generando condiciones que, con el paso de las décadas, ampliaron las posibilidades de participación femenina en la vida pública. La historia de la educación muestra así que las instituciones pueden producir efectos que trascienden los objetivos para los cuales fueron creadas.
La construcción del magisterio femenino tampoco fue un proceso uniforme ni exclusivamente limeño. Se desarrolló a través de iniciativas estatales, proyectos educativos regionales y el trabajo de educadoras e intelectuales que, desde distintos espacios, ampliaron las posibilidades de acceso de las mujeres al conocimiento y a la vida pública.
En el Cusco, Trinidad María Enríquez comprendió tempranamente que el acceso al conocimiento no podía seguir siendo un privilegio concentrado en Lima. En 1870 fundó el Colegio Superior para Mujeres, ofreciendo a las jóvenes del sur andino una formación científica que les permitiera aspirar a estudios superiores y a una participación más activa en la sociedad. Su legado suele recordarse por haber sido la primera mujer en ingresar a una universidad peruana; sin embargo, también merece ser reconocido por haber concebido la educación como un instrumento de transformación social y por haber contribuido a descentralizar las oportunidades educativas para las mujeres.
En Lima, Teresa González de Fanning cuestionó una educación femenina orientada casi exclusivamente a formar esposas y madres. Su propuesta defendía una formación científica y práctica que permitiera a las mujeres acceder al trabajo remunerado y alcanzar mayor autonomía económica. Años después, Elvira García y García consolidaría la profesionalización del magisterio femenino, contribuyendo a otorgar identidad propia a una labor que durante mucho tiempo había sido entendida como una extensión de las responsabilidades domésticas.
Junto a ellas, otras intelectuales ampliaron el debate sobre la educación más allá de las aulas. Clorinda Matto de Turner y Mercedes Cabello de Carbonera utilizaron la prensa, la literatura y el ensayo para defender una educación más amplia para las mujeres y cuestionar las limitaciones impuestas por una sociedad que reservaba la ciudadanía plena para los hombres. A inicios del siglo XX, las ideas que comenzaron a circular en la prensa y en los círculos intelectuales encontrarían una expresión política más explícita en la obra de María Jesús Alvarado, quien daría un paso adicional al promover la coeducación (los colegios mixtos), defender la educación de los sectores populares y vincular explícitamente la igualdad educativa con una sociedad más democrática e inclusiva.
La educación comenzaba así a convertirse no sólo en un espacio de instrucción, sino también en un terreno desde el cual era posible discutir el tipo de ciudadanía que la República estaba dispuesta —o no— a reconocer a las mujeres.
La propia organización de la Escuela Normal de Mujeres revela otra dimensión de este proyecto. Muchas de sus alumnas estudiaron gracias a becas asignadas a los distintos departamentos del país con el compromiso de regresar posteriormente a sus lugares de origen para ejercer la docencia. El propósito era dotar de maestras a las escuelas públicas que comenzaban a establecerse fuera de Lima. Aquellas primeras normalistas llevaron educación a provincias, contribuyeron a fortalecer un sistema educativo nacional y ampliaron el acceso de miles de niñas a la instrucción pública. La descentralización educativa no fue únicamente una política administrativa; también fue una forma de extender las posibilidades de ciudadanía hacia regiones históricamente alejadas de la capital.
No resulta casual que, décadas después, el debate sobre el sufragio femenino estuviera estrechamente vinculado con la educación. Durante años, uno de los argumentos utilizados para negar el voto a las mujeres fue su supuesta falta de instrucción. La ampliación del acceso a la educación secundaria, universitaria y profesional fue desmontando progresivamente ese argumento y fortaleciendo la idea de que las mujeres debían participar plenamente en la vida política del país.
Resulta significativo que las dos instituciones fundacionales de la formación docente peruana continúen existiendo bajo formas distintas. La Escuela Normal de Varones dio origen a la actual Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, La Cantuta. La Escuela Normal de Mujeres evolucionó hasta convertirse en la actual Escuela de Educación Superior Pedagógica Pública Monterrico. Ambas forman parte de la historia de la educación peruana y recuerdan que la construcción de la ciudadanía no fue un proceso lineal ni igual para hombres y mujeres.
Recordar a las maestras pioneras no implica sustituir la efeméride, sino ampliar su significado. La historia de la educación también es la historia de la ciudadanía. Mirar nuevamente el Día del Maestro desde las mujeres nos permite comprender con mayor complejidad cómo se construyó la República y reconocer que la expansión de la educación femenina fue una de las condiciones que hicieron posible la ampliación progresiva de los derechos y de la participación de las mujeres en la vida pública.
(*) Doctora en Ciencia Política por la New School for Social Research of New York



