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Análisis 14 de julio de 2026

Por Fernando Bravo Alarcón (*)

A las complicaciones políticas que el Perú tendrá que procesar este 2026 se añaden perturbaciones hidro climáticas que, una detrás de otra, ya se están manifestando moderadamente en el territorio con vistas a acentuarse en los próximos meses. En una suerte de carrera de relevos, el Niño Costero pasará la posta al Niño global, situación en la que, por los antecedentes, las apuestas no corren en favor del país.

Ya se conocen los desgarradores perjuicios que tales trastornos significan para la infraestructura física y los medios de vida de muchísimos peruanos, que seguramente repetirán las terribles imágenes de pérdidas, destrucción, miedo y desasosiego, típicas de una sociedad donde la prevención y la gestión de riesgos y desastres no van más allá de sesudas mesas de trabajo y pulcros documentos de difusión que solo leen sus emisores.  

Lo que también debe ser abordado como respuesta a los esperados golpes gatillados por los Niños son las inquietantes condiciones de los recursos hídricos en nuestro territorio, los cuales, como se sabe, se hallan atravesados por graves problemas como son el déficit de infraestructura, la deficiente gestión del agua, la disminución de fuentes acuíferas, el desigual acceso al agua potable y el alarmante retiro de la cobertura nevada en los picos andinos.

Es cierto que los desmanes de El Niño pueden afectar canales, reservorios, tuberías matrices, etc. Sin embargo, hay otro flanco débil que la ciencia ha resaltado: el calentamiento del mar y la intensificación de las lluvias aceleran el derretimiento de la masa glaciar disponible en las ya pocas cordilleras que aún la poseen. Dicho de otra manera, conforme los episodios de El Niño se hagan más frecuentes e intensos por causa del cambio climático, la consiguiente pérdida de hielo afectará la disponibilidad de agua y agudizará el deterioro de su calidad. Un informe del Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña afirma: “Durante la ocurrencia de El Niño, las precipitaciones en las zonas glaciares disminuyen, lo que se traduce en nevadas débiles, esporádicas e insuficientes para mantener un alto albedo de los glaciares. Además, las velocidades del viento son bajas y la cobertura de nubes disminuye. Estas condiciones intensifican la pérdida de masa glaciar”[1]. A esta condición de fondo se suma la letal presencia del llamado carbono negro, un tipo de material particulado proveniente de erupciones volcánicas o de la quema de combustibles fósiles que, al caer en las superficies nivales, agrava el derretimiento.  

Ahora bien, la cadena de problemas no queda allí, pues otro proceso concatenado es la aparición de más lagunas de origen glaciar: entre 1985 y 2025, su superficie pasó de 2.450 a 3.740 hectáreas, lo que representa un aumento del 52%, según un reciente informe de la red MapBiomas Agua Perú[2].

Este incremento por supuesto que implica una significativa modificación de la dinámica hidrológica de los ecosistemas altoandinos, lo que obligará a medidas de adaptación, mayores inversiones de infraestructura, pero sobre todo a actualizar la gestión del riesgo en dichos espacios, pues en la medida que los cuerpos de agua adquieran más volumen, varios de ellos pueden constituirse en potenciales amenazas para los centros poblados ubicados en las zonas circundantes a sus quebradas de desfogue. Uno de los casos bastante mencionado por otros estudios es la laguna de Palcacocha, ubicada a unos 23 kilómetros al este de Huaraz, que ya tiene el antecedente de haberse desbordado y abatido contra esta ciudad en 1941. Aunque las instituciones especializadas monitorean Palcacocha y las autoridades locales han manifestado su inquietud respecto a su eventual desborde, todavía no se ha logrado minimizar el riesgo pues restan medidas más contundentes y definitivas. Dicho sea de paso, Ancash concentra la mayor superficie de lagunas glaciares del país, con 1.227 hectáreas, de acuerdo al ya mencionado reporte de MapBiomas Agua Perú.

Como se observa, si bien la gran diversidad biológica y geográfica de nuestro territorio puede ser percibida como un interesante activo, también significa desafíos de diverso orden que nos ponen a prueba. Lo cierto es que, como sociedad, aún estamos muy lejos de tener un desempeño mínimamente aceptable en la gestión de los recursos hídricos, de los desastres y del cambio climático. Una sociedad que enfrenta periódicamente a episodios de El Niño, que es altamente sensible frente al calentamiento global o que tiene al 70% de su población asentada en zonas áridas, ya debería esbozar estrategias que estén a la altura de estas difíciles condiciones.

En esta coyuntura de El Niño, si bien la ciencia ya puso la evidencia, no hay muchos motivos para creer que la política pondrá la estrategia y la eficiencia. Con una actual y fantasmal gestión gubernamental de salida, con un nuevo gobierno que no gozará de “luna de miel” y con un recambio de autoridades regionales y municipales para fin de año, las perspectivas se perfilan poco auspiciosas. Quedan, sin embargo, algunos pocos meses en los que es posible ejecutar acciones y coordinaciones clave que trasciendan la rotación de autoridades, donde se demuestre que la gestión pública nacional al menos logra continuidad frente a urgencias de las que estamos advertidos.

Con cierta razón se prevé que la actitud de la entrante gestión gubernamental estará marcada por la confrontación y la revancha. Existe ese riesgo, pero también es verdad que la emergencia climática la obligará a ser convocante, dialogante e inclusiva. Algo se habrá aprendido de la tregua política que abrió el Niño Costero de 2017.  Así como una amenaza natural provoca justificados temores, ojalá su manejo político no reproduzca conocidos errores.

(*) Sociólogo y docente de la PUCP


[1] Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (2025). Retroceso glaciar en los andes peruanos durante las últimas seis décadas. INAIGEM. Huaraz, Perú, p. 44.

[2] https://peru.mapbiomas.org/coleccion-4-de-mapbiomas-agua-peru/