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Análisis 4 de agosto de 2026

Por Carlos Piccone Camere (*)

Si con arrodillarse
esta semilla estéril
se abriera

Dolores Castro Varela

El reciente estreno de La odisea en la versión cinematográfica de Christopher Nolan ha devuelto a la conversación pública, más allá de las críticas que ha suscitado, una de las imágenes más perdurables de la cultura occidental, la del regreso de Odiseo a la añorada Ítaca, movido por el amor a Penélope y Telémaco y por el deseo de recuperar su hogar. También la Iglesia peruana atraviesa una odisea. Su Ítaca es la fidelidad a su esencia evangélica, que coloca en el centro la dignidad de cada persona. Volver a ella supone también pasar por naufragios, tentaciones, pérdidas y largos desvíos.

El 23 de mayo de 2026 ocurrió en Catacaos una escena que pasó relativamente inadvertida,  pero que merecería permanecer en la memoria eclesial. En la parroquia de San Juan Bautista, representantes de la jerarquía eclesiástica se arrodillaron ante campesinos y campesinas del pueblo originario Tallán para pedir perdón por los despojos, la criminalización, los hostigamientos y otras vulneraciones de derechos cometidas por integrantes del Sodalicio de Vida Cristiana y por empresas vinculadas con él.

Estuvieron presentes los cardenales Carlos Castillo Mattasoglio, arzobispo de Lima, y Pedro Barreto, arzobispo emérito de Huancayo; los arzobispos Luciano Maza, de Piura, y Alfredo Vizcarra, de Trujillo; y monseñor Jordi Bertomeu, funcionario del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y comisario apostólico para la fase de disolución del Sodalicio. Bertomeu reconoció ante la comunidad que la Iglesia debería haber acudido veinte años antes.

La escena mostraba a dos cardenales, dos arzobispos y un representante del Vaticano de rodillas ante personas que habían aguardado durante años una palabra de reconocimiento. En aquel gesto, las rodillas dobladas expresaron una forma distinta de ejercer la autoridad, la del Maestro que lavó los pies a sus discípulos.

Una Iglesia arrodillada ofrece una imagen de fortaleza moral. La autoridad evangélica crece cuando reconoce sus faltas, asume responsabilidades y coloca la dignidad de las víctimas por encima de la defensa de su propia imagen. La humildad conserva la dignidad y devuelve credibilidad a la palabra. Limitarse a predicarla desde un pedestal produce una contradicción; practicarla ante quienes han sufrido convierte el mensaje en testimonio.

Entre las numerosas escenas que jalonan la historia de la Iglesia, una ocurrida más de siete siglos atrás permite poner en perspectiva los gestos de Catacaos. A comienzos del siglo XIV, Guillaume de Nogaret, agente del rey Felipe IV de Francia, y Sciarra Colonna, enemigo del papa Bonifacio VIII, irrumpieron con hombres armados en la residencia pontificia de Anagni, ciudad fortificada situada al sudeste de Roma.

El episodio pasó a la memoria popular como “lo schiaffo di Anagni”, la bofetada de Anagni. Se sigue discutiendo si Sciarra Colonna realmente propinó ese golpe al papa, pero el ultraje y la captura de Bonifacio VIII están fuera de duda. La escena expuso la vulnerabilidad de un poder que se concebía universal y quedó como emblema del avance de las monarquías europeas frente a las pretensiones teocráticas del papado medieval. La bofetada sacudió algo más que el rostro de un papa; removió también el eje sobre el que se cimentaba el poder temporal de la Iglesia.

Anagni representó una humillación impuesta desde fuera. Catacaos expresó una humildad asumida desde dentro. En la primera escena, la Iglesia fue obligada a inclinarse por la fuerza; en la segunda, algunos de sus pastores eligieron arrodillarse ante personas heridas por acciones y omisiones producidas en un entorno eclesial. Entre ambas imágenes aparecen dos formas de comprender la autoridad.

El reciente libro de Reinaldo Nann, ¿Cueva de abusadores o Iglesia segura? Los abusos sexuales contra menores en la Iglesia peruana y su futura prevención (Gracia Angulo, 2026), pertenece a esta misma búsqueda de ejercer el poder desde el servicio. Nann, quien fue obispo prelado de Caravelí, reúne cincuenta y siete casos de presuntos abusos sexuales cometidos por miembros del clero en el Perú contemporáneo. Los casos habían alcanzado previamente algún grado de difusión en medios de comunicación y permanecían accesibles en fuentes abiertas.

El propio autor advierte el alcance limitado de la cifra. Al compararla con los 3128 sacerdotes registrados por el Directorio Eclesiástico de 2013, obtiene un porcentaje aproximado de 1,8 %. Ese cálculo expresa únicamente la relación entre los casos recopilados y el número de sacerdotes consignado en aquel año. Lo cierto es que muchos hechos nunca llegan a denunciarse, otros permanecen fuera del conocimiento público y algunos desaparecen progresivamente del debate institucional. Los cincuenta y siete casos representan, por tanto, la parte visible y documentada de una realidad cuya verdadera dimensión aún desconocemos.

El aporte principal del libro ha sido reunir una información dispersa, devolver los casos a la memoria eclesial y convertir ese registro en una llamada a la prevención. Los libros que examinan las heridas de una institución pueden prestarle un servicio saludable. La transparencia permite reconocer riesgos, corregir procedimientos y crear espacios más seguros. El silencio, en cambio, prolonga las condiciones que favorecieron el daño.

El abuso sexual puede presentarse en cualquier espacio marcado por relaciones desiguales de poder. Cuando ocurre en la Iglesia, profana además la confianza espiritual depositada en sus ministros y hiere la fe de las víctimas y de sus comunidades. Las conclusiones del libro señalan la persistencia de una cultura autoritaria y silenciosa, junto con la tendencia a proteger prioritariamente a la institución. Sus recomendaciones proponen trasladar el centro de gravedad hacia la corresponsabilidad, la protección efectiva de las víctimas, la selección y formación integral de los seminaristas, la participación de las familias y las comunidades, la denuncia y la reparación.

Varios hilos enlazan el libro de Nann con la escena de Catacaos. Los cardenales Barreto y Castillo, dos de las voces eclesiales que acompañaron a las víctimas y respaldaron a los periodistas que investigaron el Sodalicio, estuvieron entre quienes se arrodillaron ante representantes del pueblo tallán. El gesto recogía una historia previa de escucha y compromiso y le daba, en un marco litúrgico, una expresión pública de profundo valor simbólico.

Durante su reciente viaje a España, el papa León XIV no dudó en llamar «plaga» a los abusos cometidos por quienes debían cuidar a las personas: «Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación» (Encuentro con los obispos de España, 8 de junio de 2026). En el Perú, esas palabras encuentran respaldo en su conocimiento del país, en sus años como misionero y obispo y en la firmeza con que actuó frente al caso Sodalicio y otros abusos. Si su visita apostólica se llevara a cabo en noviembre, según lo previsto, tendría una agenda mucho más amplia, pero permitiría también situar de manera explícita la respuesta a esta herida entre las prioridades de la Iglesia peruana.

La Ítaca de la Iglesia se encuentra en su esencia evangélica. Pese a las lecturas reductoras en clave ideológica que también suscitaron, los gestos de Catacaos mostraron que el regreso a ella puede comenzar con actos sobrios y decisivos. La protección de la imagen institucional, so pretexto de evitar el escándalo, resulta antievangélica cuando se antepone a la verdad, la justicia y el cuidado de las víctimas.

Para una Iglesia habituada durante siglos a hablar desde lo alto, arrodillarse ante quienes han sido heridos por acciones y omisiones cometidas en su propio seno puede ser el primer paso para volver a casa.

(*) Profesor del Departamento Académico de Teología de la PUCP; doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de Londres.