Por Carlos Piccone Camere (*)
«Comencemos, hermanos,
porque hasta ahora poco o nada hemos hecho».
(Francisco de Asís, cf. 1Cel 103)
El pasado 3 de octubre se cumplieron ochocientos años de la muerte de Francisco de Asís. Su figura sigue despertando admiración mucho más allá del catolicismo, incluso entre quienes no profesan ninguna fe religiosa. Hijo de un rico comerciante de telas, pertenecía a una burguesía mercantil que comenzaba a adquirir protagonismo en la sociedad medieval. Renunció a los privilegios de su condición para compartir la vida de los pobres y, tras las huellas de Cristo, hacerse uno de ellos, menor entre los menores. Su ejemplo ha inspirado a generaciones muy distintas, que han sabido apreciar la autenticidad de su testimonio y la radical coherencia entre sus convicciones y su manera de vivir.
La literatura ha recreado con notable libertad algunos relatos de la tradición franciscana. Entre ellos figura la historia del lobo de Gubbio, en Umbría. Las Florecillas, recopilación del siglo XIV sobre Francisco y sus primeros compañeros, cuentan que el animal atemorizaba a los habitantes de aquella localidad hasta que el santo consiguió reconciliarlos. El lobo dejó de atacar y los vecinos se comprometieron a alimentarlo. Vivió pacíficamente entre ellos durante dos años y, cuando murió de viejo, todos lamentaron su pérdida. Rubén Darío recuperó aquella historia en «Los motivos del lobo», publicado en diciembre de 1913, pocos meses antes del estallido de la Gran Guerra, pero le dio un desenlace muy distinto. La fiera, que había aprendido a convivir con los hombres, regresó al monte después de sufrir sus maltratos. «Todas las criaturas eran mis hermanos», recuerda, antes de lamentarse de que «me apalearon y me echaron fuera». Francisco escucha sus razones, guarda silencio y se aleja llorando. El viento del bosque lleva su padrenuestro.
En la literatura peruana encontramos una escena igualmente perturbadora. En El sueño del pongo, relato de tradición oral andina publicado por José María Arguedas en 1965, un hacendado obliga a su sirviente indígena a imitar animales y lo humilla incluso durante las oraciones. «¿Eres gente u otra cosa?», le pregunta. Un día, el pongo obtiene permiso para contar un sueño en el que ambos comparecen ante Francisco. La presencia del santo en aquella narración quechua habla del arraigo de su figura en la religiosidad andina, donde podía representar una autoridad moral frente a quienes se creían con derecho a disponer de la vida ajena.
El propio Francisco había tenido que aprender a mirar de otra manera a quienes su sociedad mantenía apartados. En su Testamento recordó que, de joven, le resultaba amargo encontrarse con los leprosos. «Hice misericordia con ellos», escribió. Al recordar aquella experiencia, no disimuló el rechazo que había sentido. La amargura era suya, aunque los temores y las convenciones de su época contribuyeran a alimentarla. Acercarse a aquellos enfermos significó vencer sus propios recelos y acortar una distancia que hasta entonces había considerado natural.
En la Umbría de Francisco, las rivalidades entre ciudades se resolvían con frecuencia por las armas. Él mismo cayó prisionero en 1202, tras la derrota de Asís frente a Perugia. Diecisiete años después, durante la quinta cruzada, se encontraba ante otro escenario de guerra. Desde el campamento cristiano que sitiaba Damieta, en Egipto, cruzó las líneas para encontrarse con el sultán al-Malik al-Kamil. Un obispo que acompañaba al ejército cruzado dejó uno de los primeros testimonios de aquella visita, a la que las biografías posteriores añadieron episodios cuya historicidad sigue discutiéndose. Sería anacrónico presentarlo como defensor del pluralismo religioso contemporáneo. Francisco deseaba anunciar su fe y procurar conversiones. Sin embargo, mientras los ejércitos combatían, decidió acudir desarmado al encuentro del gobernante musulmán y dar testimonio de sus convicciones mediante la palabra. En la Regla no bulada de 1221 recomendó a los hermanos que vivieran entre musulmanes evitar disputas y contiendas.
La historia franciscana en el Perú, con sus luces y sombras, ofrece también abundantes testimonios de aquella disposición al encuentro con otros pueblos. Desde los primeros tiempos coloniales, los religiosos aprendieron lenguas indígenas y compusieron obras destinadas a la evangelización. Sus gramáticas, vocabularios y crónicas conservaron conocimientos que hoy forman parte de nuestro patrimonio cultural, gracias también a la colaboración de intérpretes y conocedores indígenas. Desde Santa Rosa de Ocopa partieron expediciones que ampliaron el conocimiento geográfico de la Amazonía. Parte de aquella cartografía sería utilizada durante la República para el estudio de las fronteras nacionales. La presencia franciscana dejó asimismo una valiosa huella en las artes, especialmente en la pintura y la arquitectura, además de la música y la literatura. Sus bibliotecas conventuales conservan todavía obras y documentos que enriquecen nuestra comprensión del pasado.
La herencia franciscana encontró también otras formas de hacerse presente en la sociedad peruana. Desde la época colonial, los monasterios de clarisas cultivaron una fecunda tradición contemplativa, en cuyo seno numerosas mujeres asumieron responsabilidades de formación y gobierno, y algunas dejaron valiosos testimonios escritos de su experiencia espiritual. Durante la República, diversas congregaciones franciscanas hicieron de la educación gratuita de niñas pobres una de sus principales tareas. Los laicos de la Tercera Orden participaron también en iniciativas de asistencia y solidaridad. En la Amazonía, algunos misioneros denunciaron ante las autoridades la compraventa de menores indígenas y procuraron ofrecerles protección. Los internados que surgieron en ese contexto brindaron educación y acogida, aunque siguiendo criterios pedagógicos y misioneros propios de su tiempo.
En su primer saludo como obispo de Roma, el 8 de mayo de 2025, León XIV habló de «una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante». Retomó aquellas palabras en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2026, al evocar a Francisco y su renuncia al deseo de dominar a los demás. Advirtió también sobre el rearme y sobre el riesgo de confiar a sistemas automatizados decisiones militares de las que dependen vidas humanas.
Francisco no consiguió detener las guerras de su tiempo. Tampoco pudo evitar que el crecimiento de los Hermanos Menores trajera consigo desacuerdos sobre el gobierno de la Orden y la fidelidad a la vida evangélica. Conoció de cerca, incluso entre los suyos, la dificultad de llevar a la práctica el ideal de fraternidad. Ochocientos años después, las guerras siguen desgarrando a la humanidad. Frente a tanta violencia, la paz desarmada de Francisco podría parecer ingenua. Pero su testimonio conserva una fuerza desarmante: el lobo de Darío tenía sus motivos y el santo, lejos de negarlos, se detuvo a escucharlos.
(*) Profesor del Departamento Académico de Teología de la PUCP; doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de Londres.



