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Análisis 11 de agosto de 2026

Por Laura Balbuena (*)

En las últimas semanas, el cuerpo de Ariana Grande se ha convertido, una vez más, en tema de conversación pública. Fotografías, videos y apariciones recientes han provocado comentarios que van desde la crueldad abierta hasta una preocupación que parece genuina. Algunas personas denuncian body shaming; otras responden que callar ante lo que perciben como señales de alarma también puede ser irresponsable. En realidad, ninguna de esas posiciones resulta del todo satisfactoria si se la toma como regla absoluta. La pregunta que nos interpela, entonces, no es qué le ocurre a Ariana Grande —no lo sabemos y no podemos diagnosticarla desde una pantalla—, sino qué hacemos con aquello que creemos ver en el cuerpo de otra persona.

En 2023, Grande ya había pedido públicamente que tuviéramos más cuidado al comentar cuerpos ajenos. Explicó entonces que el cuerpo con el que muchas personas comparaban favorablemente su apariencia correspondía, según ella, a una etapa poco saludable de su vida. Esa declaración importa, pero tampoco puede convertirse en un certificado permanente sobre su salud actual. No sabemos qué ocurre hoy. Y ese no saber es precisamente el punto de partida ético: la apariencia puede interpelarnos sin entregarnos la historia completa de la persona que tenemos delante.

Emmanuel Lévinas colocó el encuentro con el Otro en el origen mismo de la ética. Su idea del “rostro” no se refiere simplemente a una cara o a unos rasgos físicos, sino a la presencia de alguien que se resiste a ser reducida a lo que yo puedo saber, clasificar o dominar. El Otro me interpela y su vulnerabilidad puede reclamar una respuesta. Pero reconocer esa vulnerabilidad no significa poseer su verdad. Aplicando esta idea al problema de los cuerpos, cabe decir que lo que observamos puede preocuparnos sin que esa preocupación nos autorice a concluir: “sé lo que te pasa”. Hay una distancia ética entre percibir una señal y totalizar a una persona a partir de ella.

Pero tampoco miramos desde ninguna parte. La filosofía feminista lleva décadas mostrando que los cuerpos de las mujeres han sido sometidos a una vigilancia particularmente intensa. Sandra Bartky describió la feminidad como un régimen disciplinario que enseña a las mujeres a controlar permanentemente el tamaño, los gestos, el apetito y la apariencia de sus cuerpos. Susan Bordo, por su parte, analizó la delgadez, la anorexia y las imágenes mediáticas dentro de una cultura que produce significados sobre qué cuerpos son deseables, saludables o aceptables. Por eso, cuando observamos el cuerpo de una mujer famosa, nuestra mirada nunca es enteramente individual: carga también con una historia cultural de evaluación y corrección.

Esa historia de vigilancia explica por qué conviene desconfiar de la facilidad con que opinamos sobre el cuerpo de una mujer famosa. Pero también obliga a formular la pregunta con cuidado: si toda mirada pública puede volverse disciplinaria, ¿significa eso que toda preocupación debe quedar desautorizada de antemano? No necesariamente. La preocupación puede nacer de memorias reales de daño, y el caso de Karen Carpenter, icónica cantante del dúo The Carpenters, permite entender mejor esa tensión.

Para quienes vivieron su deterioro físico ante el ojo público —o para quienes conocieron después su historia—, Carpenter se convirtió en una memoria cultural de alarma. En los años setenta, sus familiares, amistades, colegas y el público podían ver que algo ocurría, pero la anorexia era todavía muy poco comprendida socialmente. Su muerte en 1983, a los 32 años, contribuyó a transformar la conversación pública sobre los trastornos alimentarios en los Estados Unidos. Por eso, décadas después no sorprende que algunas personas, y especialmente sobrevivientes de anorexia, miren determinados cambios corporales y piensen: “yo ya vi esto”. Esa memoria puede producir una preocupación real; desecharla automáticamente como actitud morbosa sería también negar una sensibilidad nacida de la experiencia.

El problema aparece cuando esa memoria se transforma en certeza, o cuando la alarma se expresa como si bastara por sí sola para intervenir. La experiencia puede legitimar una preocupación, pero no otorga autoridad sobre el cuerpo ajeno. Y, sobre todo, preocuparse no es lo mismo que cuidar.

Joan Tronto distingue entre advertir que una persona necesita cuidado —caring about— y asumir la responsabilidad de responder a esa necesidad —taking care of—. La primera supone atención; la segunda, responsabilidad. En otras palabras, preocuparse por alguien no equivale todavía a cuidarle. Esa distinción se vuelve crucial en redes sociales. Puedo preocuparme genuinamente por una celebridad a la que nunca he conocido. Puedo incluso sentir que guardar silencio sería moralmente incorrecto. Pero no tengo acceso a su historia clínica, no formo parte de su red de apoyo, no puedo acompañarla a una consulta ni conocer cómo recibe mi intervención. Mi preocupación puede ser sincera y, sin embargo, no constituir cuidado.

En redes sociales, esa diferencia se vuelve todavía más difícil de sostener porque la preocupación rara vez aparece sola: se acumula, se replica, se vuelve tendencia.

Cada comentario individual puede haber sido escrito con buena intención: “nos preocupa tu salud”, “por favor cuídate”, “alguien debe ayudarla”. Sin embargo, visto desde la persona que los recibe, el resultado puede ser una multitud observando, interpretando y discutiendo permanentemente su cuerpo. Aquí aparece quizá la pregunta más incómoda: ¿puede una suma de actos individualmente bienintencionados convertirse colectivamente en una forma de violencia?

Ese marco permite volver al caso de Grande sin convertirlo en diagnóstico ni en expediente. Su representante ha anunciado que al terminar su gira el 1 de septiembre la cantante reducirá su exposición pública, en un contexto de intenso escrutinio sobre su apariencia y su salud. Grande ha aclarado que la decisión había sido tomada con anterioridad y que no es una reacción impulsiva a los acontecimientos recientes. Conviene respetar precisamente ese matiz y no atribuirle causas que ella no ha afirmado. Pero hay algo que sí podemos observar: una persona cuyo cuerpo se ha convertido en objeto de conversación masiva está reclamando límites sobre su propia visibilidad.

Tal vez una ética de la conversación sobre los cuerpos no consista, entonces, en prohibir toda conversación. Hay situaciones en las que el silencio de quienes tienen una responsabilidad concreta de cuidado puede ser negligente. Tampoco consiste en declarar ilegítima cualquier preocupación. Consiste en preguntarnos qué sabemos realmente, desde dónde hablamos, ante quién lo hacemos, qué capacidad tenemos para ayudar y qué efectos puede producir nuestra intervención.

Ni toda preocupación es violencia, ni toda preocupación expresada públicamente es cuidado. La ética comienza, quizá, en ese incómodo espacio intermedio: cuando aceptamos que algo puede preocuparnos sin creer por ello que nos pertenece el derecho de explicar, diagnosticar o administrar el cuerpo del Otro. No se trata de dejar de mirar. Se trata de aprender a mirar sin apropiarnos de aquello que vemos.

(*) PhD en Ciencias políticas