Por Carlos Piccone Camere (*)
“Detrás, los aguardaba una muerte segura; delante, aún había esperanza.
Habían quemado las naves y no quedaba más salvación que la huida en masa;
y a ella se lanzaron las tropas francesas.”
— León Tolstói, Guerra y paz, 1869.
La escena del epígrafe remite a la retirada del ejército napoleónico durante la campaña rusa de 1812. Tras la ocupación de Moscú y el progresivo colapso logístico, las fuerzas francesas iniciaron su repliegue en condiciones cada vez más adversas, marcadas por el desgaste acumulado, la desorganización de las líneas y el impacto creciente del invierno. A finales de noviembre, el cruce del río Berezina se convirtió en un punto crítico: ante la amenaza de convergencia de varios ejércitos rusos, los ingenieros franceses improvisaron dos puentes sobre aguas heladas, permitiendo el paso de una masa heterogénea de tropas, heridos, rezagados y no combatientes. La operación, realizada bajo presión militar y en condiciones extremas, estuvo marcada por el caos, el frío y la saturación de las vías de escape; muchos quedaron atrapados o no lograron cruzar antes de la destrucción final de los puentes. En el imaginario europeo, este episodio ha quedado fijado como emblema de una retirada al límite. En esa clave, la formulación de Tolstói condensa la situación con fuerza lapidaria: detrás, la muerte; delante, aunque incierta por definición, la esperanza.
En semanas recientes, he tenido la oportunidad de trabajar en un módulo COIL —trabajo colaborativo a distancia— con estudiantes de la Pontificia Universidad Católica del Perú y de la Universidad Católica Ucraniana. Jóvenes de ambos contextos, unidos por la virtualidad, han podido atravesar distancias geográficas y culturales para descubrir afinidades inesperadas. Desde Lima y Leópolis, las sesiones compartidas han girado en torno a la dignidad humana, los derechos fundamentales y las formas de resiliencia en contextos marcados, respectivamente, por la inseguridad ciudadana y la guerra. Han sido también espacios de desahogo entre pares, para compartir temores y expectativas sin mediaciones rígidas.
Leópolis, situada cerca de la frontera con Polonia, había permanecido relativamente al margen de la guerra hasta hace poco. Sin embargo, a fines de marzo, una de las mayores oleadas de ataques desde el inicio de la invasión rusa alcanzó también el oeste del país: cientos de drones y decenas de misiles impactaron diversas ciudades, incluido el centro de Leópolis, dañando edificios protegidos como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El saldo lamentable incluyó víctimas mortales y decenas de heridos. La distancia entre el “espacio seguro” y la inminente vulnerabilidad se redujo de manera abrupta.
A pesar del contexto de incertidumbre y miedo, esta semana los estudiantes ucranianos sorprendieron a sus compañeros peruanos con una fórmula cristiana de larga tradición: Χριστός ἀνέστη! Ἀληθῶς ἀνέστη! “¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!”. Vinculados la mayoría de ellos a la tradición de la Iglesia greco-católica, los estudiantes de la Universidad Católica de Ucrania saludaron así a sus nuevos compañeros testimoniando que no solo no se han dejado robar la esperanza, parafraseando al papa Francisco, sino que están dispuestos a custodiarla “contra toda esperanza” (Rom 4,18).
El alcance de ese saludo no se agota, evidentemente, en su dimensión litúrgica. Remite a una afirmación fundacional del cristianismo: “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación; vacía también su fe” (1 Co 15,13-14). En los relatos evangélicos, el Resucitado se presenta a sus discípulos sin borrar las huellas de la violencia. Las heridas permanecen visibles. No son exhibidas para provocar compasión ni para reclamar reparación. Tampoco son utilitarias para enmarcar un discurso sobre la injusticia sufrida. El Resucitado no las esconde pues nada de lo vivido fue irreal: sufrió ultrajes, fue crucificado y murió. Pero, en seguida, mostrando las cicatrices de las llagas, pronuncia la paz.
No hay paz sin justicia. No hay justicia sin memoria. No hay memoria sin el reconocimiento de las heridas, propias y ajenas. Estas frases componen un mensaje evangélico que ha sido reformulado, una y otra vez, desde la Doctrina Social de la Iglesia.
En un tiempo en el que la decisión de iniciar una guerra parece quedar sometida al capricho de liderazgos erráticos, la antigua imagen profética de Isaías, que da título a estas líneas, adquiere una resonancia particular: “De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas” (cf. Is 2,1-5). El profeta visualiza pueblos que transforman sus armas en instrumentos de trabajo. Es interesante notar que el material permanece; que su uso cambia; que el mismo metal que causa terribles heridas y muerte, puede también abrir surcos para la siembra, para que la vida germine.
Más allá del ámbito bélico, la experiencia humana conoce momentos que recuerdan, desde diferentes registros y escalas, ese “momento Berezina” en el que el horizonte se estrecha al máximo y, sin embargo, algo (¿alguien?) se convierte en el motor para aferrarnos a la vida y para animarnos a seguir adelante.
Los jóvenes, también hoy, parecen intuirlo con una claridad que no necesita grandes formulaciones: continúan tejiendo vínculos, estudiando, trabajando y proyectándose, incluso cuando las condiciones les son muy adversas. En ellos se deja entrever una convicción que atraviesa la tradición cristiana desde sus orígenes y que, con el tiempo, se han hecho patrimonio del género humano: La muerte no tiene ni tendrá la última palabra: “¡Es verdad! ¡Verdaderamente ha resucitado!” (Cf. Lc 24,34).
(*) Profesor del Departamento Académico de Teología de la PUCP; doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de Londres.



