Queridos amigos:
Hace veintitrés años entregamos al Gobierno del Perú el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Dos años después, un día como hoy, se inauguró el Ojo que Llora, el monumento que concibió y erigió Lika Mutal y en torno al cual volvemos a reunirnos. Ambas fechas conmemoran dos trabajos complementarios.
El Informe fue un trabajo exhaustivo y riguroso: recogió testimonios, contrastó fuentes, estableció responsabilidades, dejó constancia. Estaba hecho de palabras y de papel, y a él le debemos que la historia haya podido cumplir después su tarea. Esta obra está hecha de piedra y de agua, y no demuestra nada porque no vino a demostrar. Su sentido es contemplativo y sagrado. No nos propone saber más de lo que ya sabemos, sino jamás apartar la mirada.
El Informe procuró descubrir el sentido de la catástrofe; este monumento preserva el duelo que les debemos a quienes padecieron una muerte violenta. Por eso, aquí están los nombres y no las meras cifras. La estadística es una disciplina necesaria, pero vuelve abstracto aquello que la piedra restituye a su forma verdadera: la identidad de cada vida, su condición de única, irrepetible, irrecuperable.

Lika Mutal no emprendió su tarea artística en virtud de un mandato legal, sino de uno mucho más exigente: el mandato moral que reside en la voz que siente la urgencia de denunciar y decir, mediante el arte, lo que no se puede decir con palabras. Porque ya no es posible conocer una verdad semejante como la vivida en los tiempos de violencia y permanecer indiferentes y en silencio. Durante años, cumplimos ese deber frente a quienes, en voz baja, negaban o excusaban responsabilidades. Con la serenidad que este lugar impone y con la firmeza que las circunstancias reclaman, corresponde rechazar lo que antes se murmuraba y que hoy se redacta, se anuncia y se promulga. Los enemigos de la memoria han dejado de ocultarse porque ya no necesitan disimular sus intenciones.
Para ello, apelan a un procedimiento más insidioso que la mentira. No afirman que los crímenes no ocurrieron: disponen que ya no se cuenten. Se ha legislado un perdón cuyos autores jamás pidieron y cuyas víctimas jamás concedieron; se ha resuelto que centenares de sentencias firmes y de procesos en curso se disuelvan por obra de una firma. Esto no es un debate sobre el pasado, es una manipulación hecha sobre él. Quien no puede refutar un hecho documentado, lo declara vencido.
Hemos sostenido siempre que no hay justicia sin verdad. Debemos añadir hoy su reverso: tampoco hay verdad que sobreviva sin justicia. Una verdad sin consecuencias se degrada hasta volverse una anécdota, un dato curioso, la materia de discusión entre especialistas. La impunidad no es únicamente una manipulación de la ley. Es una forma de olvido, la más ordenada de todas, la que no necesita quemar un archivo porque basta con volverlo irrelevante.
En el año más oscuro de su vida y del siglo, el filósofo Walter Benjamin escribió que, si el enemigo vence, ni siquiera los muertos estarán a salvo. Durante mucho tiempo pude leer esa frase como una hipérbole del dolor. Hoy la entiendo literalmente. Quienes trabajan por deshacer lo establecido no disputan el porvenir: también anhelan conquistar el pasado y silenciar las voces de los muertos. Van hacia atrás, a buscarlos donde reposan, para arrebatarles lo único que aún les quedaba: el reconocimiento de sus biografías y sus nombres.
Conviene decir aquí que no hablamos desde la historia sino desde la memoria. La historia es una ciencia y, como toda ciencia, se apoya en fuentes, métodos y cifras que cualquiera puede revisar. Ella nos dijo que antes del Informe se conocían cincuenta fosas clandestinas en el Perú y que después se identificaron cuatro mil seiscientas sesenta y cuatro. Ella estableció que fueron cerca de setenta mil los muertos. Esas cifras no las defendemos nosotros: se defienden solas, porque están expuestas y pueden comprobarse.

La memoria hace algo distinto y humilde, pero quizá más poderoso, para la constitución del alma de una nación. No cuenta setenta mil: escribe un nombre, una edad y un año sobre una piedra del tamaño de una mano, y consiente que alguien deje una flor sobre esa memoria. Si la historia encadena causas y consecuencias, la memoria es un ejercicio permanente que acompaña e interpela. La memoria es el retrato de la persona amada, es también la vela que lo ilumina, es el nombre y la fecha en una lápida, es un papel, un objeto que, al tocarse, reaviva al fallecido.La piedra, como material de este monumento que nos dejó Lika Mutal, encierra un gran sentido. Antes de que existiera la escritura, las comunidades humanas ya empleaban la piedra para calcular y recordar, señalar un límite, marcar el sitio de un pacto y cubrir a sus muertos. El hito y la lápida son la misma invención. En los Andes, cada caminante que atraviesa un abra añade una piedra a la apacheta, y así la memoria se levanta por la acumulación de gestos mínimos, uno por viajero, uno por muerto. Eso es lo que rodea esta fuente: no un monumento erigido desde el poder del vencedor, sino un circuito de piedras que pueden contarse una a una.
Contra esa materia rústica se estrella la ambición de los decretos. Una ley se deroga con otra ley; una resolución se deshace con otra resolución. Lo escrito en la piedra no se enmienda por mayoría. La memoria de nuestros muertos jamás podrá ser borrada por ninguna legislación.
Las piedras pueden retirarse y ya lo intentaron. Hace años le arrojaron pintura y hace poco se solicitó por escrito que esta obra fuese demolida. Se afirma en estos días que los lugares de memoria son parciales y que habría que corregirlos. Quisiera invitar a quienes lo sostienen a recorrer este lugar y a leer lo que está grabado en estas piedras. Encontrarán campesinos y estudiantes, encontrarán policías y militares, encontrarán niños. Están juntos, sin jerarquía ni bando, porque quien los reunió no los ordenó según la identidad de su verdugo, sino según su condición de muertos.
De la roca brota, sin descanso, el agua. Es lo único que se mueve aquí: el granito permanece y la lágrima trabaja. La memoria es precisamente esas dos cosas a la vez, una inscripción que no cambia y un llanto que no cesa. El agua desciende hasta el pozo donde reposan los nombres, y por eso llorar en este lugar no es un desahogo sino una entrega. La lágrima expresa el dolor, pero también consuela, porque sacia la sed de quienes murieron. Y esa sed, hemos de entenderlo, no es sed de venganza ni de castigo. Es la sed de quien no quiere ser olvidado. Los muertos no nos piden que odiemos por ellos; nos piden que no los olvidemos. Es la demanda más modesta que puede formularse, y quien se niega a concederla queda obligado a explicar de qué tiene miedo.

Walter Benjamin imaginó también un ángel de la historia, arrastrado de espaldas hacia el futuro por una tempestad que le impide cerrar las alas. Ese ángel, sostuvo el filósofo, quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado, pero no puede: la tempestad lo empuja mientras las ruinas se acumulan a sus pies. Miren ahora estas piedras y reflexionen conmigo por qué esta materia tan modesta nos reúne y nos ofrece un sentido poderoso. Alguien se detuvo. Alguien recogió los fragmentos, uno por uno, y les devolvió su nombre. Lika Mutal cumplió con sus manos el deseo que le fue negado al ángel, y por eso esta obra resulta intolerable para quienes prefieren la tempestad.
Así como no hay camino sin hitos, no hay recorrido sin la orientación de las señales de tiempo y distancia; un país carece de futuro si extravía los hitos del pasado. Quien pretende avanzar borrando las señales del camino no nos conduce hacia adelante: nos condena a dar vueltas y, sin advertirlo, a volver al lugar del que creíamos habernos marchado. La memoria no consiste en permanecer en la tragedia. Es un medio para superarla mediante el señalamiento de aquellos abismos a los que nunca más debemos dirigirnos.
Por fortuna, el porvenir no está escrito y cada uno de nosotros, como escribió Fernando Pessoa, un gran poeta, tiene en sí todos los sueños del mundo. Porque tenemos sueños y memoria, sobre las piedras en las que se encuentran los nombres, diremos lo que corresponde ser dicho, denunciaremos lo que merece ser denunciado: que la verdad establecida no se deroga desde un despacho, que los nombres grabados no se borran por decreto y que esta agua que son nuestras propias lágrimas seguirá cayendo sobre todos los nombres con la obstinación de los humildes, hasta que la justicia que ellos merecen deje de ser una espera. Hoy volvemos a rodear esta piedra, como el laberinto la rodea, en un único abrazo.
Muchas gracias.
SALOMÓN LERNER FEBRES
Expresidente de la Comisión de la Verdad y Reconciliación
Lima, 28.08.26



