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Entrevistas 2 de junio de 2026

Por: Kathy Subirana Abanto (*)

La posibilidad de que Keiko Fujimori alcance finalmente la presidencia, la urgencia de Sánchez de ampliar su base electoral y un elevado porcentaje de votantes que aún no define su voto configuran una de las campañas más inciertas de los últimos años. Sin embargo, para el politólogo Martín Tanaka esta segunda vuelta no alcanza los niveles de confrontación y temor que marcaron procesos electorales recientes, especialmente el de 2021.

En esta entrevista, Martín Tanaka, docente de Ciencia Política y Gobierno de la PUCP analiza las transformaciones del antifujimorismo, las razones detrás de la persistencia electoral del fujimorismo y las incertidumbres que rodean a ambas candidaturas. También reflexiona sobre los desafíos pendientes en materia de memoria y derechos humanos, la crisis de representación política y las condiciones que podrían favorecer una gobernabilidad menos conflictiva en el próximo gobierno.

¿Es esta la segunda vuelta más compleja del siglo XXI?

Creo que no. La segunda vuelta entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori fue muy complicada, por ejemplo, y es un antecedente bastante cercano. Cuando las segundas vueltas son ajustadas y no hay un ganador claro, siempre son tensas y problemáticas. Más bien, tengo la sensación contraria. Creo que el miedo a que gane Keiko Fujimori no es el mismo que existía en 2021, 2016 o 2011. Y también se percibe que Sánchez representa un peligro menor, entre comillas, frente a lo que representaba Castillo.

Entonces, sí hay confusión, desánimo y miedo, pero me parece que el ambiente está más frío comparado con otras ocasiones. No hay ese nivel de beligerancia o de miedo paranoico tan exacerbado como el que vimos, por lo menos, en 2021.

Sin embargo, el número de indecisos es mucho más alto que en 2021

Si comparamos con 2021, Keiko Fujimori ha sacado más votos que entonces, mientras que Sánchez ha obtenido menos votos que Castillo. Los votos que Sánchez ha perdido se fueron hacia Ahora Nación, Obras y otras agrupaciones. Castillo despertaba más entusiasmo y se veía como una figura más auténtica; por eso Sánchez ha perdido parte de esa votación, y eso se traduce ahora en mayores niveles de indecisión.

Yo sospecho que mucha gente decidirá su voto esta semana, después del debate. Seguramente el resultado será más estrecho de lo que muestran algunas encuestas. Sánchez probablemente captará una proporción mayor de los indecisos porque estos se concentran más en sectores pobres y rurales. Entonces la diferencia podría ajustarse un poco más. La pregunta es si eso le alcanzará para ganar.

Por ahora las encuestas coinciden en que Keiko lleva la delantera, así que el debate terminará siendo un factor importante para definir las cosas.

Durante muchas elecciones el antifujimorismo fue el factor decisivo. Sin embargo, hoy vemos situaciones que parecen romper ciertas lógicas tradicionales. ¿Cómo debemos leer el antifujimorismo en estas elecciones?

Hay varias cosas llamativas. A mí, por ejemplo, me sorprendió volver a ver a personas que uno pensaba que ya no volverían a involucrarse activamente después de experiencias anteriores. Creo que esto ocurre porque existe la percepción de que esta vez Keiko Fujimori sí va a ganar. Esa es la sensación predominante. Después de tres intentos fallidos, ahora parece que realmente podría conseguirlo. Y mucha gente prefiere estar cerca de quien percibe como ganador. Si uno compara con 2021, Keiko empezó aquella campaña detrás de Castillo y terminó casi empatando. Ahora, en cambio, parte con ventaja. Todas las señales parecen inclinar la balanza a su favor.

Respecto al antifujimorismo, creo que se ha ido desgastando con el tiempo. Además, soy de los que piensan que la trayectoria personal de Keiko la ha ayudado a humanizar su imagen. El hecho de haber estado presa sin que se pudieran demostrar los delitos que se le imputaban, que algunos de sus procesos hayan sido archivados, su divorcio, la muerte de sus padres… eso ayuda a debilitar el sentimiento antifujimorista. Incluso hay personas que ahora dicen: “Bueno, pobrecita, ya le toca después de cuatro intentos”. Ese tipo de razonamientos antes no existían y ahora se escuchan con más frecuencia.

También creo que Rafael López Aliaga la ha ayudado mucho. Comparada con él, Keiko aparece como una figura más razonable y como un mal menor. Eso ha contribuido a limpiar parte de la imagen que tenía en elecciones anteriores.

¿Y cree que también la ha favorecido la muerte de Alberto Fujimori?

Totalmente. Le ha servido porque pudo asumir públicamente el papel de hija durante la agonía de su padre. Los conflictos previos quedaron atrás. Antes ella estaba atrapada en una situación imposible: para algunos no se había distanciado lo suficiente de su padre; para otros era una mala hija porque no estaba lo suficientemente cerca. No había forma de resolver esa contradicción. Cuando su padre se enfermó y ella se acercó, cumplió el rol que socialmente se esperaba de ella. Y ahora que él ya no está, ella es la líder indiscutida del partido. Ya no hay disputas por el liderazgo y todas las facciones se han alineado detrás suyo.

Sin duda, las discusiones sobre cuánto influía Alberto Fujimori, sobre el indulto o sobre la relación entre ambos la desgastaban mucho. Ya no tiene que cargar con eso.

Sin embargo, sigue siendo Keiko Fujimori: la hija de Alberto Fujimori, una figura que ha reivindicado abiertamente el legado de su padre durante esta campaña. Pensando en las deudas pendientes en materia de memoria, justicia y derechos humanos, ¿qué impacto podría tener una eventual presidencia suya?

Está muy claro que la votación de Keiko es más débil en la sierra sur y en las zonas más afectadas por la violencia política. Allí existe una animadversión muy fuerte hacia ella y esos votantes probablemente apoyarán a Sánchez. La gran pregunta es qué actitud tendría si llegara a la presidencia. Por un lado, tienes a figuras como Fernando Rospigliosi impulsando una agenda muy clara, muy dura, muy crítica del mundo de los derechos humanos y favorable a posiciones de impunidad.

Pero gobernar desde la Presidencia es distinto a actuar desde el Congreso. Como presidenta, tendría que ser capaz de llegar precisamente a esos sectores que hoy la rechazan. Por eso me pregunto si seguiría una línea dura o si optaría por un discurso más conciliador, diciendo que representa a todos los peruanos, que respetará los procesos judiciales y que buscará la reconciliación.

El gran problema con Keiko Fujimori es que ha cambiado de posición según las circunstancias. No es una política caracterizada por sostener posturas firmes durante largos periodos. Más bien ha tendido a adaptarse a lo que le resultaba más conveniente.

Por eso la gran interrogante es qué hará si llega finalmente al poder. Eso empezará a verse cuando defina quiénes serán sus ministros y, por ejemplo, quién ocupará la cartera de Justicia.

¿Cree que debemos replantear nuestra forma de entender al fujimorismo?

Yo soy de los que consideran totalmente legítimas las críticas al fujimorismo. Hay muchas razones para cuestionarlo. Pero es cierto que el fujimorismo existe y no es un actor marginal. Tiene mucho poder y mucho respaldo. Es impresionante cómo mantiene una base electoral importante elección tras elección. Y tanto es así que hoy está cerca de ganar la Presidencia.

Como país tenemos que aprender a convivir con esa herencia. Igual que en otros países existen fuerzas políticas vinculadas a experiencias autoritarias, aquí nos toca convivir con el fujimorismo. Eso no significa dejar de fiscalizarlo ni renunciar a la oposición política. Pero sí implica reconocer que es un actor central de la política peruana.

En cuanto a Sánchez, ¿hay elementos que permitan prever si podría repetir algunos de los errores de Castillo?

Hay mucha incertidumbre y no hay forma de saber con certeza qué terminará haciendo. A su favor hay que decir que llega con más experiencia que Castillo. Ha sido ministro, congresista y ha visto de cerca todo lo que ocurrió durante ese gobierno. Esa experiencia debería servirle de algo. Como político, está mucho más formado que Castillo cuando este llegó al poder.

Sin embargo, enfrenta un desafío parecido. Construyó su partido intentando diferenciarse de la izquierda denominada “caviar” y presentándose como heredero de los sectores más radicales vinculados a Castillo e incluso a Antauro Humala. Pero cuando logró pasar a la segunda vuelta, reaccionó correctamente al entender que necesitaba ampliar su coalición. Aunque antes había roto con muchos sectores, ahora los necesita y los ha convocado nuevamente. La pregunta es si eso le alcanzará para ganar y, sobre todo, si entiende que debe proyectar una imagen de estabilidad. Tiene que convencer al electorado de que un eventual gobierno suyo no repetiría el caos del gobierno de Castillo.

Y si llegara a ganar, habrá que ver hasta qué punto procesó las lecciones de la experiencia de Castillo y si realmente está dispuesto a evitar los errores que terminaron derrumbando aquel gobierno.

Es difícil entender hoy a la izquierda peruana después de las experiencias de Castillo y Boluarte, ¿no?

Lamentablemente, si uno compara nuestra izquierda con otras izquierdas de la región, creo que la peruana peca mucho de ideologismo. Y ese ideologismo está asociado también a una escasa experiencia de gobierno.

En otros países, las izquierdas crecieron ejerciendo poder, sobre todo a nivel local. Ganaron alcaldías importantes, demostraron capacidad de gestión y legitimaron sus propuestas mediante resultados concretos. Eso genera una izquierda que sigue siendo de izquierda, pero que entiende de políticas públicas, de gestión y de las limitaciones reales del Estado.

En el Perú muchas veces las discusiones terminan girando alrededor de cuestiones abstractas y principistas, cuando deberían centrarse en cómo mejorar programas sociales, reducir la anemia infantil o promover el desarrollo rural. Cuando la discusión se plantea en esos términos, la dimensión ideológica pierde peso porque hay que hablar de crédito, fertilizantes, infraestructura o servicios públicos. Ese es uno de los grandes dramas de la izquierda peruana: la distancia entre el debate ideológico y la gestión de políticas públicas.

Finalmente, estas elecciones también han puesto bajo cuestionamiento a los organismos electorales. ¿Qué riesgos observa en ese escenario?

Yo confío en que la segunda vuelta será mucho más tranquila que la primera. Para empezar, es una elección más sencilla de organizar. Dependiendo de lo ajustado que sea el resultado, siempre existirá la tentación de hablar de fraude. Pero creo que también la ciudadanía se ha dado cuenta de que muchas denuncias terminan siendo exageradas o infundadas. Eso juega a favor de una transición más tranquila. Después vendrá otra discusión importante: cómo se alinearán las fuerzas en el Congreso y cómo eso condicionará al próximo gobierno. Si Keiko Fujimori gana, tendrá que combinar una postura más convocante con la necesidad de mantener una alianza con Renovación Popular. No será un equilibrio sencillo. Y si gana Sánchez, también necesitará construir una coalición amplia. Ahora Nación y Buen Gobierno tendrán que tener un peso importante porque, por sí solos, no alcanzan. Lo importante es que quien gane tome conciencia de que tiene que tiene que gobernar para todos los peruanos.

Eso de “gobernar para todos los peruanos” es una frase que se escucha en campaña pero que se olvida al llegar al cargo, ¿no?

Yo diría que Toledo, García, Humala e incluso Kuczynski y Vizcarra entendían, al menos en cierta medida, que debían gobernar pensando en el conjunto del país y no solo en sus votantes. La lógica de gobernar exclusivamente para un grupo específico la hemos visto más bien en este último periodo, con los presidentes surgidos desde el Congreso.

Ha existido la sensación de que, al no haber llegado a la Presidencia por la vía tradicional, podían actuar sin rendir cuentas y tomar decisiones sin preocuparse por la legitimidad política. Pero tanto Keiko como Sánchez tendrían que actuar de manera distinta si quieren completar sus mandatos y tener una gestión mínimamente exitosa.

Tratando de ser optimista, creo que la composición del nuevo Congreso obliga a conversar y negociar. Además, hay bancadas más estructuradas y menos improvisadas que las del Congreso saliente. Eso abre la posibilidad de una política algo más racional.

 (*) Periodista y responsable de prensa del IDEHPUCP