Ir al contenido principal Ir al menú principal Ir al pie de página
Reseñas 1 de septiembre de 2026

Por Carlos Piccone Camere (*)

La libertad es cuando uno olvida
cómo se escribe el nombre del tirano

Joseph Brodsky

A cierta distancia, contemplo a mi hijo jugar con un tiranosaurio. Desde hace algún tiempo está fascinado por los dinosaurios, y el T-Rex, acaso el más temible de todos, es su favorito. A nadie le sorprende ver a uno de los grandes depredadores que poblaron nuestro planeta convertido en juguete, dibujo animado o peluche acariciable. Los seres humanos tenemos un talento singular para volver familiar lo temible. Como especie, debemos al miedo buena parte de nuestra supervivencia. Nos alerta del peligro y nos disuade de correr riesgos mortales.

La libertad ocupa un lugar casi sagrado en nuestro horizonte moral y en nuestro imaginario político. Se la conquista, se la cultiva, se la defiende y se honra a quienes murieron por ella. Pero también puede pesar.

Ochenta y cinco años después de su aparición, El miedo a la libertad sigue planteando esa paradoja. Publicado en Nueva York en 1941 como Escape from Freedom, el título original parecía aún más elocuente. Nacido en Fráncfort en una familia judía, Fromm se vio obligado a dejar Alemania bajo el nazismo y terminó instalándose en Estados Unidos. Mientras preparaba el libro intentó ayudar a familiares y conocidos a abandonar Europa. Varios de sus familiares serían asesinados en el Holocausto. La investigación reciente de Roger Frie (2024) ayuda a situar ese trasfondo familiar en la lectura de la obra. Fromm escribía cuando la Alemania nazi controlaba buena parte de Europa y Estados Unidos aún no había ingresado formalmente en la contienda.

¿Cómo pudieron millones de personas ceder parcelas de libertad y adherirse a formas de sometimiento? Desde entonces se han ensayado respuestas políticas, económicas y sociales. Fromm formuló la suya desde la psicología social. La emancipación moderna había desprendido al individuo de muchos vínculos heredados y lo dejaba más expuesto a la soledad, la inseguridad y la responsabilidad por sus decisiones. La libertad traía consigo una carga que rara vez aparece en los monumentos de sus héroes.

La Boétie había planteado siglos antes el enigma de la «servidumbre voluntaria». Tocqueville temió una tutela capaz de administrar tanto la existencia que los ciudadanos terminaran perdiendo el hábito de gobernarse. Fromm recogió aquella antigua sospecha. Entre sus «mecanismos de evasión» incluyó el autoritarismo, la destructividad y la conformidad automática. Su autómata era una persona que creía pensar y elegir por sí misma, aunque sus deseos y opiniones reproducían en buena medida los de su entorno.

El desierto cristiano del siglo IV conoció otra figura de la fuga. Evagrio Póntico incluyó la acedia entre los ocho logismoi que perturbaban al asceta y la vinculó al célebre «demonio del mediodía». Traducir acedia como «pereza» resulta insuficiente. Para Evagrio, el término abarcaba también hastío, inquietud, dispersión y aversión al lugar propio. El monje volvía los ojos hacia la puerta, calculaba por el sol cuánto faltaba para la hora nona e imaginaba otros lugares donde la vida sería más llevadera. Aquel monje que había practicado la fuga mundi alejándose del mundo para buscar el desierto se veía entonces tentado por la acedia a huir de su propia celda.

En la escena contemporánea, millones de personas podemos experimentar otra forma de acedia, la de decidir. Aparece cuando el discernimiento se vuelve fatigoso y la posibilidad de delegar parte, o incluso la totalidad, del juicio empieza a sentirse como alivio. La fuga consiste entonces en sustraerse a la responsabilidad de elegir.

La tentación de hibernar el propio juicio tiene también una dimensión política. La concentración del poder puede organizarse en torno a un liderazgo personalista, pero también avanzar desde instituciones concebidas para limitarlo. El último Democracy Report de V-Dem identificó 44 países en procesos de autocratización al finalizar 2025. El término alude al deterioro de libertades, contrapesos y garantías democráticas, capaz de alterar con el tiempo la propia naturaleza del régimen. De los 28 casos que eran democracias cuando comenzó ese retroceso, 15 ya habían dejado de serlo. En el Perú, se ha hablado de «autoritarismo legislativo» para describir una dinámica en la que un Congreso fragmentado acumula poder y debilita los contrapesos institucionales (Sosa-Villagarcia, Incio y Arce, 2025).

Este año, la inseguridad ocupó el centro de la campaña electoral. Las encuestas mostraron que la delincuencia figuraba entre las principales preocupaciones del país, y la respuesta de varias candidaturas recurrió al lenguaje del orden y la mano dura, con propuestas de megacárceles y, en algunos casos, pena de muerte o salida del sistema interamericano de derechos humanos. A fines de agosto, ya en campaña municipal, siete de cada diez limeños seguían situando la delincuencia y la inseguridad entre los principales problemas de la capital (Ipsos, 2026).

La amenaza del crimen es real y proteger a la población pertenece a las obligaciones elementales del Estado. Sin embargo, el problema aparece cuando derechos y garantías comienzan a describirse como obstáculos que una autoridad eficaz debería poder remover. El miedo empieza entonces a decidir por nosotros qué libertades estamos dispuestos a considerar prescindibles.

En el siglo que media entre el Syllabus de Pío IX, de 1864, y la declaración Dignitatis humanae, del Vaticano II, el mundo político y cultural en el que la Iglesia formulaba su enseñanza cambió profundamente. Se transformaron los Estados, surgieron los totalitarismos, tuvieron lugar dos guerras mundiales y maduró una reflexión católica distinta sobre la persona y sus derechos. En ese nuevo horizonte, el Concilio vinculó la libertad religiosa con el juicio de conciencia. Gaudium et spes llamó a la conciencia «el núcleo más secreto y el sagrario del hombre» (n. 16).

De puertas adentro, este cambio de mirada exige también autocrítica. ¿Qué clase de conciencia produce nuestro modo de ejercer la autoridad? El acompañamiento pastoral y espiritual debería favorecer una conciencia cada vez más capaz de discernir y asumir las consecuencias de sus decisiones. Los estudios recientes sobre abuso espiritual y de conciencia han mostrado el daño que puede producirse cuando alguien reviste su propio juicio de autoridad divina y termina apropiándose del juicio ajeno. Si después de años de formación cristiana una persona necesita que otra decida continuamente por ella, cabe preguntarse qué se ha formado en realidad.

La inteligencia artificial ha llevado la delegación a tareas que pueden afectar directamente la formación del juicio. A la IA le pedimos que compare, interprete, diagnostique, recete y, en fin, solucione nuestras vidas. La OCDE ha advertido sobre el automation bias, la tendencia a conceder un peso excesivo a recomendaciones automatizadas. La investigación sobre cognitive offloading examina, desde otro ángulo, cuánto del trabajo de pensar descargamos en herramientas externas.

El autómata de Fromm terminaba haciendo suyas las expectativas del entorno. Hoy cada usuario puede recibir una respuesta aparentemente hecha a su medida y conservar la impresión de estar decidiendo por sí mismo.

En un célebre verso, Brodsky definió la libertad como el momento en que olvidamos hasta cómo se escribe el nombre del tirano. El poeta ruso aludía a una emancipación más íntima. Hasta el poder más letal encuentra un límite cuando ya no puede colonizar el foro interior. Ser libres exige, muchas veces, mantener despierta la conciencia justo cuando sería más fácil dejarla en piloto automático.

(*) Profesor del Departamento Académico de Teología de la PUCP; doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de Londres.