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Entrevistas 14 de abril de 2026

Más de treinta candidaturas en competencia no han hecho más fácil la decisión del electorado. Por el contrario, han configurado un escenario donde la abundancia de opciones convive con la similitud de discursos. Para el politólogo Paolo Sosa, lo que vive hoy el Perú no es solo fragmentación, sino una “pulverización” de la oferta política que termina confundiendo más de lo que aclara.

Paolo Sosa Villagarcía es investigador postdoctoral en el Centro de Investigación y Política Interamericana (CIPR) de la Universidad de Tulane, doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Columbia Británica (UBC) e investigador sénior en el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) y analiza el panorama político que se empieza a configurar tras la primera vuelta, sin tener aún claros los resultados definitivos.

¿Cómo podemos leer la fragmentación que ha supuesto estas elecciones con 36 partidos?

En algún momento, Martín Tanaka y Yamilé Guibert han usado la palabra “pulverización”. Ya no es solo fragmentación, sino que es una dispersión extrema. Pero hay que diferenciar dos cosas. Primero, que la fragmentación es, sobre todo, de la oferta política. Es decir, lo que ha crecido es el número de candidaturas pero cuando uno observa los patrones de votación, hay cierta estabilidad en las preferencias de la gente y es posible prever qué tipo de candidato tiene más probabilidades de conectar con determinados electorados. Lo segundo es que esta fragmentación es efectivamente multidimensional. No solo hay muchos partidos, sino que hay muchos partidos dentro de cada espectro. Hay varias izquierdas, varios centros, varias derechas.

Esto, a su vez, nos dice que hay una incapacidad de coordinación interna y que ese es un problema de la izquierda, del centro y también de la derecha. Por ejemplo, Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga, que en otro momento pudieron ser aliados naturales, hoy son incluso opositores bastante confrontacionales. Eso complica la elección para el ciudadano, porque ya no se trata solo de decidir entre derecha o izquierda, sino de preguntarse qué derecha o qué izquierda elegir.

En ese contexto, la fragmentación tiende a favorecer a los partidos que tienen mayor organización. Además, hay algo interesante: aunque hay muchas candidaturas, el promedio de ellas se ubica más hacia la derecha. Comparten visiones similares en términos económicos, conservadores y de punitivismo populista, por lo que la fragmentación se torna engañosa: no tienes 30 opciones distintas, sino unas 20 que ofrecen prácticamente lo mismo. Eso genera una disonancia para los ciudadanos, porque las diferencias entre candidatos terminan siendo más personales que programáticas.

Las diferencias entre figuras como Carlos Álvarez, López Aliaga o Keiko Fujimori pasan más por elementos contingentes: si caen bien, si caen mal, si generan cercanía. Eso explica también que, aunque hay fragmentación, haya baja volatilidad en las encuestas, pero sí movimientos estratégicos de último momento. Los electores cambian su voto buscando evitar que la peor opción pase a segunda vuelta, lo que hace aún más difícil la decisión.

En ese escenario, las ideologías, como se entendían antes, ya no sostienen a los partidos en el Perú. ¿Qué define una buena organización partidaria? 

Hay una crisis generalizada de las ideologías a nivel global. Hoy se habla más de marcas partidarias. Ya no es tan sencillo decir “este partido es de izquierda o de derecha”. Más bien, se trata de identificar qué representa cada partido: orden, crecimiento económico, clientelismo, entre otros.

En el caso de Alianza para el Progreso, una de sus principales debilidades es que no tiene una marca claramente identificable. Ha intentado posicionarse como el partido de los emprendedores, pero ese discurso también lo tienen otras organizaciones. Entonces, termina dependiendo mucho de la figura del líder. Es evidente para la ciudadanía que el partido es César Acuña, y las debilidades del líder afectan directamente al partido; y esto ocurre a pesar de que cuenta con recursos económicos y redes de patronazgo construidas a partir de su acceso al poder, tanto en gobiernos locales como en el Congreso. Sin embargo, si el candidato no proyecta eficiencia o credibilidad —especialmente en un escenario de segunda vuelta—, todo ese entramado se debilita.

En un contexto de fragmentación y temores crecientes, la polarización ciudadana se expresa como una competencia entre miedos electorales. 

A algunas personas les cuesta entender el voto por Keiko Fujimori, teniendo en cuenta que si bien ella no ha llegado al gobierno, sí ha tenido bancadas que han dominado los Congresos más impopulares de nuestra historia. ¿Cómo podemos entender que Keiko Fujimori llegue siempre a segunda vuelta?

Tengamos en cuenta que, salvo en 2011 y 2016, cuando tenía una imagen de liderazgo más fuerte, hoy pasa a segunda vuelta con porcentajes bajos, alrededor del 17%, que es un porcentaje muy bajo, pero que en un escenario fragmentado es suficiente.

Esto se explica por tres factores. Primero, tiene una base partidaria. No es comparable con partidos históricos de otros países, pero en Perú, donde muchas organizaciones son precarias, marca diferencia. Segundo, tiene una marca clara y sencilla: el orden. Orden en lo económico, en la seguridad y antes también en lo político, por eso acude a frases como “ya lo hicimos”. Tercero, tiene una candidatura presidencial creíble, construida a lo largo del tiempo, y eso la diferencia de otros candidatos que pueden prometer lo mismo, pero no tienen la misma capacidad de sostener ese discurso en contraste, López Aliaga proyecta una imagen más errática y confrontacional, lo que le resta credibilidad, aunque ha crecido por el temor a otros candidatos.

Pero cuando dice “ya lo hicimos” es un poco perverso. Si al decirlo se refiere al gobierno de su padre en los 90, pues se refiere a un gobierno corrupto, entre otras cosas. Y si se refiere a que ya lo hicieron desde el Congreso, pues se refiere a los Congresos más impopulares de la historia. Raro que sea un gancho de campaña, ¿no?

Es bastante evidente que alude a los años noventa, aunque evita decirlo directamente. Ha tratado de ocultar su rol en el Congreso, pese a que el fujimorismo ha tenido una presencia sostenida y decisiva en los últimos años. La afirmación de que no han gobernado es una estrategia para evitar el desgaste asociado al Congreso, sin embargo, su discurso actual retoma con claridad la herencia de Alberto Fujimori.

De hecho, en múltiples oportunidades, incluso en el debate presidencial, decía: “Nosotros no hemos gobernado, han gobernado otros”, lo cual no es cierto. Si uno pone las cosas en la balanza, el fujimorismo ha tenido control del Congreso durante los últimos 15 años, especialmente desde 2016 en adelante. Todo eso que mencionamos —la base partidaria, la marca, la capacidad de coordinación— también aplica al Congreso. Es la fuerza política que ha mantenido representación constante, que tiene experiencia, know-how y capacidad organizativa.

Sin embargo, al ser el Congreso una institución desprestigiada, la estrategia es distanciarse de ese rol. Por eso, cuando Keiko Fujimori afirma que no han gobernado, lo que busca es oscurecer esa parte que sabe que la ciudadanía sí le atribuye. Ella no puede volver a tener el nivel de apoyo que tuvo en 2011 o 2016, precisamente por el desgaste asociado a la crisis política. Incluso sectores de derecha que valoran el gobierno de su padre desconfían del fujimorismo por su actuación reciente.

Si bien en 2016 intentó construir una imagen propia, desde 2019 hay un retorno claro a esa estrategia inicial: reivindicar el legado de su padre. Esa versión más moderada quedó atrás. Hoy lo que hay es una apuesta explícita por presentarse como heredera de Alberto Fujimori, y  hoy su apuesta es reivindicar ese legado en un contexto donde crecen las demandas por soluciones rápidas y autoritarias, en un escenario de crisis institucional, inseguridad y problemas económicos, una parte de la ciudadanía empieza a ver la democracia como un obstáculo, como un sistema lento que exige consensos.

Frente a eso, gana fuerza la idea de soluciones rápidas, de mano dura. No es un fenómeno exclusivo del Perú: lo vemos en varios países de la región. Y aunque no es mayoritario, sí es lo suficientemente relevante como para que muchos candidatos adopten ese lenguaje: recuperar el orden, ejercer autoridad, tomar decisiones rápidas. Por eso, cuando uno observa la fragmentación, encuentra que, en realidad, muchos candidatos están ofreciendo lo mismo.

Por otro lado tenemos a Roberto Sánchez, el único candidato de izquierda con posibilidades de pasar a segunda vuelta que parece beneficiarse y perjudicarse al mismo tiempo por la sombra de Pedro Castillo. 

Yo creo que las ventajas de presentarse haciendo una suerte de cosplay de Pedro Castillo le da a Sánchez más ventajas que desventajas. Es cierto que hay un temor que le puede jugar en contra, incluso en sectores progresistas o de centro izquierda…pero Roberto Sánchez no tiene una identidad política propia consolidada, por lo que todo lo que pueda tomar de Pedro Castillo le suma. Se ha repetido mucho que “no es Castillo”, en el sentido de que no tiene el mismo tipo de carisma. Pero Castillo tampoco era carismático en el sentido tradicional. Su fuerza estaba en lo simbólico: era un profesor rural, sindicalista, una figura que representaba algo y que sobre eso construyó una narrativa de ser el representante del Perú profundo, docente rural, campesino, que ha sido rondero ―lo cual es parcialmente cierto, pues no ha sido una figura significativa en ese espacio―, que es indígena ―una causa que nunca reivindicó activamente― y así. 

En el caso de Roberto Sánchez, esa construcción parece más performativa, más cercana a una imitación. Sin embargo, eso no necesariamente le resta. Como decía Paulo Vilca, esa “mochila” no le pesa, porque no tiene mucho propio que proyectar. Todo lo que toma de Castillo le suma. La gran pregunta es porqué Castillo sigue teniendo una imagen heroica en ciertos sectores.

Eso tiene múltiples respuestas

Sí. En parte, esto se explica por cómo fue construido políticamente. La propia derecha lo sobredimensionó durante la campaña, presentándolo como una amenaza radical, un representante del comunismo, de invasiones, de riesgos extremos. Eso contribuyó a construir una figura más grande de lo que realmente era que se reforzó con la narrativa del fraude electoral y la constante confrontación.

A eso se suma el hecho de que su gobierno enfrentó intentos de vacancia desde muy temprano, lo que alimentó la percepción de persecución. Finalmente, su caída y los hechos posteriores consolidaron una narrativa de víctima, con la represión y las matanzas a quienes salieron a protestar por el gobierno de Dina Boluarte. Más allá de la figura individual de Castillo, se instaló la idea de que hay un desprecio hacia lo que él representaba: el ciudadano andino, rural, históricamente excluido, y eso generó una indignación profunda en sectores que sienten que no hubo justicia.

En ese contexto, la figura de Castillo adquiere un peso simbólico que Roberto Sánchez puede aprovechar. Paradójicamente, fueron sus propios opositores ―la derecha― quienes contribuyeron a construir esa imagen.

Tras el resultado parcial muchas personas ya celebran que ciertas figuras no hayan pasado la valla, tales como Alejandro Cavero o Adriana Tudela o César Acuña o José Luna. Cavero y Tudela seguro podrían volver integrándose a algún partido o espacio político; pero Acuña o Luna, que buscan un protagonismo distinto, y teniendo en cuenta que en el Perú existen cadáveres políticos, ¿realmente podemos celebrar?

Hay que tener en cuenta que vienen elecciones subnacionales, donde partidos como Alianza para el Progreso, Podemos o Somos Perú tienen buen desempeño. Es probable que se replieguen en esos espacios, no sería prudente descartarlos. Primero, porque tienen recursos económicos para sostener sus partidos. Segundo, porque han construido redes clientelares, aunque sean mínimas, que les permiten mantenerse. Y también hay que considerar que la política les ofrece un grado de protección frente a cuestionamientos o investigaciones, lo que incentiva su permanencia en la arena política.

En ese sentido, es muy poco probable que figuras como Acuña o Luna decidan retirarse voluntariamente.Por el contrario, todo indica que seguirán activos y que podrían volver a tener protagonismo en el futuro. Y, bueno, Tudela o Cavero, no nos sorprenderemos si los vemos regresar en algún momento con algún cargo público, en un Ministerio, etc.

¿Ves alguna forma de ordenar este escenario? 

Es un tema complejo. Soy partidario de que las reformas se tomen con cautela, pues en el contexto actual ciertas reformas pueden incluso terminar favoreciendo la concentración del poder. No estoy de acuerdo con la idea de que las reformas, por sí solas, solucionan los problemas del país. Son importantes, pero si no hay procesos políticos y sociales detrás, pueden ser cooptadas o producir efectos contradictorios.

En este momento estamos empezando a ver quiénes han sido los satélites de la crisis. Candidatos como Carlos Álvarez, como Belmont que se han retirado de la política ni bien terminó la elección y dijeron, «Bueno, ya me retiro», casi admitiendo que cumplieron su objetivo en la elección.

Creo que la lección principal de este proceso es que no se puede esperar cinco años entre elecciones para cambiar las cosas, que se necesita construcción política sostenida. Sin una coalición social y política que articule demandas y propuestas, cualquier cambio institucional será insuficiente. Por eso, quienes han hablado de recuperar el país deberían asumir el compromiso de construir una alternativa a largo plazo. Yo creo que esta es una oportunidad para que Marisol Pérez Tello, López Chau, Nieto…incluso algunos algunos personajes como como Rafael Belaunde, Wolfgang Grozo, si realmente tienen un rollo como el que han estado tratando de venderle a la ciudadanía, que ellos son los candidatos que están en contra del pacto y en contra del de la mafia, tienen una responsabilidad en las próximas semanas de convocar a su gente para sentarse a armar una mesa de concertación, pero ¿qué tanto de eso es posible? Pues no sé, la verdad. Pero creo que siempre las cosas empiezan por poco. Ahí es donde uno tiene que empezar a poner un poco de esperanza.

(*) Periodista. Responsable de prensa del IDEHPUCP