Por Kathy Subirana Abanto (*)
El año 2017 me enteré de que las mujeres iraníes que no habían salido de su país no sabían que existía esa maravilla gráfica y audiovisual llamada Persépolis, la obra maestra de la también iraní Marjane Satrapi (1969 – 2026). Lo supe durante un viaje en el que conocí a Nastarán, una mujer nacida en la Teherán de los años 90 que había salido de su país para estudiar en el extranjero. Escuchando su historia de vida le dije a Nastarán: “deberías escribir tu historia, como Persépolis”. No me entendió.
Y yo no entendí en ese momento por qué tenía frente a mí a una educada mujer iraní, lectora apasionada y políglota, que me miraba con asombro mientras le hablaba de los talentos de su más famosa compatriota contemporánea. Sus hermosos ojos grandes se llenaron de lágrimas mientras trataba de explicarme que ella ignoraba por completo la existencia de Persépolis. Conseguí la película, se la mostré y al verla a su lado me di cuenta de la real dimensión de la historia que Satrapi entregó al mundo hace 26 años, cuando publicó por primera vez el cómic que sería llevado a la pantalla en el año 2007.
Pensé en todo eso el jueves pasado, cuando Marjane murió de tristeza en París. No existe una definición médica para algo así, pero es algo que sucede y que la ciencia reconoce. Por ello existe el llamado Síndrome de corazón roto —que puede ser un ataque al corazón fulminante— y existen estudios que demuestran que un duelo prolongado puede minar la salud de una persona, debilitar su sistema inmunológico y más. Hay dolores que no matan de inmediato, pero que terminan instalándose en el cuerpo como una sombra.

Desde que conocí la noticia pienso en la inmensa deuda que tenemos con Marjane Satrapi. Me atrevo a decir que ella fue muchas cosas: artista, caricaturista, escritora, cineasta, intelectual, feminista…pero sobre todo fue una mujer iraní obligada a construir su vida lejos de su país. Defendió la libertad de expresión y los derechos de las mujeres a través de su extraordinario talento como narradora, gracias al cual fue capaz de tomar su experiencia individual y convertirla en una ventana para comprender el mundo.
Creo también que Marjane Satrapi fue la persona que nos enseñó Irán más allá de los libros de Historia, de los reportes periodísticos y de los estudios académicos que hablan de rebeliones, religiones y gobiernos dictatoriales. Creo que, durante décadas, gran parte de Occidente conoció Irán a través de una sucesión de imágenes repetidas: ayatolás, conflictos diplomáticos, amenazas militares, programas nucleares, protestas, represión. Todo eso era cierto, pero no sabíamos que también era insuficiente hasta que Marjane nos recordó que detrás de cada noticia existe una sociedad compleja y contradictoria. Que los iraníes no eran personajes secundarios en una historia geopolítica escrita por otros, sino seres humanos con sueños, miedos, contradicciones, sentido del humor y, sobre todo, cotidianidad. Y que para la nación iraní cotidianidad implicaba también jugarse la vida por la libertad de las pequeñas cosas, por su derecho de vivir, de ser humanos.
Persépolis reclama los derechos humanos todo el tiempo sin recurrir a tratados internacionales ni a discursos solemnes, sino a través de una niña obligada a usar un velo que no entendía, una adolescente que no concebía como normal que ciertas canciones pudieran convertirla en sospechosa, y también a través de una familia y amigos encarcelados, vecinos desaparecidos y ciudadanos obligados a vigilar sus palabras a propósito de un régimen autoritario que afectaba su vida diaria. ¿Qué son los derechos humanos sino la garantía que nos dan los Estados de que podemos construir un proyecto de vida en libertad?
Creo que es imposible leer a Marjane Satrapi —tiene otros libros también en torno a la vida en Irán, como Bordados y Pollo con ciruelas— y no entender que la defensa de los derechos humanos no comienza cuando una persona es torturada o asesinada, sino mucho antes. Empiezan en el momento en que alguien decide que ciertas personas pueden o deben vivir con menos libertad que otras.
Estamos frente a una obra donde los protagonistas no son víctimas pasivas o personas que entienden la vida solo a través del sufrimiento. En sus historias hay humor, ternura, ironía, mucha dignidad y una humanidad universal que hace que Irán sea el escenario de su historia, pero no su límite, pues también puede hablar de cualquier lugar donde el miedo intenta reemplazar a la libertad a través de una ideología, una religión, un gobierno o una mayoría pretenden controlar la vida íntima de las personas. Creo que tenemos suerte de haberla conocido, de habernos topado con la ternura, vulnerabilidad e inteligencia de su trabajo. Creo que tenemos suerte de que Marjane Satrapi sea parte de nuestra historia universal.
(*) Periodista y responsable de prensa del IDEHPUCP.



