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5 de Abril: Lecciones del pasado

Se han cumplido 25 años del autogolpe del 5 de abril. Fechas que coinciden, además, con un golpe fallido en Venezuela y que ha sido comparado con el perpetrado por Alberto Fujimori en 1992.

Ese autogolpe constituyó grave lesión a la democracia y a sus instituciones, situación que el país no ha superado del todo. Sus defensores aducen que se ejecutó en tiempos en los que había que lidiar con un Congreso plural, hostil al nuevo gobierno. Se dice que dicho parlamento impedía las reformas necesarias para resolver los problemas del país. Está claro que tal alegato es falso si hacemos memoria rigurosa de lo sucedido en aquel tiempo. El Congreso de entonces le había otorgado facultades legislativas al Ejecutivo, con el fin de acelerar las reformas necesarias para combatir la inflación y el terrorismo. La idea del parlamento obstruccionista no tiene asidero.

El autogolpe de Fujimori inauguró un largo período autoritario que envileció al país. La concentración del poder por parte de Fujimori y Montesinos propició el imperio de la corrupción y contribuyó con el establecimiento de nexos con el narcotráfico y el tráfico de armas. El régimen debilitó sensiblemente las instituciones, socavó el equilibrio de poderes y bloqueó cualquier forma de vigilancia cívica. Se ejerció control sobre la prensa, y se persiguió lo que quedaba de periodismo independiente en la nación. Se usó a las fuerzas del orden para fines políticos y se promovió la labor de comandos de aniquilamiento en el contexto de la lucha antisubversiva, avalando así la comisión de delitos contra los derechos humanos.

Quienes detentaron el poder en los años noventa no imaginaron que los planes de extender el régimen en el tiempo fracasarían en el año 2000. Con la publicación del video Kouri-Montesinos se inició el proceso de descomposición del fujimorato, documentándose numerosos casos de corrupción y abuso de poder.

El autoritarismo no es eterno y la lucha por la libertad política tarde o temprano rinde sus frutos. No obstante, la cultura autoritaria no ha desaparecido en el Perú: ha renacido de diversas formas. Luego de más de década y media de gobiernos democráticos, el propio fujimorismo ha construido un discurso ambiguo que sugiere alguna clase de deslinde con el pasado. Discurso discutible, especialmente en circunstancias en las que dicho grupo pretende sacar adelante un proyecto de ley que podría recortar la libertad de prensa.

Una pregunta importante que nace de la funesta experiencia del autogolpe es la que indaga si es posible enfrentar los graves problemas del Perú sin vulnerar gravemente la democracia. Los creyentes en el régimen de Fujimori aseveran, cuestionablemente, que el combate al terrorismo y a la inflación requería de la suspensión del orden constitucional.

Afirman que es más eficaz que un líder autocrático y su entorno concentren el poder para manejar la crisis, que el sentar las bases de un consenso nacional que convoque a las organizaciones partidarias y a las asociaciones de la sociedad civil. Se nutren, pues, de una presuposición cuestionable, y con visos profundamente antidemocráticos. En efecto, las consecuencias del 5 de abril son evidentes: la lesión del Estado de derecho, el fortalecimiento de la corrupción y de la violencia ilegal generada desde el gobierno. Ese es el legado del autoritarismo de los noventa que no debemos olvidar.

Escribe: Salomón Lerner Febres, presidente ejecutivo del IDEHPUCP, para La República.

(07.04.2017)