23/04/2012

Memoria y diálogo público

Es muy evidente la baja calidad de la discusión pública en nuestro país. No se trata de una realidad nueva sino de una situación que puede rastrearse, por lo menos, dos décadas atrás. Su señal más preocupante y nociva es la inexistencia, en el debate político habitual, de temas verdaderamente cruciales para la población y, hablando más ampliamente, para la consolidación de nuestra democracia.Las razones que explican esto son múltiples. En gran parte, esto se debe a la disolución de nuestro sistema de partidos políticos. Estos, en teoría, deberían estructurar la discusión pública alrededor de grandes temas. Al tener partidos o, más bien, organizaciones políticas de horizonte únicamente electoral, esa posibilidad de un debate público continuo y por encima de las circunstancias más nimias se debilita severamente. Pero hay otras razones de orden cultural e institucional. La ruina moral del periodismo es una de ellas. Llamado a ser uno de los pilares del diálogo y del debate social, el periodismo, salvo muy pocas excepciones, ha elegido convertirse en repetidor y propagador de trivialidades y, en los peores casos, en simple vocero de intereses mezquinos. Otras razones se asocian con la deliberada corrupción de la palabra operada principalmente desde el régimen autoritario de Fujimori. Él y sus cómplices y asalariados pusieron un temprano empeño en tergiversar todos los términos de nuestra vida política y en instaurar no solamente la mentira, sino sobre todo el cinismo, como forma de comunicación entre la política y la sociedad. A doce años de concluido ese régimen, ha sido muy difícil para el Perú deshacerse de esa herencia sencillamente porque aquello que ocurre en el ámbito de la cultura y de los hábitos conquista una permanencia mayor, más difusa pero también más arraigada, que lo que solamente sucede en el ámbito de las instituciones políticas.La reconstrucción de nuestro espacio público y, por ende, de los temas de discusión más sustanciales para el futuro del país se presenta así como una tarea urgente y al mismo tiempo muy exigente. Podría decirse que un elemento en contra de esa recuperación es, precisamente, la pérdida de costumbre. Una sociedad desacostumbrada a debatir con espíritu crítico y a la vez constructivo tiende a caer en la monotonía, donde prima la voz del más fuerte, o en una situación de alta conflictividad, en la que el diálogo solamente se entiende como antagonismo y donde la única meta es la derrota del otro. Recuperar ese espacio equivale a traer de vuelta a la esfera de nuestras preocupaciones aquellos grandes temas a los que no podemos permanecer indiferentes. Esos temas son numerosos, pero vale la pena resaltar uno crucial, que es el de la memoria de la violencia y, por consiguiente, el de la suerte corrida por innumerables compatriotas en los años del conflicto armado vivido en el país.La memoria de la violencia no concierne únicamente a las víctimas. Ellas son quienes están en el centro de esa memoria, pero en una sociedad que se quiere democrática, recordar los horrores del pasado debe ser una preocupación de toda la ciudadanía. El desencadenamiento de la violencia, la masiva violación de derechos humanos, la profunda vulnerabilidad de la integridad y de la vida humanas, la pasividad de las instituciones frente al abuso, todo ello no fue un hecho episódico, casual e inexplicable, sino un resultado de profundas fallas en nuestra organización social y en el orden de nuestros valores.Quien quiera que observe con atención, sin caer en fáciles optimismos, la situación del Perú actual, tendría que reconocer que, aunque mucho ha cambiado, las realidades de fondo que estuvieron activas durante los años 1980 al 2000 siguen vigentes hoy. Esas realidades podrían resumirse en la fragilidad de la condición ciudadana para una inmensa proporción de peruanos. Esa fragilidad toma la forma de una denegación del reconocimiento y de una permanente indolencia institucional frente a las carencias y los peligros en medio de los que vive la población más desposeída. La forma en la cual, hoy en día, se habla de las protestas sociales y de las demandas de la población presentándolas como raptos de irracionalidad o como fruto de conspiraciones políticas, dice mucho sobre esa renuencia a aprender que todavía caracteriza a nuestras elites.Un ámbito público privado de memoria, sobre todo cuando esa memoria trata de temas tan terribles como el de la violencia, sólo puede ser un espacio de insignificancia. La sociedad peruana necesita recordar para recobrar también una palabra con sentido.Nota: artículo publicado el domingo 23 de abril de 2012 en el diario La República.

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