27/06/2014

Europa: decir "nunca más"

SLF-El EspectadorConstituye una fuente de intensa preocupación moral y política el nuevo poder que van cobrando los movimientos ultraconservadores en Europa. Se trata de grupos políticos que combaten abiertamente las políticas públicas multiculturales, la diversidad religiosa –particularmente la presencia y difusión del Islam en las sociedades occidentales–, y que consideran que la migración es una causa importante de la crisis económica y la disminución del empleo en varios países del continente. Son “euro-escépticos” y claman por el fortalecimiento de las identidades nacionales. Desde su punto de vista, los principios políticos del liberalismo y la democracia debilitan el sentimiento nacional.

Muchos de estos grupos no ocultan sus inclinaciones fascistas: la agenda política de encuentro entre las diferencias culturales y de género les parece contraria a las tradiciones religiosas que tendrían que estructurar un proyecto colectivo; la tolerancia constituye un valor desprovisto de la suficiente fuerza moral que pueda dejar de lado la lucha por el rescate del heroísmo propio de las comunidades originarias; el otro (el inmigrante, el musulmán, el progresista, el liberal, el representante de las minorías étnicas, culturales y sexuales) es identificado como un potencial enemigo, y acaso un obstáculo para el desarrollo. Ahora bien, en el pasado estas ideologías negativas sólo prosperaban entre grupos radicales que profesaban el negacionismo y proclamaban la violencia como forma de afirmación de la propia identidad. En la hora presente, ocurre sin embargo que estos movimientos cuentan con una gran cantidad de adeptos y están escalando posiciones cada vez más importantes en el escenario político.

Frente a todos los hechos descritos se impone el deber de tomar conciencia de que Europa y el resto del mundo han interiorizado la doctrina de los derechos humanos como resultado de un largo proceso de debates morales y políticos fundamentales, pero también como fruto de la experiencia histórica lacerante del Holocausto y de la segunda guerra mundial. El espectáculo monstruoso de los campos de concentración y las cámaras de gas condujo a los líderes del mundo a afrontar la tarea de crear mecanismos legales y morales que condujeran a impedir que esta situación deshumanizadora pudiese repetirse alguna vez, y también a comprender que resultaba fundamental el educar las conciencias de los jóvenes para reconocer y respetar el valor y la dignidad de todos y cada uno de los seres humanos. La Declaración de 1948 manifiesta ese objetivo. Proteger la dignidad y la libertad de las personas, incluso contra las pretensiones de poder del propio Estado-Nación, constituye el propósito de la doctrina de los derechos humanos y de las instituciones que la representan en el espacio público internacional.

El respeto del otro y de las diferencias que encarna debiera ser un resultado permanente del proceso de aprendizaje que llevó a cabo Europa en momentos difíciles y como resultado de una grave crisis que afectaba a sus sociedades. No olvidemos que las ideologías fascistas se consolidaron en tiempos de crisis económicas y de inestabilidad política. Los caudillos fascistas acumularon poder en estos períodos de conflicto. Hoy Europa vive una relativa etapa de precariedad económica y, en algunos lugares, ciertos escándalos de corrupción comprometen a importantes autoridades políticas. Desgraciadamente, circunstancias de este género se usan para fortalecer proyectos políticos extremistas que promueven prácticas intolerantes. Frente a ellas resulta fundamental hacer memoria, poner atención a lo vivido en el pasado y comprender de una manera éticamente más alturada el mundo.

Experiencias como la de Auschwitz exigen de los europeos –así como de los ciudadanos del mundo en general– expresar un rotundo “Nunca más” a cualquier intento por desconocer la dignidad y los derechos de las personas en razón de su raza, cultura, origen, religión, o de cualquier otra condición, afirmando así que un régimen político que estructura las sociedades sólo será justo si sus principios y valores acogen y respetan a todas las personas sin hacer ninguna excepción con ellas.

La República