Por Carlos Piccone Camere (*)
“The dream is gone…”
Pink Floyd, Comfortably Numb
En la Atenas clásica, idiōtēs designaba al ciudadano particular que prefería ocuparse de sus asuntos privados antes que comprometerse con la vida pública. No era todavía un insulto ni una referencia a una supuesta falta de inteligencia, sentido que se consolidaría mucho después, especialmente en la modernidad, cuando el término fue incorporado al vocabulario médico y psiquiátrico. Etimológicamente, el término procede de ‘idios’, lo propio, aquello que pertenece a uno mismo. Su sentido era ante todo político, pues aludía a quien permanecía concentrado en sus intereses particulares, sin asumir que la construcción de la ciudad, de la polis, exigía participación, responsabilidad y cuidado de lo común. En su origen, por tanto, la palabra permite formular una pregunta sobre lo que ocurre con una comunidad cuando sus miembros dejan de sentirse responsables de la res–publica, es decir, del bien común.
Cinco años más tarde, las elecciones presidenciales vuelven a mostrar un país al borde del burnout democrático: fatigado, irritable…, exhausto. La polarización política, de lustro en lustro más cáustica, camina junto al deterioro del vínculo social, la pérdida de confianza en las instituciones y la creciente incapacidad de reconocernos como parte de un proyecto compartido que, de eliminatoria en eliminatoria, seguimos llamando Perú. Entre insultos, sospechas permanentes, campañas construidas sobre el miedo amplificado algorítmicamente y una clase política que, salvo valiosas excepciones, parece atrapada entre el oportunismo, el clientelismo y la mediocridad, la vida pública se ha convertido para muchos ciudadanos en un espacio de cansancio, extenuación y desencanto.
Según el cómputo de la ONPE al 100 %, la señora Keiko Fujimori y el señor Roberto Sánchez han pasado a la segunda vuelta con 17,181 % y 12,031 % de los votos válidos, respectivamente. Es decir, quien resulte elegido gobernará desde una base inicial de representatividad extraordinariamente frágil. De allí la proliferación del voto resignado que aboga por “el mal menor”, la promoción del voto nulo o el repliegue hacia la indiferencia del “me da lo mismo”. Cuando el resultado político defrauda a la mayoría, el dilema no consiste solo en elegir entre dos candidaturas, sino en el discernimiento ético sobre cómo invertir esa pequeña, pero fundamental, cuota de poder que hace que cada voto tenga el mismo peso, sin distinciones ni privilegios.
Décadas atrás, Fernando Savater abordó parcialmente esta cuestión en Ética para Amador. Allí le recordaba a su hijo, y en él a todos sus lectores, que la única obligación que tenemos en la vida es “no ser imbéciles”. El término, explicaba, remite al baculus, el bastón; el imbécil sería quien necesita siempre de un bastón moral para caminar, alguien incapaz de sostener críticamente sus propias convicciones y dependiente de la aprobación ajena, del grupo, de la moda o del miedo. En tiempos fustigados por bots, propaganda digital y adhesiones emocionales instantáneas, es difícil no sentirse interpelado por esa imagen.
La cuestión adquiere un matiz todavía más profundo en El idiota de Fiódor Dostoievski. El príncipe Myshkin aparece como la personificación de la idiotez moderna precisamente porque conserva una bondad, una transparencia y una compasión que el mundo considera ingenuas o absurdas. No pocos críticos han visto en él una figura vagamente cristológica, una suerte de eco de Cristo arrojado a una sociedad incapaz de comprender la gratuidad, la misericordia o la inocencia. En un entorno corroído por el cálculo y el cinismo, la integridad moral termina pareciendo debilidad. No solo hemos normalizado la agresividad, la desconfianza y la vulgaridad en la esfera pública, sino que además miramos con sospecha cualquier gesto de decencia, moderación o humanidad. La sensatez parece haberse convertido en una extravagancia.
El problema peruano, por supuesto, no puede reducirse a sus políticos. Sería demasiado fácil. La degradación de la vida pública refleja también nuestros propios miedos, resentimientos y simplificaciones dicotómicas de la realidad. Durante siglos hemos aprendido a sobre-vivir más que a con-vivir. Bajo esta lógica, el adversario político deja de ser interlocutor y se transforma en un objetivo a demoler; el debate se sustituye por caricaturas y memes; la indignación temporal reemplaza a la reflexión permanente. Incluso el lenguaje público se erosiona. Se aplaude más la humillación en la arena política que la exposición clara de un proyecto de país; el éxito no se mide en convencimiento, sino en viralización.
Desde una perspectiva histórica y humanista, esta crisis posee también una dimensión ética y espiritual. Las grandes tradiciones del pensamiento cristiano jamás entendieron la existencia humana como mero repliegue individual. La lista de hombres y mujeres que encarnaron esa intuición sería interminable, pero resuena con particular fuerza el llamado del papa Francisco a resistir la “globalización de la indiferencia” y a recuperar la fraternidad como horizonte político.
Quizá por eso la tragedia de nuestro tiempo no sea simplemente la existencia de “idiotas empoderados”, en el sentido vulgar del término, sino el progresivo vaciamiento de la responsabilidad pública, el manoseo constante de la ley, el hartazgo ciudadano y la dificultad de imaginar un nosotros capaz de incluir las múltiples “otredades” que existen más allá del universo limeño.
Reconstruir la vida democrática exigirá algo más que elegir entre opciones precarias. Exigirá sacudirse, una y otra vez, de ese virus de la idiotez que, por su facilidad de contagio, amenaza con convertirse en pandemia moral. Pero incluso en medio de este paisaje árido asoma un signo de esperanza: un despertar juvenil todavía silencioso, pero firme, como brote inesperado en un árbol que muchos daban por seco.
(*) Profesor del Departamento Académico de Teología de la PUCP; doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad de Londres.



